CUATRO siglos de cabalgar no han cansado al caballero de la triste figura que sigue matando gigantes, salvando doncellas, entablando batallas en pro de los derechos de los desvalidos, sin discriminar. Y eso que la Declaración de los Derechos Humanos no había sido escrita ni proclamada, ni había ONU ni ningún otro tipo de organismo similar.
Un soñador, un loco, un abogado de los sin voz, un hombre que no encajaba en su tiempo, o que, por el contrario, denunció tanto atropello y desequilibrio social (que han existido a través de la historia de la humanidad producto de la prepotencia de la especie y la falta de tolerancia, humildad y sensibilidad hacia los congéneres, ese prójimo al que hay que amar como a sí mismo, tal como lo hizo Jesucristo) que se constituyó en un personaje inolvidable, de una vigencia permanente.
Pintores, escultores, escritores (poetas, cuentistas, novelistas, ensayistas), productores de teatro, docentes, estudiantes, editoriales, bibliotecas se han ocupado de ese hidalgo (que ha sido el invitado de honor en las ferias del libro este año, en su IV Centenario) quien en su Rocinante recorrió aldeas y escenificó junto a su leal escudero Sancho Panza tantas aventuras.
Panamá está en la lista de quienes rinden tributo a la obra cumbre del gran escritor español, que es una de las más traducidas y vendidas del mundo, Don Miguel de Cervantes Saavedra. Hoy en Panamá, de diez a once de la mañana, unas 10 mil personas leerán simultáneamente El Quijote, cabalgarán y compartirán sueños con este famélico personaje que tanto ha dado qué hablar.