Durante la primera etapa de su educación, los niños estudian por obligación. A medida que crecen, los padres pueden ayudarles a descubrir para qué áreas del conocimiento tienen más capacidad e inclinación y encaminar su rumbo académico en sintonía con su vocación.
La palabra vocación deriva del latín vocatio y quiere decir: inspiración, inclinación. Este es un llamado que tiene que ver con lo interno de la persona, es personal, singular. “Se relaciona con lo más genuino, por lo cual, cuando de alguna manera ‘encontramos nuestra vocación’, seguramente en la ocupación, profesión o tarea que desarrollemos vamos a sentirnos bien, a disfrutarla, identificándonos con ella”, destacó la psicóloga Yilka Arosemena.
Frente a esto, uno podría preguntarse: ¿la vocación viene con uno, se nace con una o se desarrolla?
Entendemos que se desarrolla a través de un proceso que puede comenzar cuando nacemos y antes, donde se ponen en juego deseos y expectativas (muchas veces no conscientes) que tienen los padres sobre sus hijos. Aquello que ellos mismos hubieran deseado, carreras u oficios que quedaron truncados.
“Podemos encontrarnos con familias donde hay transmisiones (unas generacionales) acerca de un trabajo u oficio, son los ejemplos de familias de profesionales o familias de comerciantes o deportistas, donde existe un lugar asignado a priori para ese niño, el cual de alguna manera “debería” continuar esa tradición familiar”, destacó la experta.
En este sentido, el adolescente, a la hora de definir su vocación, necesitará confrontar sus propios deseos con las expectativas familiares para que de ello surja lo más genuino de sí mismo.
Factores que intervienen en la identidad vocacional
Pensando este proceso vocacional y los factores que se ponen en juego en él, se va construyendo una identidad vocacional que está vinculada a lo familiar, pero que también se relaciona con múltiples factores. Se construye también en la relación con el ambiente, con el contexto socioeconómico, con las instituciones por las cuales el niño atraviesa (escuela, clubes, talleres...), por las diferentes experiencias que va teniendo en ellas, los estímulos que recibe, todo lo cual le permitirá ir descubriendo a través del juego aquello que le gusta y que disfruta. Según Arosemena, este proceso que se da en la niñez se vincula más con lo vivencial y lo corporal que con lo pensado, se capitaliza en la adolescencia cuando este se ve obligado a tomar una decisión que ya no pase por la experiencia, sino que también integre la reflexión sobre sí mismo, entorno, posibilidades y aptitudes. “Es aquí cuando muchas veces se recurre a un profesional que pueda acompañar y orientar”.
Es importante que desde nuestra concepción, la orientación a la que apuntamos y desarrollamos en nuestros talleres con adolescentes tienen que ver con un proceso reflexivo interno y que no se relaciona con la aplicación de técnicas “donde otro me diga qué tengo que hacer, qué carrera elegir”, como se cree en el imaginario popular, sino con una búsqueda personal, en la que el técnico ayude a transitar dicho camino.
¿Cómo pueden contribuir los padres?
Son los modelos de sus hijos, ubicándolos en un rol de importancia que pueda habilitar las potencialidades de los niños.
Pueden ir observando a través del juego creativo de sus hijos sus gustos, preferencias e intereses.
A partir de esta observación, poder estimularlos, incentivarlos, potenciando esa incipiente aptitud. “Ejemplo: si observamos a un niño que disfruta jugando en actividades plásticas, plastilina, pintura, dibujo, poder brindarle las herramientas necesarias para que lo siga desarrollando”, enfatizó.
En ocasiones se puede ver que el juego del niño no es creativo, sino que se torna repetitivo, estereotipado, no predomina la capacidad de disfrutar. Este podría ser síntoma de alguna situación conflictiva que está viviendo, lo cual ameritaría realizar una consulta psicológica.
Puede ocurrir que no encuentre o que su hijo no tenga claro lo que le gusta, entonces puede ofrecerle diferentes posibilidades para que pueda ir probando y encontrando aquellas que le satisfacen. Con esto no se quiere decir que hay que bombardear al niño con excesivas actividades, que se vuelvan exigencias, sino fomentar lo que se relaciona con la creatividad, le genera interés y donde se sienta feliz.