Niños y niñas son como soles que iluminan el andar de la humanidad, alivian los pesares, invitan a mirar la vida con optimismo, alegran los corazones y despiertan la solidaridad.
No son adultos ni adultas en miniatura. Tienen sus propias personalidades que se van moldeando con las vivencias y sensaciones que derivan del mundo donde les toca vivir, mal o bien.
Representan el mañana, pero, día a día hay que velar por su seguridad, felicidad y crecimiento integral. Son indefensos/as como las semillas que están sujetas a las inclemencias del tiempo y hay que plantarlas en buena tierra y abonarlas con amor, paciencia y constancia.
Aprenden de los/las adultos/as a amar, odiar, reír, llorar, confiar, desconfiar, construir, destruir...
Sus corazoncitos son frágiles ante las promesas, incumplidas, de una sociedad que dice que no les quiere ver llorar y sin embargo sin rubor les roba sus esperanzas de un futuro mejor al prostituirles, dejarles ir a la cama con hambre nutricia y afectiva y al dejar sin enjugar sus lágrimas. Pero es tal su inocencia, bondad innata y hambre de afecto que tan solo una caricia o una palabra afectuosa torna su llanto en risa como las estrellas iluminan una noche sin luna.
Es plausible que en la X Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, que se celebra hoy y mañana en Panamá, niños, niñas y adolescentes sean el foco de atención de quienes son responsables de la toma de decisiones. Sin embargo, mejor todavía sería que llevaran a la realidad los acuerdos a que se lleguen en este cónclave y diseñen planes de desarrollo que contemplen a toda la población de sus naciones. Recuerden que cada vez más las personas están al tanto de sus derechos y de la diferencia entre justicia e injusticia, respeto e irrespeto, hechos y demagogia y que es muy fácil perder la credibilidad de los/las gobernados/as. Dios les ilumine para que a la hora de dibujar la ruta del desarrollo iberoamericano depongan intereses particulares que frenan el desarrollo y se inspiren en los rostros de niños, niñas y adolescentes que todavía creen en que de los/las adultos se puede esperar algo bueno.