Primero fueron ayes al viento, lágrimas que podrían haber llenado y desbordado la gran olla del mar. Luego, la tristeza se tornó en alegría.
Primero estaba cautiva en una gran torre alejada de la civilización, sin conocer más allá de donde alcanzaba la vista. Luego sería libre como un pájaro.
Entonces, sus lindos ojos, sorprendidos, como su corazón se abrió al amor, se abrirían al mundo, recién descubiertos ambos por ella, en medio de su candor e ingenuidad.
Ella, se conoció otra. Se atrevió a dejar entrar en su mundo a un apuesto mancebo que había calado hondo en ella.
Ella, Rapunzel, como una tierna flor que recibe en sus pétalos abiertos el rocío matinal, dejó anidar en su corazón el amor, inexplorado sentimiento. Ella era el centro del festejo en el Palacio de Rapsodia, que otrora vistió duelo al creerla perdida, quizás hasta muerta, para siempre. Rapunzel, la dulce niña, inquisitiva, tierna, ahora sabría que había otro mundo y otra felicidad más allá de lo conocido por ella, la bella princesa de cabellos dorados, que no sabía de su noble origen y por años se conformó con vivir la vida a que la acostumbró su captora bruja, quien se hizo pasar por su madre.
Personajes de cuentos de hadas les abren la puerta a la niñez en “Rapunzel y el príncipe enamorado”, un montaje en el Teatro ABA, del que pueden disfrutar los domingos en funciones a la 11:00 a.m y 1:00 p.m.
Sandra Gómez, quien hace el papel estelar, describe a Rapunzel como una muchacha de un espíritu sumamente voluble, acostumbrada a su entorno, al punto de que aunque está encerrada se siente feliz con lo que tiene, pero añoraba ser libre.
Por su parte, Daniel Gómez Nates, director del montaje, quien cumple 30 años en el teatro en 2011, al preguntarle si cree que hoy hay más rapunceles o brujas respondió: “Hay muchas Rapunceles que luchan por su libertad y que no permitirán que ninguna bruja les quite el tesoro más grande que tiene un ser humano: su libertad”.