Algunos dicen que los retro siempre han existido, que nunca pasaron de moda; otros opinan que es el regreso de los hombres a sus orígenes, a lo que nunca debieron dejar de ser. Los más escépticos dicen que es otra cuestión de marketing. Nada más.
Hay varias definiciones de retrosexual: el que toma estilos y apariencia de los 80"s, 70"s y 60"s y los aplica ahora; heterosexual, casado, monógamo y fiel; el que no se depila las cejas, ni tiene manicure ni usa masajes capilares. Es decir, aquel que no gasta ni un peso en cuidado personal.
Lo que si queda claro es que los retrosexuales son en escencia masculinos, algo que los latinos agradecemos. Esta bien ser un caballero y mostrar cierta sensibilidad. Pero nada de andar llorando porque se nos manchó una camisa de seda.
Mientras sociólogos y psicólogos continúan discutiendo los cómo y los porqué de esta nueva clasificación, reunimos una pequeña lista con las principales características que identifican a este nuevo modelo de hombre, para que usted mismo pueda saber si es o no un retrosexual.
Siempre paga la cuenta, aunque la mujer insista en aportar la mitad.
No se atemoriza ante ninguna situación: un robo, una llanta pinchada o un desastre natural.
Come carnes rojas y si puede cazarlas con sus propias manos, mejor.
No se preocupa por vivir hasta los 90 años. Si alcanza esta edad, que sea fumando y bebiendo.
No usa ropa "caliente", como camisetas ajustadas y sin mangas, así pase los 30.
Busca ayuda profesional si tiene una adicción, si se muere toda su familia en un accidente o si su equipo de fútbol baja a la segunda división.
Tiene sólo un traje de diseñador, en tono oscuro, que utiliza solamente en una cita importante, para impresionar en una fiesta o a una posible conquista.
El único complemento de moda aceptado es el cinturón. Lo demás es normal y ante todo funcional.
No se desnuda fácilmente delante de sus amigos ni comparte el baño turco con ellos, por cercanos que sean.
Debe tener una cicatriz de la que se sienta orgulloso.
No es requisito ser carilindo.
Sabe utilizar un martillo, el taladro, cambiar una bombilla y destapar una botella de champagne. Los más hábiles hasta arreglan una fuga de agua.
Un retrosexual no pide un Apple Martini ni un Cosmopolitan sino un Dry, ginebra o vermouth, al mejor estilo Bond.
No diferencia entre un perfume y otro. Con que huela bien es suficiente. Y la loción para después de afeitar, la misma que usaba su padre.
Sabe qué es el sexo y cómo practicarlo.
No le importa mucho si están de acuerdo con él o no, ni lo que es políticamente correcto. No va a cambiar de opinión solo por darles gusto a los demás.
No se avergüenza de los olores o sonidos que su cuerpo produce, aunque tampoco se pavonea por ellos. Le presta la atención justa a la limpieza, y entiende el valor terapéutico de eructar, aunque no lo haga en público.
El jabón antibacterial no lo conoce y sabe que el hombre ha vivido miles de años sin lavarse las manos cada quince minutos.
Maneja cualquier vehículo de tierra, agua, nieve o aire. De ser necesario, puede solucionar un desperfecto menor del motor de un auto.
No le importa estar solo, la compañía le gusta pero también disfruta de la soledad.
Sabe usar una navaja y puede abrir una botella de vino contra una toalla doblada y cualquier licor en menos de diez segundos.
Entiende lo esencial de cualquier deporte y puede jugar, al menos virtualmente, cualquiera que use una pelota.
Es responsable de todos sus actos y nunca culpa a los demás de sus errores.
Está en contacto con sus sentimientos, pero no se siente obligado a compartirlos con los demás.
"El Niño Jesús iba en el pulgar", recuerda la manicurista, que puede pasar hasta dos horas con una clienta, adhiriéndole a sus uñas motivos como su número de teléfono o sus iniciales.
En este salón, los precios varían de 75 a 175 dólares, dependiendo de lo complicado del diseño.
Otro salón, "Dashing Divas", en Manhattan, hace por 25 dólares la manicura de "uñas virtuales", descritas como "la última tecnología en uñas artificiales" por ser más naturales, duraderas y económicas que las de acrílico.
Los diseños van desde las recreaciones de pinturas de Piet Mondrian hasta el monograma de la empresa de diseño Louis Vuitton.
En Staten Island, uno de los cinco condados de Nueva York, se encuentra el salón Rhapsody Nails, cuya principal atracción es la ImagiNails, una computadora cargada con más de mil diseños que quedan estampados en cada uña en sólo 42 segundos y por un coste de tres dólares.
Fuera de EEUU, en la galería virtual de Nailsmag.com, las hispanas María Martínez, Zamia Calderón, Aymette Otero, Angeles Vargas, María Ortiz y Johanna Colón presentan diseños a pincel tridimensionales realmente vertiginosos y psicodélicos.
El fenómeno es, incluso, materia de estudio. La "Christian Nail School", ubicada frente al simbólico Empire State, se fundó hace once años como la primera escuela de manicura de Nueva York, y en ella se enseña este arte y oficio que mantiene ocupadas a unas 14.000 personas en la ciudad.