España es un lugar que siento siempre deseos de visitar; algo para lo que me preparo intelectual y emocionalmente, porque no se puede ir allí como un simple turista, sino con la actitud para vivirlo intensamente, para redescubrir las múltiples raíces y absorber cada cosa por todos los sentidos; un viaje que disfruto con anticipación, y del que regreso con los oídos, con el paladar, con la retina, con el olfato, con el ánimo lleno de encanto, los recuerdos adheridos a la epidermis y al alma.
Andalucía es otra cosa, y aún más Sevilla. La última vez que allá estuve, me convencí de que el embrujo que en mí ejercen el cante jondo, la manzanilla, los toros, el naranjo en flor, el espíritu de la morería, la gracia de sus mujeres, la melancolía de los gitanos, los romances de García Lorca, las notas de Falla y su panorama policromo, tiene que venì por er camino de la sangre.
El AVE, de Madrid a Sevilla, es tren cómodo, rápido y puntual, y a pesar del cansancio normal de una noche de viaje sobre el Atlántico, el ambiente y el paisaje avivan la presencia. Allí estaban en la Estación para recibirnos, a la hora exacta, los entrañables Manolo y Virginia Blanco, anfitriones incomparables de una de nuestras más conmovedoras experiencias de viaje.
La Semana Santa en Sevilla, que hacía muchos años deseábamos no visitar sino vivir, es el mayor espectáculo de su clase que he visto en el mundo que he recorrido, que no es poco, en los cinco continentes. (Me asaltan la duda y la comparación irreverentes, cuando pienso en Río, en los días antes de la Cuaresma, o en los fabulosos sortilegios florales de fin de año en Los Àngeles de California. Nada que ver). Para los sevillanos, y, tal vez, para todos los españoles, con argumentos contundentes aseguran que la conmemoración, no la celebración, de la semana de la Pasión es "el acontecimiento más importante que se da en esta ciudad, y que se vive más intensamente por los sevillanos". ".... una manifestación de culto externo, una manifestación religiosa con el sustrato de lo popular, con la unión y la participación del pueblo." Esta arraigada dicotomía profano-religiosa se debate, abiertamente, por los medios públicos, con elegante razonamiento y con pasión. Así pues, que a pesar del tono festivo con que, en cierta forma, se la reviste, en el fondo priva el tejido fuerte de una tradición de siglos que resume devoción, orgullo, fe, solidaridad, perspectiva útil, y que es preciso tratar de comprender y, sobre todo, de respetar.
Antes y durante la Semana Santa, todos los medios: televisivos, de radio, prensa y revistas, preparan elaborados suplementos y programas especiales, en adición a los muchos artículos y estudios que se escriben sobre el tema, para dar cuenta de todos los actos religiosos y de todas las procesiones que se programan, con recuentos característicos e históricos de sociedades y congregaciones responsables de la magna organización, autoría y leyendas de las santas y artísticas imágenes, acompañado todo esto de mapas especiales, que señalan, con precisión, los diferentes lugares y las horas por donde transitan los pasos de las diferentes cofradías o hermandades de los templos y capillas, o lugares especiales de donde salen y entran. Algo realmente increíble, y que pude constatar múltiples veces con la insuperable guía de Manolo, un sevillano de nacimiento, con sangre paterna guatemalteca, exitoso hombre de negocios, con siete retoños profesionales de buena espiga, con una fe de esas que mueven montañas, y un ascendrado espíritu de solidaridad humana, del que Panamá se beneficia directamente por su dedicación personal a la atención de abandonados presidiarios en Renacer, durante los meses que aquí alterna con Sevilla, y que le ha dado también el tiempo para ser uno de los fundadores de Radio María. Con un amigo así y con su querida cholita, la culta y bondadosa Virginia Endara, a quien todos los ángeles escuchan, es realmente un privilegio recorrer los templos, estar a la hora en los momentos precisos, para vivir la emoción de uno o varios de los pasos de las ocho procesiones que, en promedio, desfilan simultáneamente cada noche.
La magnitud del espectáculo está representada por la afluencia de 58 procesiones en los ocho días de la Semana de Pasión, desde nueve simultáneas el Domingo de Ramos hasta sólo una Domingo de Resurrección. Desfila un total de 45,000 nazarenos, devotos en vestimentas especiales, con adornos y colores distintivos de cada agrupación, y que llevan un capirote, o una capucha terminada en punta; de 400 a 2500 de estos acompañan a cada procesión, llevando cirios o candelabros especiales. (Es tal la cantidad de esperma derretida que cubre las calles transitadas, que luego los automóviles hacen un ruido particular al recorrerlas, y deben tomar medidas especiales para evitar accidentes por deslizamientos). De seguido caminan, por lo general con los pies descalzos, a veces ensangrentados, incontables penitentes, cargados de cruces, de cadenas o de velas; las antiguas flagelaciones han sido prohibidas. Las bandas de música, en sus elegantes uniformes, con 60 a 100 instrumentos, en su mayoría de viento y percusión. Y por ùltimo, la enorme romería que acompaña al anda de Jesús, en una de las diversas fases de la Pasión, o al de la Virgen con su bellísimo rostro sumido en el dolor. Las pesadísimas andas, en algunos pasos portadoras hasta de ocho imágenes de tamaño real, flores, candelabros (en algunos casos he contado màs de cien), del lujoso palio de la Virgen y esculturas complementarias, son cargadas por los costaleros, jóvenes de fortaleza y tamaño uniformes, seleccionados y adiestrados con meses y años de anticipación, y que van casi saltando al unísono, todos encerrados debajo de los largos paños y cubiertas que cubren los costados, y por lo tanto, alertas y obedientes a precisas consignas y órdenes del capataz de cada paso, que ejecutan al exacto y seco golpe del martillo del maniguetero, de precisa función delicadísima. Cada anda, según su tamaño, es llevada por los brazos fuertes, la cadencia, la precisión y el espíritu de 20 a 50 y más costaleros.
Son las cuatro de la tarde del Domingo de Ramos. Sevilla tiembla ante las primeras manifestaciones de su Semana Mayor, que inicia con la procesión de La Borriquita, cuya Cofradía nace a finales de los 1500; ¡más de 500 años de tradición! Hay otras, como El Silencio, que vienen desde 1355; ¡seis siglos y medio de existencia!
Ríos de gente se arremolinan en la calle y aceras; jóvenes.... muchos jóvenes. Ansiosos esperamos al costado y sombra de los árboles de la más de cinco veces centenaria Iglesia de la Magdalena. Es la procesión de dos pasos, de la Hermandad Jesús Despojado, que ha salido a las tres de la tarde y tardaría siete horas para entrar. (Esta noche hay procesiones que durarán más de doce horas, y en otros días más de catorce). Se sienten cerca las agudas y limpias notas de su banda de 63 virtuosos, en melodías que sacuden el alma. A la algarabía callejera se ha impuesto un silencio total. La Cruz de Guía abre el camino a la Cofradía, y desfilan recogidos, en dos filas de uno en fondo, los 450 nazarenos anunciados, en túnicas crema, con cíngulo morado y capa y antifaz negro; luego los penitentes, y otros componentes de este espléndido derroche artístico con profundo resabio ancestral de auto sacramental.
El anda de Jesús, color negro, con bien esparcidos claveles rojos, impactante por su sobriedad y tamaño, y por la calidad artística de sus imágenes y conjunto de candelabros, cuenta con siete figuras de soldados romanos, en su atuendo imperial, y personajes judíos en momentos en que se desnuda al Señor, y se le ofrece una copa para beber. El paso de la Virgen de los Dolores y Misericordia, acompañada por San Juan, lleva un lujoso palio bordado; lo adornan innumerables candelabros, nardos y claveles blancos. Justo frente a nosotros se detienen. Me acerco al anda de Jesús y descorriendo un tanto el paño que los cubre, converso unos segundos con los cargadores o costaleros; son 48 jóvenes, fornidos y devotos. Llevan el peso sobre los brazos más que sobre los hombros, y caminan en saltitos, lo que da a las imágenes una sensación de movimiento. "Arriba muchachos, que comenzamos con el Señor", suena la voz firme pero dulzona del capataz, y de inmediato, tras el golpe seco de martillo, el anda se levanta y retoma su curso, mientras la banda vuelve a sacudir los corazones.
Placentines es una de las calles más angostas de Sevilla. Son cerca de las nueve de la noche del Lunes Santo. Estamos dándonos un "latigazo (de manzanilla) al riñón", con algunas tapas, en un bar de esta calle, atestada de gente, mientras llega la procesión de la Cofradía Santa Marta, con sus anunciados 800 nazarenos en túnicas negras de cola, y cíngulo plateado precediendo al único paso del Cristo de la Caridad y el Misterio, que representa el traslado de Cristo al Sepulcro, en presencia de la Virgen y las Marías. Esta romería no lleva música, pero al acercarse se hace pesado el silencio, hasta dejar oír sólo la voz del capataz. Entre la estrechez y los balcones sobresalientes que escasamente dejan al anda cuarenta centímetros de la pared, la cuadrilla de 48 costaleros es profesional en este caso. "Mis valientes, ánimo, que estamos en Placentines (los cargadores no pueden ver nada bajo el anda cubierta), la Virgen llora, a la derecha dos centímetros, en la cola uno a la izquierda". Sólo se oyen la voz del guía y el arrastre del calzado, de las cadenas y los pies desnudos sobre la cera derretida de los cientos, o tal vez miles de cirios encendidos de penitentes y de fieles. Después, hay que volver a atender las necesidades del riñón. Por eso hay que comprender las tradiciones de este "torbellino orgiástico" donde "ningún sentido queda indemne". Esta es la fiesta por excelencia, la devoción incomparable, asentadas por siglos en el corazón de todo sevillano, y de los que respondemos con emoción a estas manifestaciones.
En algunas plazas y áreas de estacionamiento, en las rutas de las más conocidas procesiones, se instalan cientos de sillas para su alquiler. Allí hay que esperar largo para verlas pasar. Pero cuando se anda con un Sevillano como Manolo, que estudia el programa, se camina al encuentro de otra procesión en diferente sitio, y se anticipan sorpresas inefables. Por la calle Placentines fuimos a su cruce con la Argote de Molina. No tuvimos que esperar mucho para topar la procesión de la Cofradía Las Penas, fundada hace más de un siglo, con sus artísticas imágenes del Cristo de Las Penas en la primera anda, y de la Virgen de los Dolores, en la segunda. Apenas llegaron a la intersección, y a la orden del capataz descansaron en la calle, de uno de los típicos balcones engalanados, una limpia voz emocionada rasgó el silencio singular que imponen los cortejos, para lanzar esa sin igual oración en alas del cante jondo, que eleva las almas en las noches claras de Semana Santa en Sevilla: la saeta. " Te canto con amor, porque sé lo mucho que has sufrío , y quiero con mi canto aliviá tu doló". El mensaje llegó directo al corazón de todos. Era el corazón de Andalucía palpitando en la fresca brisa de una luna triste.
Desde el Arco de la Judería, donde cada espectador defiende con recato su lugar estrecho, el contorno iluminado de la Giralda, "esbelto minarete árabe transformado en universal torre cristiana", sirve de espléndido fondo a los rostros sagrados de la Pasión, mientras solos instrumentales de las bandas arrancan aplausos multitudinarios llenos de fervor. Es casi media noche; contra el muro del Alcázar doblan sobre la estrecha calle de Miguel Mañara el Cristo de la Buena Muerte, esculpido hace cuatrocientos años, y la Virgen de la Angustia, de la Cofradía de Los Estudiantes, que partieron desde la Capilla de la Universidad. Son alrededor de 1400 los nazarenos que acompañan ésta, una de las ocho procesiones del Martes Santo. No bien dobló la esquina, cuando un devoto, con voz grave. desde el quicio de una de las humildes puertas del barrio lanzó su saeta a la Virgen: "Se aprieta el corazón; la garganta se anuda; ya no brillan los luceros de tanto llorá las penas que vieron en la Virgen con su carita morena, con tanto doló y pena". Qué sentimiento! Qué profunda reverencia general! La voz salió casi al lado mío, y no pude menos que dar un abrazo de solidaridad al santo cantaor. Mi pensamiento estaba al lado de la Dolorosa de Penonomé, que acompaño todos los Viernes Santos, para estar más cerca de mi madre.
Cada día de la Semana es diferente, con sus diversas Cofradías y Hermandades haciendo gala de su arte y su fervor. El Viernes Santo hay dos etapas: la de la Madrugá, cuyas seis procesiones salen cerca de la medianoche, para entrar, las últimas después de la una de la tarde; y las siete de la tarde, que van desde las cuatro hasta las tres de la mañana del Sábado Santo; trece en total. Las muy populares de El Cachorro, la de El Gran Poder, y la de la milagrosa y adorada Macarena, desfilan de ocho a trece horas ese día. Espectáculos como el de la Semana Santa en Sevilla, pocos, si acaso ninguno.