P ara un hombre machista, tener un hijo varón es tremenda noticia. Una razón para sentirse pechón, como un campeón o como si se hubiera ganado el premio gordo de la lotería.
Para un hombre machista, orgulloso de sus logros y seguro de que el mundo le pertenece, casi no hay mayor desgracia que su hijo varón, máxime si es hijo único, sea amanerado.

Situaciones hipotéticas, situaciones que pintan realidades en nuestra sociedad y las de otras latitudes, con políticos de poca y mucha monta se retratan en la comedia dramática “Mi hijo varón”, que está en cartelera en la Sala Gantes del Teatro La Quadra, en El Cangrejo, bajo la dirección de Pablo Salas, hasta el 12 de junio.
Andresito, el hijo único de Don Emilio, un político inescrupuloso, nada humilde (que o lavaba dinero o andaba en otras actividades sospechosas) se sentía muy solo.

Papá nunca tenía tiempo para pasarlo con él. Es que, excusándose con sus “negocios”, que incluían una mujerzuela que a cambio de sus favores le sacaba dinero, Don Emilio nunca lo tenía como prioridad.
Como a Don Emilio no le importaba lo que pensara o sintiese su hijo, acostumbrado como estaba a dar órdenes y ser obedecido sin que se le cuestionara, cuando sacaba espacio en su agenda para dedicarlo a Andresito, era para actividades que satisfacían al padre, pero no al niño.

Al muchachito no le gustaba ir a ver juegos de fútbol ni tampoco jugar con carritos. Este prefería jugar con muñecas y hasta se sentía feliz vistiendo la ropa de su madre fallecida.
La nana lo había visto varias veces. Papá, nunca.
Ella lo reprendía y lo mandaba a cambiarse. El chiquitín le imploraba que no se lo dijera a su padre, porque se pondría furioso, y con lo machista que era hasta podría costarle al pequeño la vida.
No les digo más, solo que el que mal empieza, mal acaba. Es asunto de tiempo. No se puede tapar el sol con la mano. A padre e hijo, la vida les pasó la factura. Tuvieron que rendir cuentas.