De todas las plantas que florecen en el mundo, ningún grupo puede igualar la increíble diversidad de la familia orquidácea. Sus flores se presentan en diferentes tamaños, formas y colores. Encontramos flores gigantes hasta 10 de diámetro y otras pequeñitas no más grande que la cabeza de un alfiler. Sus colores sintetizan una gran variedad, las hay de tonos sólidos claros u oscuros o con diseños rayados, con chispitas, moteadas, con vetas, las hay también fragantes o con olores fétidos.
Las plantas en sí, son igualmente diversas, inclusive su estructura vegetativa es diferente entre ellas, algunas crecen en árboles (epifitas); sobre rocas (linfitas), en la tierra (terrestres) y también las hay repadoras aunque muy pocas. La mayoría son epífitas.
Actualmente, la gran mayoría de las orquídeas cultivadas no provienen de la naturaleza, son creadas por el hombre mediante hibridación artificial.
Dado que estas plantas crecen en climas fríos, templados o al nivel del mar, el primer paso al obtener una planta es saber identificarla. Al identificar esta planta, se le puede proveer las condiciones necesarias (luz, humedad, nutrición y el material o medio a usar para sus siembra) de allí un buen crecimiento.
En la planta de orquídea, sus raíces están expuestas al aire, cubiertas de un velo absorbente algo esponjoso color gris plateado y la punta de la raíz (de una planta saludable) es usualmente de color verde. Las hojas, obtienen sus nutrientes por medio de fotosíntesis creando azúcares a partir del dióxido de carbono y del agua. He aquí la respuesta a esa pregunta tan común ¿cómo se alimenta las orquídeas si no son parásitas?
Las raíces son anclas esenciales para las plantas epíficas, las cuales crecen muy alto en las ventiladas copas de los árboles o en sus troncos.
En Panamá tenemos aproximadamente unas 950 especies nacionales de lo que debemos sentirnos orgullosos y por lo que también debemos proteger y no desbastar.