Odio, celos, inseguridad, resentimiento y hambre de venganza pesan harto. Máxime si se amalgaman con otros vacíos propios de las urbes donde la gente es casi cosificada y el dolor y carencias del otro no hallan eco.
Lorca tomó nota de cómo la masificación incide en el individuo; cuestiona el periodismo amarillista, los medios al servicio del sensacionalismo; denuncia la violencia que se enseñorea de las metrópolis; pinta cuadros de corrupción y negligencia social e institucional; presenta al matrimonio resquebrajado, ultrajado y utilitarista; muestra también que el corazón del ser humano puede ser hospedero de sentimientos nobles, pero también de odios que se heredan de generación en generación.
Igualmente prueba que la mala simiente hay que arrancarla de cuajo para evitar que se afinque, como la hiedra.
En la pieza teatral “Bodas de sangre”, adaptación panameña de Arturo Wong Sagel de la original de Federico García Lorca, el personaje Leonardo, el ex- novio, demostró que “el hombre es el lobo del hombre” y actúa guiado por el malsano instinto cuando lo pica el gusano de los celos, que nublan su razón.
El elenco de “Bodas de Sangre” envía un sinnúmero de mensajes sobre cómo en el teatro de la vida a ciencia cierta no se sabe cuál será tu papel, la importancia de estar preparado para superar obstáculos, que el ingenio paga bien, que “no todo lo que brilla es oro”, que si el odio es lo que corre por la sangre no se puede cosechar amor, que el rumor hace tanto daño como una bala, una puñalada o un veneno...
También la obra enfoca en lo que tiene que ver con el divorcio de la urbe con las necesidades intrínsecas de quienes la habitan y pinta la metamorfosis que muchos sufren, en detrimento propio y de sus congéneres cuando tienen que luchar por sobrevivir “al precio que sea” y entonces usan caretas, sacrifican principios, urden tramas para lograr el éxito usando como escalones a los demás y excusándose en esto de que “el fin justifica los medios”.