La culpa, al parecer, es de la inclinación del eje de la Tierra sobre la elíptica, expresión bien conocida por los lectores de Julio Verne; el caso es que es esa inclinación la que hace que, mientras en el hemisferio Norte acaba de empezar el verano, en el hemisferio Sur comienza el invierno.
Quiere esto decir que, mientras los norteños se disponen a dar buena cuenta de cosas refrescantes, de sopas frías como los gazpachos, la vichyssoise o tantas cremas frías, los sureños están más dispuestos a que sus sopas lleguen a la mesa algo más calientes. El mundo, en esto de las sopas, se divide en "Mafaldas" y "Guilles", es decir, en enemigos irreconciliables y adeptos entusiastas de la sopa.
El quid de una sopa está, más que en los elementos que se le pongan como "decoración", en la naturaleza del líquido del que se procede. Como ustedes comprenderán, no es lo mismo el agua sin más que el resultado de cocer antes en agua una porción de cosas ricas, terrestres o marítimas.
Hemos pensado para hoy en una sopa de origen humilde, pero que se puede enriquecer un poco. Una sopa muy española, muy de campesinos, cuyo ingrediente principal es...el ajo. Y el pan, naturalmente; en origen, las sopas no son ver el Diccionario más que rebanadas de pan impregnadas en algún líquido alimenticio.
Ante todo, sequen un poco en el horno ocho rebanadas de pan que sea, como mínimo, de la víspera. Pongan aceite de oliva cuatro cucharadas en una cazuela, sofrían ahí un minuto cien gramos de jamón serrano reducido a picadillo y añadan cuatro dientes de ajo, de los que habrán eliminado el germen central y que habrán cortado en láminas.
Frían los ajos hasta que se doren y separen la cazuela del fuego. En cuanto los ajos se vuelvan silenciosos y dejen de hacer burbujas, añadan una cucharadita de pimentón dulce y litro y medio de agua. Naturalmente, si en vez de agua ponen caldo del puchero, la cosa resulta muchísimo mejor. Así las cosas, vuelvan a poner la cazuela al fuego y hagan cocer todo diez minutos.
Pongan dos cucharadas de pan en cada tazón o soperita individual y casquen un huevo en cada una. Llénenlas con el caldo y llévenlas al horno, donde las tendrán hasta que cuajen las claras, pero no las yemas. Y a la mesa.
Si no quieren encontrarse los ajos en la sopa, retiren el jamón una vez frito y prosigan con la receta; cuando la sopa esté cocida, cuélenla para eliminar los trozos de ajo e incorporen nuevamente el picadillo de jamón.
Esta sopa es de invierno. Con ajos se puede hacer una, deliciosa, de verano. Trituren en el robot de cocina unas cuarenta almendras, crudas y peladas. Añádanles cuatro rebanadas de pan de sandwich, sin corteza y ligeramente remojadas con un poco de agua y una cucharada de buen vinagre. Sigan triturando y añadan un solo diente de ajo, sin el germen central, y sal. Y...sigan triturando, hasta lograr una pasta homogénea.
Incorporen ahora cuatro cucharadas de aceite virgen de oliva, y batan hasta lograr una consistencia como de mayonesa. Añadan agua fría, para conseguir una sopa ligera. Métanla en una jarra de cristal, y al frigorífico. Justo antes de servirla, revuélvanla con una cuchara y pásenla a las tazas. Como tropezones, pongan en cada taza unas cuantas uvas de moscatel, peladas y sin grano, o unas bolitas de melón muy dulce. Una delicia...que se llama ajo blanco y procede de Málaga (España).