Siempre se ha dicho que el niño no es un adulto en miniatura, por lo cual no se pueden pretender respuestas y conductas inapropiadas para su edad y desarrollo físico y mental, tampoco, que sea como una copia al carbón de lo que a su padre/madre/docentes le gustaría, no tiene por qué llenar expectativas ajenas.
Con tino, Micheline Lacasse, en su obra "Tengo una Cita Conmigo" escribe, entre otros conceptos que:
La infancia se caracteriza por la necesidad de recibir y por la incapacidad de dar. Para vivirla como es debido, es fundamental que se respete esta característica. El corazón sensible de la persona debe ser nutrido generosamente para que un día se plasme en ella su corazón profundo. El niño necesita jugar, correr, reír y retozar a la manera aturdida y graciosa de un cachorrito o de un gatito.
La infancia de los perros y los gatos dura menos, y parecería injusto quien pretendiera privarles de ella. Entonces, ¿por qué esa desastrosa torpeza de privar a un niño de su infancia abrumándolo con responsabilidades que superan su edad, cargándolo con culpabilidades desmedidas y agobiándolo con los "buenos modales"? Lo que el niño necesita es lozanía, fantasía, espontaneidad y libertad, tanto en sus juegos como en toda su existencia. También precisa firmeza y orientación. Necesita un entorno en el que poder evolucionar sin peligro. Es evidente que no hay que dejar que un niño pequeño juegue en lo alto de una escalera, si previamente no se ha colocado una protección segura. Pero prohibirle acercarse a la escalera, con la amenaza de un castigo es ridículo.
Los padres deben tener la inteligencia de colocar al niño en una situación favorable. No hay derecho a robarle las maravillas de su infancia y del universo de la despreocupación, que pasa tan rápidamente, imponiéndole prohibiciones que no tienen sentido. El niño tiene derecho a sus titubeos, a sus errores, a sus fracasos, tiene derecho a crecer brincando al ritmo de sus capacidades y a que no le pongan sobre sus espaldas más peso del que puede soportar. No es que haya que mantenerlo en una especie de infantilismo que le perjudicaría gravemente, al contrario, se trata de dejarle que sea y viva de acuerdo con su edad y que vaya pasando progresivamente de la dependencia a la autonomía, sin quemar las etapas ni prolongarlas. La necesidad de ser tratado como niño es el privilegio del que disfruta para compensar la gran prueba de su total impotencia. ¿Quién tendría valor para quitárselo?