Lambones, chupamedias, lamebotas, escoja la palabra que mejor le parezca, al fin y al cabo todas describen a ese tipo de personas, a esas "especies", que se multiplican como las malas hierbas y abundan en todas las esferas sociales (léase gobierno, empresa privada, ONGs, vecindarios...) y seguramente usted conoce a alguien a quien se le podría endilgar ese calificativo.
No, no me diga nada. Menos se le ocurra chateármelo por su BB. No quiero saber, y menos que sepan otros que lo sé, que están todos desenmascarados.

No, no me interesa conocer el nombre de esa o esas personas, que, no le quepa la menor duda, disfrutan con su papel en este gran escenario que es la vida, donde se gana y se pierde, y más veces de las que cualquiera pudiese pensar, lo que parece no es y lo que es no parece.
Ahora bien, de no ser porque la obra teatral que se está presentando en el Teatro ABA se titula "El traje nuevo del emperador" y es para niños de todas las edades, podría pensarse que esta adaptación del cuento del mismo nombre no es más y nada menos que un retrato de nuestro pintoresco Panamá. Pero, no se confundan, aquí vale también esto de que "cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia". Suele pasar así.

A un chasquido suyo, como moscas llegaban los plebeyos. Con sus “yo” chicos y sus ambiciones “grandes”. Con sus incontables e inimaginables zalamerías soplaban más el gigantesco ego del emperador Napo, quien no tenía más ojos que para sí mismo. Y más oídos que para escuchar lo que quería oír.
Sólo le faltaba el espejito para preguntarle: “dime, ¿quién es el más bonito?”

Una obra fresca, loca, que hace reír e involucrarse al público infantil es “El traje nuevo del emperador”, esta nueva propuesta del productor Agustín Clément, donde queda de manifiesto que personas de carácter endeble son presa fácil de embaucadores.
Excéntrico, acostumbrado a que se le rinda pleitesía y a salirse siempre con la suya, el emperador Napo IV probó una cucharada de un menjurje que le supo amargo: la del ridículo.
Sus asesores, falsos amigos, lo hicieron quedar como un tonto. Como un niño, ingenuo, Napo confió en ellos, que no se atrevían a corregirle sus locuras y decirle que no tenía razón. ¿Quién ha dicho que los poderosos la tienen siempre?