A simple vista se le nota el gran cambio, tanto físico como emocionalmente. Solo le falta salir de prisión y meterse de lleno en la música para estar más completo en su vida, pues --a pesar de que sabe que cometió un error-- quiere seguir creciendo como persona, hacer cosas buenas por los demás y tratar de que jóvenes como él no pasen por lo que él pasó a su edad. ¡Ojo! Y no es que con esto quiera cambiar al mundo.
La mirada, un tanto tímida, y la sonrisa (con frenos) de Michael Vega, lo decían todo. Estaba feliz, aunque sea por ver a su familia un domingo al mes. Para esta entrevista exclusiva buscó sus lentes de pasta en color negro, unas zapatillas a la moda, un pantalón de mezclilla y un abrigo: "Cuando ya tenga mis cuadritos en el abdomen, me atrevo a bajarme un poco la cremallera del abrigo".
Se sentó cómodamente y nos habló un poco de su pasado, presente y qué visualiza para su futuro, estando consciente de que el Michael que entró a La Joyita era totalmente inmaduro al que ya ha pasado casi 4 años en El Renacer.
¿Qué te ha dejado la prisión?
La madurez, esto es como la maestría de la vida. La calle es como la universidad. La cárcel fue como mi maestría. A estas alturas, a mi pequeña edad me dicen siempre "con esto que te pasó es algo grande, porque no ves la vida igual como la veías antes". Es lo mejor que me ha pasado, darme cuenta de muchas cosas a la fuerza, pero positivamente me trajeron algo bueno en la vida.
Lo malo es la distancia que me trajo de mi familia, de mi hijo... mi papá.
¿Cómo dormías allá?
Tengo una canción que muy pronto voy a sacar, es un rap. Habla de eso en una pequeña parte. Donde yo vivía, al lado había una ventana y por ahí pasaba una zanja, donde había basura, orine y hasta excrementos. Qué bueno que no me enfermé. Siempre trataba de poner algo ahí para que el olor no se metiera.
¿La comida y el agua?
He estado en tres cárceles: La Joyita, La Joya y en El Renacer. Hay mucha diferencia. En las dos primeras viene muy pocas veces el agua, uno trabaja con tanque. Yo lo viví, me tocó estar casi siete días sin agua. Nos acomodábamos con los tanques y cuando venía el agua, eso era un descontrol total, todo el mundo quería llevar sus tanques.
La comida en El Renacer es un poco mejor, pero en las demás cárceles sí son un poquito mala.
¿Tuviste miedo allá adentro alguna vez?
Nunca. Nunca he tenido miedo, nunca he sentido amenazas, al contrario, el privado de libertad me quiere mucho porque dentro de su momento, cuando yo estaba libre, los hacía reír, desestrezarse, entonces, cuando yo llegué, la gente se alegró tanto. Sintieron como felicidad. Todos se llevan bien conmigo.