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La vida me ha enseñado a ser fuerte, a luchar y a nunca rendirme. Tengo tantos recuerdos en mi mente y corazón acerca de todas las batallas que se me han presentado.
Desde muy chica pude observar muchas cosas dentro y fuera de mi familia que me mostraban cómo sería al ser grande y sin darme cuenta, esas lecciones me hacían crecer como persona.
En esta columna deseo contarles una experiencia que me marcó radicalmente, en el sentido familiar y espiritual. Esta vez deseo contarles una vivencia de hace 12 años, en la que pudimos experimentar la sensación de prepotencia, de tristeza y sufrimiento del CÁNCER.
Mi padre, a quien todos amamos en mi familia, fue la víctima de esta enfermedad, lo que trajo mucho dolor y preocupación a toda la familia y amigos. Recuerdo tener solamente 20 años cuando recibí la noticia de que mi padre, mi hombre favorito en el mundo, padecía esta enfermedad.
Tengo en mi memoria que, antes de que le diagnosticaran a mi padre dicha enfermedad, él comentaba: “Estoy seguro de que es cáncer”.
Haciendo un repaso de lo que sucedía en ese momento, fue muy difícil tocar ese tema con mi hermana mayor, quien estudiaba en el extranjero y no queríamos alertarla con esta noticia, lo que nos tocó a mi madre, hermano y a mi persona el cuidado de mi padre, orar, motivarlo y estar al lado de él, ya que se encontraba en la gran prueba de su vida.
Quienes han vivido esto están claros de que no solamente sufre el enfermo, sino toda su familia. Es allí, en este punto donde deseo compartirles mi experiencia, lo que vivimos y cómo logramos superar juntos el combate contra el cáncer.
Mirando hacia atrás, no sé cómo sucedió, pero pasó. De un momento a otro, mi mente se bloqueó de una manera extraordinaria, donde solamente pasaban por mi mente palabras de aliento y de positivismo. Mi padre me hablaba de su enfermedad y de inmediato le respondía: “Todo saldrá bien”. Nunca olvidaré el sufrimiento de mi madre al ver a su compañero postrado en una cama.
Recuerdo decirle: “Mamá, todo irá bien, no llores más, estoy segura de que mi papá va a salir de todo esto”. Lo veo en estos momentos y aún no me explico cómo fui tan valiente, cómo una joven podría estar tan llena de coraje y tener el valor para decir semejantes palabras en un momento tan delicado. Es allí donde comprendo que todos tenemos ese caparazón, esa coraza que nos protege de todo mal que nos sucede y hace que las cosas no se tornen tan difíciles y se vuelvan superables.
Nunca sabremos al final qué pasará, pero si sacamos esa energía positiva, siempre saldrá algo bien, siempre habrá un aprendizaje y algo que nos queda en la vida. Debemos ser optimistas porque siempre tendremos tropiezos, caídas o pruebas que nos enseñarán grandes cosas y harán que veamos la vida desde otra perspectiva, y te aseguro que comprenderás de una manera más humana el porqué nos suceden cosas, ya sean positivas o negativas.
¿Y qué sucedió con mi papá? Bueno, les cuento que mi papá salió victorioso de la operación y que el día que me “quebré” fue al verlo luego de la operación con una sonrisa, con ganas de hablar y lleno de vida. Ahí, en ese preciso momento, fue que entendí por qué no tenía que flaquear, por qué debía apoyar y amar más que nunca a mi familia y estar 100% para ellos. Ver a mi papá en ese instante es una fotografía en mi mente que llevaré conmigo para siempre. Con esta columna deseo incentivar a todos a hacernos un examen general y a visitar al médico porque recordemos que la salud es importante.
No sabemos con certeza si nos tocará algún momento sufrir de esta enfermedad, pero lo que importa aquí es estar preparados para lo que venga, nunca perder la fe y la esperanza de que “todo va a estar bien”.