Tras la tempestad, ya se sabe, viene la calma, de modo que tras los excesos de estos días festivos ha de llegar un tiempo de recuperación, de normalización; no sólo el exceso de alcohol deja sus secuelas, sino también el de alimentos sólidos más o menos contundentes.
Pero se puede volver a la normalidad pasito a paso, no de golpe; las transiciones demasiado bruscas tampoco son buenas para la salud, especialmente para la salud mental.
Por ejemplo, ostras. Las ostras son un alimento más bien ligero...si no pretenden imitar a algún emperador romano y se toman una gruesa, que son doce docenas.
Fueron uno de los primeros alimentos del hombre cuando vivió junto al mar. Sus más devotos partidarios no aceptan otro modo de comerlas que al natural, esto es, crudas y vivas, dispuestas sobre un lecho de hielo picado y con el no imprescindible añadido de unos gajos de limón, que los más puristas rechazan.
Comer las ostras así requiere, aunque no lo parezca, una cierta habilidad para no perder ni gota de la deliciosa agua que sueltan al abrirlas, evitando al propio tiempo fragmentos de sus valvas.Como suele suceder, es más fácil hacerlo que explicarlo.
Pero las ostras, incluso sin necesidad de cocinarlas -y conste que hay magníficas recetas para cocinar ostras-, admiten toda una serie de aditamentos en forma de aliño que las hacen, si cabe, más frescas en la boca, que es una de las sensaciones que se busca cuando se comen ostras.
Ese sabor profundamente yodado y agradablemente salino que hace estallar el mar en la boca, que invita a seguir comiendo, es quizá el mayor de los atractivos de este delicioso molusco; un apunte ligeramente ácido acrecienta esa sensación de limpieza del paladar que producen unas buenas ostras.