Con un sol que intenta abrirse paso entre las nubes que ocultan la mañana para proyectar su dorado reflejo sobre el mar, el buque escuela “Gloria” eleva anclas, preparándose para hacer su entrada en las esclusas de Miraflores. Son las 7:30 a.m. cuando arrancan los motores de este navío de la marina de guerra colombiana, el cual arribó a Panamá el viernes pasado para realizar el tránsito a través del Canal.
Además de la tripulación compuesta por 147 miembros, a bordo de esta veterana nave, que ha venido recorriendo los mares por más de 30 años, se encuentra la embajadora de Colombia en Panamá, Gina Benedetti De Vélez, acompañada por una comitiva de aproximadamente 28 personas, colombianos en su mayoría.
Se trata de una invitación que hiciera el capitán de navío Alberto Bejarano a la embajadora en ocasión del paso del buque por la vía interoceánica, en especial en un mes tan significativo para el pueblo panameño como lo es el mes de noviembre.
Cuando salimos nuevamente a bordo después del desayuno, el cual se sirvió en el comedor del barco, nos encontramos con que los llamados ¨pasacables¨ de la Autoridad del Canal de Panamá (ACP) se encuentran en plena faena.
El equipo, compuesto por casi una decena de hombres, tiene la responsabilidad de abordar cada embarcación previamente a su ingreso al Canal, con el objetivo, como nos explica el ¨pasacable¨ César Campos, de acomodar las líneas de amarre que engancharán a las naves con las locomotoras. Este procedimiento toma aproximadamente 15 minutos, aunque este tiempo puede variar de acuerdo con las características de cada barco.
Una vez estamos estacionados en el interior de la primera esclusa, cuyas paredes se encuentran recubiertas de algas, el nivel del agua empieza a subir rápidamente, pero de forma casi imperceptible. Como aclara Campos, este proceso es activado por una llave maestra que regula el flujo de agua que cae dentro de la esclusa, y que funciona exclusivamente a través de la gravedad.
Un Campos visiblemente orgulloso de formar parte del equipo de trabajo que opera esta portentosa obra de ingeniería, nos explica que dentro de poco estaremos al mismo nivel de la siguiente esclusa, pudiendo así continuar con nuestro tránsito.
El barco en que nos encontramos haciendo este recorrido es el buque escuela de la marina de guerra colombiana, en donde se entrena en las ¨lides del mar¨ a los futuros oficiales y suboficiales de la armada del vecino país.
De los 147 tripulantes, 72 son cadetes. Entre ellos se encuentra el cadete Zapata, panameño de nacimiento, que en el momento de la travesía se hallaba de licencia visitando a su familia en la capital.
Casi la mitad de estos cadetes se graduará en el mes de diciembre después de cuatro años de aprendizaje en la Escuela Naval de Colombia. El ¨Gloria¨ es donde realizan su práctica de cubierta después de tres años de teoría.
A pesar de la hospitalidad con que nos recibe su capitán y tripulación, el ¨Gloria¨ dista mucho de ser un crucero de placer, como los muchos que atraviesan el Canal diariamente. Todos los días, los cadetes entran a clases a las ocho de la mañana. Después del almuerzo, dedican la tarde al estudio y a todos los trabajos relacionados con el aseo de cubierta, el mantenimiento de la velas, máquinas, etc.
A partir de las 6 p.m. comienza la guardia nocturna, que los jóvenes marineros cumplen en turnos rotativos de cuatro horas. Durante estas horas los cadetes se encargan de todo lo relacionado con el funcionamiento del buque, siempre bajo la supervisión del capitán en persona o de un oficial de guardia.
A esta rutina tan atareada hay que añadirle las largas temporadas de permanencia en el mar, sin tener la posibilidad de visitar tierra. Uno de los marineros espera con ansia el retorno del ¨Gloria¨ a suelo panameño a finales de mes para tener la oportunidad de conocer el istmo que una vez formó parte de la república colombiana, así como también a su sobrino.
A eso de las 4 p.m., la proa del “Gloria” ingresa en las esclusas de Gatún, después de haber navegado por las tranquilas aguas del homónimo lago. Se repite el mismo proceso que tuvo lugar en Miraflores, sólo que en sentido inverso: en vez de que se incremente el volumen de agua dentro de las esclusas, el mismo desciende con igual velocidad hasta poner al barco al mismo nivel que las aguas Océano Atlántico.
Parado en uno de los balcones que se encuentran a cada lado de la cabina de mando, el piloto de la ACP, encargado de las maniobras de cada embarcación que atraviesa el Canal, grita una serie de instrucciones al timonel, el cual incrementa o disminuye la velocidad de acuerdo con las órdenes que recibe. A pesar de que se trata de una embarcación pequeña, es una operación que requiere de gran precisión.
Finalmente, a eso de las 5 p.m., luego de aproximadamente 7 horas y media de travesía, arribamos, junto a la embajadora y el resto de la comitiva, en una lancha al puerto de Cristóbal, en la provincia de Colón. El “Gloria” se mantendrá anclado en las cercanías del puerto hasta las 8 p.m., hora en que iniciará su regreso a casa, específicamente a la ciudad de Cartagena, Colombia.
Poco antes de desembarcar, una colombiana me comenta, impresionada por la travesía a través del Canal: ¨Tu país lo tiene todo para ser una tacita de oro¨. Una vez presenciado el impecable funcionamiento de esta vía acuática, lo menos que puedo es hacer concordar completamente con ella.