Moda, status, seguridad, control, comodidad, descanso, elegancia, aceptación, calidad, poder, manipulación, estilo, deseo de aparentar, complejos...todo ello es apenas parte de lo que está asociado a la compra del calzado por una mujer. Y a esta millonaria industria.
Con tal de tener uno de un gran diseñador las hay que hasta empeñan el alma, para sentirse como caminando sobre nubes cuando se lo calzan.

Están las que los compran con una actitud de desenfado y las que los revisan todos por arriba y por abajo, por dentro y por fuera, el tacón, el alto, el ancho, el material... se prueban tantos como puedan o les alcance el tiempo, colman la paciencia a la vendedora (a la cual miran por encima del hombro) quien tiene que mantenerse sonriente a pesar de todo. Y lo peor es que al final no compran ninguno.
No falta la que sin que le pregunten empieza a dar las razones por las que quiere comprar calzado, sea que lo necesite o nada más por alardear de su poder adquisitivo.

Las compradoras también las hay con ínfulas de diosas, que “bajan” a la altura de las dependientas y parecieran sentir que le hacen la concesión de dirigirles la palabra y permitirles que toquen sus pies y el calzado que vestirán, en “X” o “Y” ocasión y detallan lugares, personajes, vivencias, de otro momento especial, donde el calzado las hizo ser foco de atención. ¿Lo hacen sin darse cuenta o es intencional, como para hacer sentir envidia a la mujer que nunca podrá lucir un calzado así, en un lugar así, junto a gente así?
