En un espacio reducido, de apenas unos metros y unas pocas paredes, el sitio logra trasladar al visitante a aquellos años funestos en los que la sociedad norteamericana se sumió en los más altos índices de consumo y trasiego de drogas de todo tipo. Pero, curiosamente en aquellas paredes saltaban a la vista las operaciones antidrogas en Latinoamérica.
Y es que el museo recrea tres aspectos, que sin duda, no son ajenos a la realidad de los países latinos en cuanto a las drogas y productos ilegales.
"Se trata de revelar las tendencias de consumo en la población norteamericana, las drogas que consumían, cómo ello afectó a las personas a lo largo de los años y por último, la creación de agencias federales antinarcóticos", se nos explicaba durante el recorrido.
Al llegar se observa un mural con las imágenes de una farmacia de inicios de siglo XX, cuando la actividad era considerada como benéfica para la salud. Allí se vendían sustancias que hoy día son consideradas legales.
Para los años "70 la situación no había variado significativamente, según evidencia otra sección del museo. El consumo era aceptado y facilitado en Estados Unidos, al punto que existían tiendas en las que se comercializaban dispositivos especiales para la injerencia de estas sustancias; desde inyecciones hasta inhaladores.
Entre llamativas luces y una decoración singular lograda a través de una equitativa distribución, la exhibición refleja una época en la que los valores morales fueron reemplazados por el uso y abuso de productos ilícitos.
Los datos recabados por el museo y convertidos en imágenes, objetos y detalles, no pasan por alto los procedimientos tras los cuales los facinerosos del narcotráfico mercadeaban las sustancias.
Una puerta de hierro con una mínima ventana corrediza por donde apenas se asomaría la cara, es uno de los puntos más curiosos. Adentro la desgarradora imagen de unos niños en la Phidalephia de fines de los "80, jugando en las calles con frascos que contenían crack, cala en el corazón de quienes la aprecian, dejando al descubierto la tragedia humana que se vivió para entonces en el país norteño.
La estructura permitía el acceso sólo desde adentro por la ubicación de las bisagras, y según se nos explicó durante el recorrido auspiciado por la embajada de Estados Unidos, representantes de todos los estratos de la sociedad de aquel entonces "iban por lo suyo": crack, marihuana y sus similares.
Sin embargo, el hierro con el que se blindó la puerta de madera, tenía un propósito claro; proteger a los vendedores, de compradores que harían cualquier cosa por obtener estos productos y de la Policía cuando se organizaban redadas.
Esta vez el óxido, lejos de restar vistosidad al armazón, le añadía realismo, tal como sucedía con el resto de los instrumentos que se mostraban. Algunos en estanterías de vidrios y otros en madera guindados en la pared.
La exhibición lleva un orden cronológico hasta la actualidad. Precisamente en esa secuencia está enlistada la Guerra del Opio, desarrollada entre 1830 y 1860 y en la que se enfrentaron chinos e ingleses.
El opio es una droga utilizada por el hombre desde tiempos remotos, aproximadamente desde el 2.000 A.C. Tuvo una difusión importante dentro del Imperio Romano, pero poco después, con el cristianismo, se cuestionó su utilización.
Estos y otros detalles rezan en el recuento que se lee al pie de las figuras, que explica que fue el Islam el que toleró plenamente su consumo. Durante los siglos XVI y XVII la sustancia tuvo un gran auge en Asia Occidental.
Viajando a través de aquella historia, los intentos por detener el tráfico y consumo de drogas transcurren hasta 1987.
Para esa fecha Estados Unidos inició la "Operación Snowcap", con miras a reducir en un 50% la producción de cocaína en Colombia, Perú y Bolivia. Varios de los más grandes "capos" de los carteles de droga fueron capturados entonces.
Justo al lado, otra de las paredes del centro es dedicada al diciembre de 1989, cuando es derrocado el General Manuel Antonio Noriega. El militar panameño fue condenado en 1992, a 40 años de cárcel por narcotráfico, pero en 1999 esta sentencia fue reducida en 10 años.
"Bajo una complicada fórmula que incluye el tiempo ganado por buen comportamiento y el cumplido antes de la condena, Noriega podría ser liberado en el 2007. Por ahora, Noriega seguirá preso en Estados Unidos con lo que se desvanece la preocupación suscitada en Panamá ante el eventual regreso al país de quien fue su gobernante de facto entre 1983 a 1989", editorializó el periódico El Mundo de España aquel 22 de marzo de 2000 cuando el gobierno norteamericano negó la libertad condicional al general.
"El depuesto general enfrenta hoy una sentencia de 40 años de prisión por asistir al Cartel de Medellín...", se leía entre líneas en inglés. Más adelante los colombianos Pablo Escobar Gaviria y Gonzalo Rodríguez Gacha ocupan otro sitial.
Atuendos de los agentes de la DEA, equipo militar, armamento, escenas de adictos inyectándose y otra larga lista de las operaciones de la agencia a nivel internacional, lograban impresionar a los visitantes.
Y es que aquel grupo invitado por la embajada de Estados Unidos compuesto por un representante de Perú, Colombia, Brasil, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Panamá encontró en su momento, una parte de su propia historia, de la de su país y la lucha antidroga.
Un museo antidrogas
Desde unas extravagantes plataformas negras de los años "60 hasta la foto del "ex hombre fuerte" de Panamá, Manuel Antonio Noriega con su placa No. 56727 de una cárcel estatal en Miami, Florida, son exhibidas en el museo de la Agencia de Control de Drogas de Estados Unidos (DEA) en Washington.