A David Solís lo he visto ir y venir. A su llegada a su natal Panamá, regularmente hay una llamada para conversar de su nueva novedad pictórica. Ahora tiene la osadía de notificarnos a través de una carta enviada desde Montpellier, Francia de tres exposiciones que coincidentalmente realiza en París, San Salvador y aquí en la capital.
Definitivamente que es un viajero imperecedero, que se nutre de sus raíces en el nuevo mundo y la expande por el viejo; al tiempo que aplica en cada una de sus obras los conocimientos que día a día adquiere en uno de los países del arte por excelencia como lo es Francia, donde radica desde hace más de veinte años.
A pesar de la distancia, jamás ha olvidado a los suyos y precisamente es una realidad que imprime con un estilo muy propio en sus creaciones.
En la exposición que realiza actualmente y hasta mediados de enero próximo en la Galería Berthet Aittouarès en París, no escapa de este concepto. La muestra titulada "Nueva Arcadia" propone eso de que hablamos, de su interrelación entre dos continentes y dos culturas, subrayada entre la amerindia y latina.
Consiste en un conjunto de óleos de trabajo reciente, en donde los paisajes, frutos y figuras conducen al espectador a atmósferas y ambientes particulares, a revisar un mundo pictórico de múltiples referencias.
Esta exhibición individual parisina sucede a la colectiva "El Arte de América Latina y del Caribe del Siglo XXI" que se llevó a cabo en mayo pasado en la sede de la UNESCO en París. Como dijéramos anteriormente participa actualmente también de dos colectivas en América como lo es la "X Muestra de Pintura y Escultura Latinoamericana" en la Galería Espacio en San Salvador, El Salvador; y asimismo en la Galería Habitante en Panamá, que incluye a artistas de Iberoamérica.
El crítico de arte Luna Blas comenta que "David Solís pinta una realidad conocida sólo por él, extraída en parte de sus últimos viajes a América. Lo extraño de una naturaleza exuberante está omnipresente en su obra. Las mascaradas y las ironías saludables del mundo latinoamericano, son sentidas con una agudeza particular, amplificadas por la distancia tomada a cada regreso a Europa. El reconstituye en su taller un mundo, donde ciertas obsesiones regresan, como un leitmotiv. Cargadas de energía anímica y emocional".
"En sus visiones y sus proyecciones, lo fantástico se codea con el recogimiento, con la misma intensidad. Los bodegones, los paisajes y las figuras, se inscriben en una red de imágenes entremezcladas. Los planos y las perspectivas están sugeridas y constituyen frágiles equilibrios visuales. Las líneas de horizontes insinúan en muchos cuadros un juego de escala, el bodegón comparte el paisaje, y las atmósferas íntimas, grandes escapadas visuales", sostiene este conocedor.
Blas señala que Solís se dedica a "la pintura sin someterse a la servidumbre de una moda. Sus cuadros pueden ser interpretados y descifrados a partir de varias referencias estéticas e históricas sin ser, por lo tanto clasificados, ya que su búsqueda es ante todo íntima y forzosamente compleja. El revisita en una interpretación única y sorprendente, los géneros familiares como el paisaje, los bodegones, jugando de su doble pertenencia, al viejo y al nuevo mundo".
En tanto, un artículo de Lise Ott del periódico Midi Libre en Francia manifiesta muy acertadamente que "cuando el pintor dibuja, el construye; cuando pinta, desbarata el orden de las cosas, hace vibrar la atmósfera. Para decirlo de otra manera él (Solís) habita la construcción".
Indica que la pintura de este panameño "se libera poco a poco de reminiscencias, hasta establecer un juego con ellas: ondulante, regocijante, esa es la llave". Lo cierto de todo es que David Solís tiene atrapado y viene cautivando a cada vez más amantes de la plástica, con sus sorprendentes cuadros que transportan al deleite y a la fascinación, a través de un profesional manejo del pincel y de un elevado concepto del color.