PARA QUIENES entendemos el teatro como algo más allá del texto (libreto) y de la escenificación misma, y buscamos en este arte las múltiples facetas que desde la antigüedad griega viene ofreciendo, a saber el entretenimiento, la reflexión sobre temas profundos y trascendentales del quehacer humano, la tragedia del hombre, la puesta en evidencia de situaciones o personajes polémicos, la visión del mundo desde otra perspectiva, la risa burlesca, la carcajada que mueve al llanto, a la lástima, al miedo de ser "yo" ese que está allá y muchas otras cosas más, la puesta en escena de La muerte y la doncella, del escritor chileno argentino Ariel Dorfman, por parte de la productora Martes14 Producciones, viene a ser un rescate, necesario y oportuno, de un teatro que se convierte en auscultador de la sociedad y en punto de encuentro para que ella genere, conserve o acreciente esa capacidad de análisis sobre las circunstancias y vicisitudes que en suerte (o en desgracia) le ha tocado vivir.
Con una actuación realmente de altura por parte del elenco compuesto por Cloty Luna, Francis Icaza y Marko, en cuanto a la encarnación de los personajes Paulina Escobar, Roberto Miranda y Gerardo Escobar, respectivamente, la trama de la obra, de un interés siempre vigente, sirve no sólo para mantener despierta la memoria histórica, sino también para mirar al futuro de todos los pueblos latinoamericanos en especial, y de los del resto del orbe en general, donde los regímenes dictatoriales y totalitarios han sido una constante no solo del siglo XX (tan convulsivo como retrógrado para la humanidad), sino de la historia misma.
En especial, la extraordinaria participación de Cloty Luna, con la fuerza dramática de su arte y la tragedia de su personaje (una mujer violada y torturada durante un régimen dictatorial cualquiera), viene a ser la expresión más elevada de la catarsis griega (liberación de las tensiones y pasiones). Allí sentados, los que en este mundo impasible podemos decir que aún tenemos sensibilidad frente al dolor ajeno, experimentamos esos dos elementos que Aristóteles atribuía a la catarsis dentro del teatro: la piedad y el horror.
Pero además, el personaje de Paulina, más allá de la conmiseración y del miedo por el destino del "otro", que podría ser el mío, nos llama la atención sobre el valor de la justicia y la necesidad de que se conozcan y los hechos como realmente fueron. Esa historia de la sociedad que muchas veces se conoce a medias.
Su voz de lamento, su frustración de mujer violada, su impotencia y su amargo y tortuoso recuerdo durante quince años de matrimonio, hacen de ella no solo una víctima sino una heroína frente a una sociedad que, so pretexto de la reconciliación, purga por el olvido.
No hizo falta - ni lo hará si los actores resultan siempre tan excelentes como en esta ocasión- que el escenario abunde en actores que muchas veces vienen a ser una especie de relleno inútil y distractivo.
Paulina Escobar no es solo ella (nunca un personaje es solamente él). Esta mujer representa, además, a todas las mujeres y a todos los hombres que han sufrido el espanto, el pánico y el trauma sicológico que una violación carnal supone, en las circunstancias, aún más especiales que se dan en la atmósfera de inseguridad, terror, persecución e impunidad que caracteriza a las dictaduras.
Por eso, esta mujer que pide justicia a gritos representa también la voz de esos que, pasadas las tormentas (en plural), tienen o tuvieron la dicha de conservar la vida y reconocen, como ella lo hizo con el Dr. Miranda, a sus torturadores, insertados como ciudadanos "normales" en la nueva sociedad, que ya ha olvidado.
El valioso recurso de la voz, el olor característico de una persona, las expresiones propias, y la música (La muerte y la doncella, cuarteto de Schubert) que se empleaba en las sesiones de tortura y violación, serán elementos indispensables para que Paulina reconozca al Dr. Miranda, antiguo servidor de la dictadura, su torturador, que esta vez ha llegado por casualidad a casa del matrimonio Escobar, porque ha ayudado a Gerardo, el esposo de la protagonista, con un pinchazo de neumático en la calle.
Francis Icaza, cuya proyección de la voz escénica impacta por su bien cultivada vocalización, y cuyo personaje vive también con vehemencia, será el antihéroe de la obra, ese ser siniestro, servidor y servilista de los que detentaron el poder y el poderío.
Al final confesará, casi forzado por el miedo a perder la vida, que él nunca respetó en su dignidad, pero siempre tendrá una coartada para finalmente no arrepentirse de lo actuado.
Marko, por su parte, representa el difícil papel del esposo de una mujer que es víctima de una dictadura, a la que él, como miembro de una Comisión de la Verdad tendrá que investigar. Por ello será algo así como juez y parte, al tiempo que representa al hombre equilibrado y analítico.
El éxito de la obra ha derivado no solo de la calidad de sus actores -vital en todo caso-, sino, y además, por el esfuerzo sensorialmente bien compensado, de la escenografía, el sonido, el vestuario, la utilería, el maquillaje y las luces, que en su conjunto contribuyen al beneplácito con que el público ha recibido la representación.
Como en todo buen texto, que se precie de pintar la realidad y de no disfrazarla, el lenguaje juega un papel de primer orden para poder transmitir esa sensación y para poder evidenciar los estados de ánimo de los personajes, sumidos en su dolor, su tristeza, su alegría, sus frustraciones, sus miedos, su pusilanimidad, su picardía o su astucia.
Aquí, el lenguaje, incluyendo las palabras malsonantes que de cuando en cuando se escuchan y las verdades bien dichas sin recurrir a eufemismos inútiles, cumple la función para la que ha sido creado.