Todo comenzó como una entrevista. Después de once años, Sheila Lichacz, una reconocida pintora panameña estaría exponiendo sus obras en la Universidad Santa María la Antigua, el próximo 8 de agosto y había concertado una cita para que me informara más de este evento. No la conocía personalmente, sin embargo los escritos sobre ella la describían como una persona muy especial.
Sonó el teléfono, pasadas las cuatro de la tarde del día de la entrevista. En medio de un típico viernes, cuando tienes que pensar en las ediciones del fin de semana, olvidé la cita. Sin embargo, me dirigí a la recepción en donde me esperaba una elegante señora, cuya delgada figura estaba envuelta en un fino vestido morado, atuendo que combinaba a la perfección con un sombrero de ala ancha en el que se enmarcaba un rostro delgado, cuyos ojos se fijaron en mí, de una forma tan dulce como la sonrisa que me obsequió.
Junto a ella, como un fiel compañero, estaba un hombre de unos 60 años, que luego se presentó como John. El típico acento extranjero y su caballerosidad eran claramente perceptible. Después comprendería por qué Sheila catalogaba a su esposo como un "ángel" que la ha tomado de la mano desde que era sólo una joven de 22 años, y quien le ha demostrado un profundo amor, aún en los tiempos difíciles.
Contrario a lo que imaginé, Sheila Lichacz transmite vitalidad y energía, a pesar de haber estado marcada por una vida de angustias, sinsabores y llena de diagnósticos médicos negativos. Desde joven debió enfrentarse a una realidad que aún la persigue. A los 21 años cuando todavía era estudiante en San Antonio, Texas, se le detectó el primer tumor en el cerebro, que a pesar de ser benigno, era la señal de lo que sería su futuro. Transcurrieron siete años, ya casada con John, oficial de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y siendo madre de una niña, los problemas regresan.
El tumor había crecido, pero los médicos no recomendaban una operación, los riesgos eran múltiples. Sin escuchar aquellas opiniones, en 1971, Sheila Lichacz decide ingresar al quirófano, en el que se le extrae el tumor de 7 pulgadas por 5 pulgadas, que ya ocupaba la parte superior del cráneo. Los problemas no terminaron allí, ya que de esa primera operación han continuado otras once, que han acabado con más de 23 tumores.
Esa fuerza que la impulsa a seguir adelante tiene un nombre: Dios. "Yo soy un milagro y he recibido un don (pintar) para que sea ejemplo de fe y esperanza", asegura. En su apariencia no hay muestras de dolor y mucho menos preocupación. En su voz, firme y clara, no hay vestigios de reproches, ni mucho menos de pesimismo. Es segura, transparente y con un optimismo que te cala profundamente.
Su enfermedad la impulsó a expresar sobre lienzos y óleos su fuerza interior, a desear dejar un precioso legado a la humanidad. Y así de la nada comienza a pintar, en su mayoría tinajas de colores vivos, imágenes con movimiento, fuerza, destacando en cada una de ellas pasajes de la Biblia. Pero sobre todo, ese potencial de artista lo destaca en sus esculturas, realizadas con pedazos de tiestos precolombinos, que recolectó de niña cuando jugueteaba en el río Santa María.
El nombre de esta panameña, nacida en Monagrillo, provincia de Herrera, ha cruzado nuestras fronteras, pero ella considera que también es profeta en su tierra, ya que algunos de sus trabajos han sido obsequiados a importantes personalidades del mundo, entre ellos a su santidad, Juan Pablo II, cuando estuvo de visita en Panamá, en 1983. Además, mantiene el título de Embajadora Extraordinaria y Plenipotenciaria de Panamá.
Más que un nombre propio, Sheila Lichacz, ha querido que el nombre de nuestro país se mantenga en alto a nivel mundial y su esfuerzo ha dado los frutos deseados. Los asistentes a la Cumbre de Las Américas en 1994 pudieron deleitarse con su arte, al ser elegida como la pintora de este encuentro internacional, que reunió a los mandatarios y jefes del continente. Pero, esto es sólo uno de los grandes logros; también guarda en su interior la agradable satisfacción de que su pintura "Caná es para siempre", repose en la iglesia de Caná en Galilea, una petición personal que le hizo un padre franciscano justo en Tierra Santa. Y siendo Jerusalén un lugar importante en su vida, pintó y bautizó una de sus obras como "Homenaje a Jerusalén. 3,000 años".
Hoy, se encuentra en Panamá, para exponer sus trabajos y donar 15 cuadros a la Universidad Santa María La Antigua, uno de ellos, que bajo el título "Sí Tinajas, siempre tinajas", representa el inicio de su carrera artística y el que remarcó el comienzo de la escuela de pintura de tinajas en Panamá. El valor de despojarse de esta pieza tan querida es en memoria de Monseñor Tomás Clavel, a quien conoció por dos años y medio, pero de quien guarda recuerdos muy profundos en su corazón.
Es y seguirá siendo una mujer exitosa, que ha aparecido en las portadas de revista como "Virtue". Una artista que logra transmitir tal grado de sensibilidad a través de sus obras que la han llamado "El pincel de Dios". Una pintora cuyos trabajos sólo pueden ser admirados en universidades y museos. Pero más que todo, es un ser humano creyente, con mucha fe, tocado por Dios y amada por John, de quien sólo nacen palabras de halago y admiración para ella.
Lo que se inició como una entrevista terminó siendo una lección de vida, de una mujer que de manera sencilla y honesta, transmite una innumerable gama de sentimientos como el valor, la fuerza y la esperanza, tanto en su pintura como en su vida personal.