Tuve, hace algunos años, la oportunidad de vivir y trabajar en la industria hotelera en Qatar (Oriente Medio). Una de las primeras cosas que descubrí estando ahí fue que el 80% de la población consistía de expatriados de todas partes del mundo. Al salir en las noches era fácil sentirse parte de una convención de las naciones unidas, ya que bajo un mismo techo podías encontrar gente de todos los continentes y escuchar en un mismo recinto 4 o 5 idiomas hablados al mismo tiempo. A mí esto me fascinaba y es que el conocer personas de otros países y culturas y socializar con grupos diferentes siempre ha sido parte de mi naturaleza (qué les puedo decir, yo amo la diversidad). Esta convergencia de culturas en un solo país no era extraña para mí y es que las otras dos ciudades en las que viví anteriormente (Vancouver y Miami) también eran bastante multiculturales, sin embargo en Panamá, antes de irme, esto era más la excepción que la norma.
¡Cuál fue mi sorpresa al regresar de Qatar y ver cómo en un año esto había cambiado completamente!
Una noche en la que decidí salir al Casco Antiguo, dentro del bar de un hotel, experimenté esa situación que vivía en Qatar cada vez que salía, algo así como un deja vú. Era impresionante ver la cantidad de expatriados y turistas de diferentes lugares reunidos en un lugar, la mayoría personas que no estaban de paso, sino establecidas en Panamá.
Esa gran ola de nuevos inmigrantes y grupos de expatriados de todos lados del mundo ha cambiado por completo la escena culinaria en nuestro país, estas personas llegan con expectativas, antojos y deseos de disfrutar de las comidas, platillos y restaurantes de sus países de origen y muchos con almas emprendedoras deciden abrir sus locales.
Este es el caso de un lugar que visité hace algunas semanas invitada por un amigo, el Atelier Madrigal, cuyo dueño es el famoso Chef Andrés Madrigal, quien también es propietario de un restaurante en el Casco Antiguo, él es español y está radicado desde hace unos años en Panamá, su cocina innovadora está ganando adeptos y fanáticos entre los foodies panameños.
La invitación fue para asistir a un curso de cocina con varios amigos. Yo decidí participar porque aunque conozco bien el arte de la cocina, me pareció una bonita manera de compartir con mis amigos no tan experimentados y sin tener luego que recoger, limpiar u ordenar (mejor se dañaba la verdad).
Ponernos de acuerdo con el menú fue algo complicado, al final terminamos haciendo algunos platos mediterráneos y otros tailandeses para complacer a todo el grupo.
Vanessa e Ismael los instructores también expatriados fueron encantadores y muy pacientes y nos hicieron pasar una velada maravillosa al ritmo de música, vino y el calor del fogón.
Este concepto de escuela de cocina para aficionados es bastante nuevo en Panamá, tuve la oportunidad de impartir cursos de este tipo mientras vivía en Canadá y era de mis cosas favoritas para hacer, especialmente por la interacción tan directa que se tiene con los participantes. Me encanta y alegra mucho ver cómo todas estas influencias y actividades comunes en otras ciudades están tomando auge en Panamá.