Más que una simple noche de ballet, la presentación del primer bailarín argentino Iñaki Urlezaga en Panamá fue un despliegue de actuación, danza, sensualidad y erotismo, entremezclados con finas ejecuciones clásicas.
En esta primera visita a la capital panameña, el también primer bailarín del Royal Ballet de Londres, como había anunciado, vino acompañado por sus 12 bailarines (damas y caballeros), con quienes presentó un espectáculo en dos partes.
La primera parte fue el clásico Don Quijote, desarrollado en el patio de una ciudad renacentista, donde encarnó al personaje de Basilio, entre mujeres de la calle, toreros y campesinas.
Para cerrar, el elenco sorprendió al público, en su mayoría bailarines y bailarinas de ballet, con estilizados y también arriesgadas vueltas, saltos y elevaciones.
La precisión y fuerza en las ejecuciones clásicas, que en salidas alternadas individuales y en pareja que daban paso a solos de Urlezaga, fueron aprobadas y admiradas con ovaciones de aplausos.
En esta parte del espectáculo el elenco se lució a la par de Urlezaga, quien en palabras simples y sencillas voló sobre el escenario del Teatro Anayansi, en el Centro de Convenciones ATLAPA.
Pasada un poco más de una hora y con unos minutos de receso, los llamativos “tutus” (falda de bailarinas) desplegadas alrededor de las caderas de las chicas y el vestuario campirano y taurino fueron dejados a un lado para una segunda parte dramática, emotiva y llena de tango.
Todo inició en los callejones de una noche fría, con el encuentro de amigos y conocidos luciendo oscuros y largos abrigos, quienes con sincronizadas coreografías en pareja y en grupo, fueron antesala para la farsa, la sensualidad y el erotismo.
Cabe destacar que en esta parte era esperada con ansias por la mayoría de la audiencia, por su combinación de lo clásico y lo contemporáneo.
En pareja, presentaron estilizadas coreografía a paso de tango y ballet; pero más rápido que el fino ballet y más lento que el puro tango.
El erotismo lo puso una pareja ataviada para una fastuosa noche, que rodó por el piso y con sus cuerpos entremezclados hizo gala de estiramientos y sincronización.
Mientras, Iñaki y una de sus bailarinas llenaron el escenario de sensualidad e ira, en una disputa canalizada en suaves y grotescos movimientos.
Cabe resaltar que esta segunda parte tuvo de complemento un cambiante vestuario acorde con las milongas y piezas de clásicos boleros, que pasó de lo más conservador al brillo propio de una de diversión pagana, cautivando al público que, aunque no llenó el teatro, apreció cada detalle y se enriqueció con la propuesta.