Variedades

Una sopa marinera


Todos quienes hayan leído las aventuras de Mafalda, el popularísmo personaje creado por el argentino Quino, recordarán que el principal motivo de fricción entre la filosófica protagonista y su hermano menor, Guille, era... la sopa, odiada por la primera y amadísima por el pequeño.
En el mundo hay muchos "Guilles", muchísimas personas que no conciben una comida si no la inaugura una buena sopa. No en balde la cuchara fue el primer cubierto fabricado por el hombre, que se servía de cualquier cosa cóncava para sorber esos primitivos caldos; algo -lo de sorber- que no les recomendamos hacer a ustedes.
El escritor y humorista español Julio Camba mencionaba que en una ocasión sopera su vecino de mesa sorbía la sopa ruidosamente, lo que hizo exclamar a Camba: "qué sopa tan rica. Es la mejor sopa que he oído en mi vida". No: la sopa no ha de tener música.
Sopas, lo que se dice sopas, hay muchísimas. Buenas sopas, menos. Por supuesto, nosotros les recomendaremos siempre que las hagan ustedes mismos: no tenemos nada, de verdad, contra la industria alimentaria ni conservera, pero ni las sopas "de sobre" ni las de lata tienen nada que ver con una buena sopa preparada en casa. Son, eso sí, más rápidas; pero todo lo bueno requiere su tiempo.
Simplificando las cosas, podríamos decir que hay tres grupos de sopas: las de carne, con la magnífica base del caldo del puchero o el cocido a la cabeza de todas; las de verduras, cuyo máximo ejemplo puede ser la "minestrone", y las de pescado o marisco, bien representadas por la "bullabesa".
Nosotros prepararemos hoy una sopa marinera menos complicada, en la que vamos a usar como materia prima principal un molusco muy rico, el mejillón, que además es bastante barato, tal vez la mejor relación calidad-precio de las cosas marisqueras.
Puestos en posesión de un kilo de mejillones, lávenlos y quítenles las barbas exteriores. Tiren al cubo de la basura los que estén abiertos, y pongan los demás en una cacerola con una copita de vino blanco joven y seco. En cuanto se abran los moluscos, retírenlos -los que no se hayan abierto a tiempo irán a hacer compañía en el cubo de la basura a los que lo hicieron prematuramente- y cuelen el caldo que habrá quedado en la cacerola.
Así las cosas, pongan en una olla tres cucharadas de aceite de oliva y sofrían en él una cebolla, un puerro, una zanahoria y un tallo de apio, todo cortado en pequeños cuadraditos. Al cuarto de hora -a fuego suave- añadan unas hebras de azafrán, machacadas en el mortero; con ellas, el caldo colado de los mejillones y un litro de agua; obviamente, si "por casualidad" tuvieran ese litro de caldo de pescado, miel sobre hojuelas.
Si no fuera así, añadan la sal necesaria, amén de un poquito de pimienta blanca molida. Dejen cocer todo otro cuartito de hora, antes de incorporar a la olla los mejillones, ya desprovistos de sus valvas. Calienten todo un poco... y sirvan la sopa, cuidando de distribuir los mejillones lo más equitativamente posible entre los comensales. Esta sopa pide un vino blanco joven, juguetón, marinero.
Probablemente ni así consigamos que Mafalda abdique de sus convicciones antisoperas; pero el intento, estén seguros, vale la pena. Y al Guille le gustaría mucho.


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72920
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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