Miles de peregrinos llegan a sus escalinatas en busca de "liberación espiritual" y cientos de occidentales recorren sus centros de
meditación en busca de "liberación material": es Varanasi, la ciudad más sagrada para los hindúes, la misma que alimenta tantas fantasías del otro lado del globo.
Empieza a caer el sol, las campanas y los cantos inundan la ciudad y la multitud empieza a congregarse frente a la principal puerta de acceso al río Ganges para asistir a la diaria ceremonia en honor al dios Shiva, el encargado de destruir para que sobre lo destruido pueda nacer lo creado.
Las cabezas se inclinan respetuosas ante el río sagrado, mientras largas hileras de velas flotan sobre sus aguas. En una plataforma de madera, dos devotos presiden la ceremonia trazan en el aire interminables círculos de fuego.
Entre los espectadores hay varios occidentales, vestidos con túnicas blancas y una marca de color sobre su frente que delata la supuesta renuncia al mundo del que provienen, para dedicar su vida a la devoción.
Durante los últimos años y con el surgimiento de numerosos grupos "new age" en Occidente, esta ciudad, que alberga a 1,2 millones de personas, recobró la fama como destino de "turismo espiritual" que había ganado en los "70.
Sus escuelas filosóficas vuelven a contar hoy entre sus filas a occidentales ansiosos de absorver la "espiritualidad" oriental. Algunos llegan con la intención de no regresar más y otros limitan su estadía a un curso de varios meses, donde aprenden mayoritariamente técnicas de yoga y meditación.
Las ofertas de enseñanza se exhiben en las calles de Varanasi - también conocida como Benares o Banaras- y a lo largo de las escalinatas que enmarcan una de las márgenes del Ganges.
Este río, que para los escépticos registra uno de los niveles más altos de polución, aporta a los creyentes la posibilidad de liberarse del ciclo de muertes y renacimientos, garantizando la moksha, la liberación.
Por este motivo, los hindúes consideran conveniente morir ante sus aguas, y para ello los más ancianos, que lograron desplazarse hasta la ciudad, esperan en un edificio en ruinas que les llegue el momento final.
Los más adinerados levantan allí una precaria estructura y esperan el turno del crematorio central, donde los cadáveres llegan envueltos en telas de colores que revelan el sexo y la casta a la que pertenece el difunto. Las mujeres no se acercana la hoguera durante la cremación, al aire libre, que termina con el acto de arrojar las cenizas al río.
Ese mismo río es el que por las mañanas sirve para los baños colectivos, para la limpieza de los tambos, para el reposo de las vacas o para los juegos de los niños.
El Ganges es el corazón de la ciudad y tras él se delinea un laberinto de pequeñas calles, donde los occidentales que se cansan del rezo y los cantos se permiten recorrer los comercios de venta de la también famosa ropa hindú.