Nadie diría, observándola caminar lentamente, vestida de negro (siempre), diminuta, con un maravilloso sombrero de cachemir (siempre), gafas oscuras y abrigo, que esa ancianita amable y sonriente acercándose a su escondrijo de Broome Street —en el Soho neoyorquino— es la famosa Yoko Ono. Pero sí, podríamos hacernos una idea de que se encuentra serena y en paz, después de haber hecho de todo. Desde artista en lucha, adolescente con tendencias suicidas, culpable de cientos de miles de los males, dragon lady, dice ella, o “la bruja”, como se reivindicó a sí misma en una canción: “Yes, I’m a witch”. Todo eso y más asume, aunque no esté de acuerdo: “Soy pacífica y pragmática”, confesó antes de viajar a España, donde el pasado 14 inauguró una retrospectiva suya en el Guggenheim de Bilbao.
Hacia la ciudad vasca se dirige, muy optimista y en pleno disfrute de lo que, admite, “es mi segunda vida”. Un periodo que ha comenzado después de cumplir los 80 años. Yoko resulta de cerca una mujer amable pero juguetona, dicharachera para ciertos temas, pero sutilmente evasiva para otros tantos, paciente pero determinante, irónica sobre sí misma, sabia, en suma.