Para esta versión 2004, en esta ocasión las salas del MAC serán dedicadas hasta el próximo 24 de octubre a ingeniosos artistas de la fotografía, destacándose la figura de Carlos Endara, primer gran fotógrafo panameño, con una selección de obras originales que datan de principios del siglo XX, las cuales forman parte de la Colección Lewis.
En este mismo sentido, haciendo eco del Panamá de ayer, se ha incluido también la interesante exhibición "Postal de época", con más de un centenar de imágenes previas a la independencia, al igual que de inicios de nuestra República, las cuales van desde 1890 hasta 1930.
Cabe destacar que con estas dos exhibiciones culmina la secuencia de muestras realizadas en torno a la conmemoración del centenario de la República, expuestas a través de este arte.
No obstante, se incorporan además en "Fotoseptiembre 2004" las series "Luz y forma" del artista panameño Carlos Montufar, y "Mecánica popular" de la española Ana de Vicente.
Mientras esta obra de Montufar elogia a la fotografía académica con una serie de imágenes cotidianas y de desnudos tomadas con cuidadosa técnica y ojo entrenado; Vicente, quien reside en Costa Rica, utiliza la cámara para transformar objetos cotidianos, como buses de transporte público, en obras abstractas.
Es válido mencionar que como medio para destacar los nuevos talentos de la región, también se expondrán en "Fotoseptiembre" las imágenes ganadoras del Concurso SONY de Fotografía Digital del 2003 hasta el próximo 16 de octubre, pero luego de esa fecha y hasta el final de la muestra, es decir hasta el 24 de octubre, serán exhibidas las fotos premiadas para el año 2004. Tu espalda encorvaría
con la joroba de la melancolía. El retrato terminado,
en la pared te clavara
como a un crucificado.
tu boca gruesa
y tu beso amargo,soñaría. Rubia Magdalena
que se muere
de melancolía. En esta casa a veces encantada
transcurrieron veinte años como un día
y los hijos crecieron
a traición por las noches.
La abeja con sus mieles transparentes
envenenó al anciano sicomoro,
los perros del color de las arenas
grandes como leones van y vienen;
uno persigue loco por el suelo
con la sombra de la hoja desprendida
las de las mariposas desveladas,
el otro caza al vuelo las abejas
y ataca algún galán desorientado
invulnerable por sus cuatro llantas
mientras los surtidores
giran, giran y giran
deshijando los cálices del agua
tu ofreciendo en sus cúpulas de niebla
el arco iris de los colibríes.
Y entonces, por la tarde
una alegría aún incomprensible
viene a llorar al quicio de mi puerta.
Nadie, ni tú, ni él
comprenden la tristeza
del cascabel.
campana mi corazón;
cascabel y campana
eso soy yo.
El cascabel de cobre
habla de amor,
la campana de bronce
habla de Dios. Este dolor redondo
del cascabel
que ríe y tiembla y vibra
es de mujer. Espuma, sombra, canto
giran en él,
lo atraviesa la pena
con su alfiler.
de la campana,
lloro yo cada día
dentro del alma. Agonía en los ojos,
baile en los pies;
si mejor te parece
dilo al revés. El sabor más amargo
está en la miel
y en cascabel de nupcias
luna de hiel.
en la campana
y un gozo en el reverso
de la manzana. Bronce y cascabel vivo
en la alegría
y en mis penas un goce
de muerte viva. Vienes fuera de tu cuerpo
andando sobre las ascuas,
quien te ve no te conoce
por más que no lleves máscara
y nunca sabrán si fuiste
hembra turbia o mujer clara
aunque San Gabriel envidie
la candidez te tus alas.
Sentada sobre los siglos,
sobre ti misma
sentada,
eres germen de tormentas
que el amor divino amaina.
Tan llena andes de tu Dios
que besas su imagen
santa en rostro de pecadores
con inocencias de gata.
Voluptuosidades de ángel
emanan de tu substancia.
¡Oh, Isabel, santa de Hungría,
la ingenuidad de tu alma
sublimizaba tu cuerpo
dadivoso y con la palma
de la noche de los sordos
-la noche de las dos albas-
ibas del cielo al infierno
toda hielo y llamarada,
hielo de ser sin confines
y fuego de sa hora santa
en que el amor sobre un orbe
sin fronteras se derrama!
Y tú detrás de mis ojos
por mis dos nombres me llamas
mientras taciturna invades
los desvanes de mi alma. Qué florecer de sol, de luz y brisa
trae en su cesta verde mi verano…!
Qué fragancia lustral, qué juego vano,
qué repicar del aire tan de prisa…! El limonero en flor y la imprecisa
quebrada azul que corre allá en el llano…
La rosa de oro que soñó el lejano
placer de dar la vida en la sonrisa… Gloria de amanecer, lumbre de cielo,
embriaguez de la acacia que es el vuelo
de una avecilla frágil, libre, pura…! Verano, amor, encanto, dios orfebre:
báñame en tu rocío y en tu fiebre
para gozar de toda tu hermosura…! Por sentirme despierta en la cautiva
morada oscura de tu sangre, llevo
este amargo laurel de gajo nuevo
y esta miel de cilicio rediviva. Y no quiero saberme fugitiva
de la celda de amor en que me muevo:
porque el ángel te encuentre, yo renuevo
mis llamadas de intacta sensitiva. Extenderás tu mano que -impasible
quiere lograr la flor indivisible:
su cauto aroma velará tu frente. Como sierva te huí. Que te encadena
más ese afán de hallarme en la colmena,
carcelera celosa de tu mente!
Alondra muerta, flor de sol y cielo,
te dormiste a mis plantas
como si un viaje de certera flecha atravesara mudo
ésta tu blanca irradiación de nardos.
Tú bordaste el tapiz de la mañana
-mañanita de julia limpia y pura-
con el eco indeciso
de tu vida ya rota.
¡La hoz de plata
rozó aquella campana leve y mágica!
Era tu última queja. ¡Y yo miraba en plena caricia de mi sueño
tu pico negro abierto para el canto
del adiós sin retorno! Tú sabías del trino
y de la miel de la corola virgen:
de los juegos del sol
en la pradera rosa, verde y lila,
Era tu manto de vellón de cielo
y tu frágil cobija fue la noche. ¡Cómo se alborazada tu garganta
-melodía desnuda-
cuando te me ibas recta hacia la cumbre
ignorada del alba! ¡Eras prisma de oro,
reina del aire,
con tus dos alas combas! Ya no palpitará -¡Oh nunca, nunca!-
ese adorado corazón de nardos
que dormía en tu pecho de cristal. El pico, agudo, negro,
¿qué solicita ahora
de la nube de oro? ¡Muerta alondra de luz de mis mañanas,
abre tu pecho herido
y recógeme humilde,
encerrada por siempre en tu añoranza! Otra vez, extranjero, rubio auriga,
los nativos trigales pisoteaba.
Marta Lydia era un íbice, una espiga,
que Chahal, amoroso, custodiaba. Por esa antigua pena que fustiga
la estirpe de Balam, muda y esclava,
no doblegó la ráfaga enemiga
su verde corazón del cielo y lava. Infalible, segura, el pulso fuerte,
una sola consigna de odio y muerte,
ella, tan frágil, ¡ay! tan sensitiva. Ella, la flor, celeste guerrillera,
abatirá, conquistador, certera,
tu sien, la del Tonatihu, rediviva.
Era en ella el amor. La edad del trino.
La clara diosa, Atit, besó su frente.
Ella, vaso sagrado, limpia fuente.
Casa de oro, Gabriela, miel y vino. Pero la noche que Iztayul previno
cayó de pronto a medio sol naciente.
Oscuro pacto de águila y serpiente
vendió la flor, la casa y el camino. ¡Adiós amor, querida primavera!
Atormentado sueño de obsidiana
tiñó de sangre la canción primera. Ella de pie, sonriendo todavía,
del héroe herido silenciosa hermana,
cortando nieblas esperaba el día.