El Arsenal recuperó el liderato que le había birlado el Manchester United una hora antes tras vencer (1-0) al Chelsea en un áspero y vibrante derbi que se decidió a la salida de un saque de esquina botado por Cesc Fábregas y materializado por William Gallas.
Tras casi un mes en el dique seco, Cesc Fábregas reapareció para darle otro aire a su equipo. Cesc, el francés Matthieu Flamini y el bielorruso Alexander Hleb. Quizá un sólo hombre no forja el sentido de un equipo, pero estos tres son, hoy por hoy, la columna vertebral del Arsenal.
Durante la semana, Arsene Wenger se había preguntado cuántos jugadores debía arriesgar para el partido ante el derbi. Y se respondía a sí mismo con una duda casi existencial: no tenía claro si arriesgar a uno o a dos, tres parecía demasiado.
El profesor lanzó un órdago y puso a los tres, claro como tiene, que estos partidos marcan una liga. Tres puntos, sí, como los que perdió ante el Middlesbrough, pero tres puntos que quedan marcados con trazo grueso en la tabla clasificatoria.
Con Cesc, el equipo tiene un segundo más para pensar, lo que le da, por paradójico que parezca, una velocidad más en el momento decisivo.
La primera ocasión clara la protagonizó el Chelsea en su propia portería. Una cesión del brasileño Alex se convirtió por incomunicación con Cech en una vaselina que no entró por poco en la portería del meta checo.
Cesc, que manejaba bien a su escuadra, exhibió un detalle técnico con un regate de tacón que le dejaba vía libre hacia la portería de Cech. Fue parado por Terry con una entrada dura a la que siguió, después del pitido del árbitro, un balonazo en la cara del catalán, esa modalidad de agresión que los árbitros escasamente sancionan.
Con el partido caliente, llegó el minuto de Shevchenko, que armó su pierna con rapidez -recordando en ese preciso momento al delantero que fue un día en el Milán- para sacarse un disparo violento despejado por Almunia con los puños.
Fue un choque duro, con una escalada de agresividad y fuerza.