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Asesinos seriales, las bestias modernas

El escritor estadounidense andaba con algunos problemas económicos allá por 1986. Un editor le ofreció entonces diez mil dólares, y él accedió a escribir [B]El asesino de la carreter[/B]a, un libro estremecedor que se sumerge en la mente de uno de estos criminales.


En 1975 Michel Foucault dictó en el Collège de France un curso que luego fue publicado en libro bajo el título Los anormales. En una de sus clases el pensador francés deslizó la siguiente sentencia: “Las novelas de terror deben leerse como novelas políticas”. Foucault analizaba entonces el surgimiento de la psiquiatría como práctica forense en el siglo XIX y, a la vez, la configuración —médica, sociológica, criminal— de un grupo de seres que la ciencia ubicaría fuera del conjunto de los individuos normales: monstruos, incorregibles y onanistas. La literatura contemporánea a ese proceso, en particular el género gótico, se alimentaría de ellos y los transformaría en personajes de culto, entre otros Bram Stoker y su Drácula, Mary Shelley y su Frankenstein, Sheridan Le Fanu y sus siniestras criaturas.

Pero la psiquiatría no solo se ocuparía de dibujar a esos fenómenos en los novedosos paisajes urbanos, sino que les otorgaría una genealogía exclusiva y excluyente, ubicando en el pasado del sujeto —en su historia familiar, en la evolución de su propia psique— el origen y la explicación de su anormalidad. Era la manera más barata de deslindar las responsabilidades del sistema económico, social y cultural, un mecanismo que décadas después repetiría Sigmund Freud a la hora de desarrollar su segunda tópica.

Tras los horrores de la Primera Guerra Mundial, el fundador del psicoanálisis no lograría atribuir el descontrolado estallido del mal a fallas de un modelo histórico, sino que internaría esas razones en lo profundo de la psicología humana, dando forma a su famosa tríada: yo, ello y súper yo.

 

Pero aunque podría considerarse a Jack el Destripadorcomo el verdadero fundador del género, es desde hace cuarenta años que la criminalística, la narrativa y el cine han descubierto una nueva figura que parece venir de la mano de los formidables adelantos de la medicina forense (y de algunos desajustes sociales de singular magnitud): el asesino serial.

También sobre él se han volcado diversas hipótesis que intentan definir su génesis y diseñar una arqueología familiar que explicaría las razones y las formas de su comportamiento.

Se consideran dentro de esta categoría a aquellos individuos que cometen tres o más asesinatos en un período más o menos extenso, con intervalos irregulares entre uno y otro crimen, durante los que vuelven a su vida normal. Se los diferencia así de aquellos asesinos en masa, como los que atacan institutos de enseñanza y generalmente cierran el episodio suicidándose, o de los que han hecho de la muerte un medio de vida, los gángsters, sicarios, mercenarios, matones.

 

El formidable escritor estadounidense James Ellroy, conocido por sus novelas La dalia negra, L.A. Confidential, Mis rincones oscuros, América, Seis de los grandes y otra larga decena de títulos, andaba con algunos problemas económicos allá por 1986. Un editor le ofreció entonces diez mil dólares, y él accedió a escribir El asesino de la carretera, un libro estremecedor que se sumerge en la mente de uno de estos criminales. Por extrañas razones, recién ahora fue traducido al castellano, pero la espera valió la pena.

Máquina defectuosa.El 13 de setiembre de 1983, a los 35 años de edad, Martin Michael Plunkett fue detenido en la pequeña localidad de New Rochelle por una unidad del Grupo Especial contra Asesinos en Serie del FBI, al mando del agente Thomas Dusenberry. Tiempo después fue condenado, en el condado de Westchester, Estado de Nueva York, a cuatro cadenas perpetuas consecutivas por el asesinato de dos parejas de jóvenes novios, cargos de los que se declaró culpable. En su lacónica confesión dio detalles acerca de los lugares donde había enterrado las armas utilizadas —una navaja y una sierra— y se llamó a silencio. Meses más tarde, y una vez recluido en la cárcel de Sing Sing, estableció contacto con un agente literario, le propuso contar sus memorias y prometió donar las regalías a los familiares de sus cerca de cincuenta víctimas, siempre y cuando tuviera acceso a algunos documentos policiales que le ayudarían a desarrollar su historia. Esa información, recogida en diversos medios de prensa, se despliega en las primeras cinco páginas de la novela. Apenas concluidas, el lector se dará cuenta de que cayó en una de las tantas trampas de Ellroy y de que por nada del mundo podrá abandonar el libro.

El relato de Plunkett comienza en la siguiente página. Primero explica someramente las razones que lo empujan a contar su vida. De inmediato, presenta a sus padres. Y allí se inicia el ejercicio maestro de Ellroy, eludiendo una y otra vez los previsibles tópicos y lugares comunes del género, ya no solo literarios sino también clínicos. Durante la primera infancia, Plunkett vivió en “una miniatura de color salmón de Santa Barbara Mission, dos plantas, una azotea de tela asfáltica y una falsa campana de iglesia”. El padre trabajaba en una empresa aeronáutica y la madre en una compañía de seguros. Y a renglón seguido, nos encontramos con estas confesiones: “Ahora me doy cuenta de que mis padres tenían unas vidas mentales furiosas, y furiosamente separadas. (...) Carecían de la pasión necesaria para maltratarme o para amarme. Hoy sé que me armaron con tanta brutalidad infantil como para abastecer a un ejército”. Breves párrafos más adelante cuenta que, teniendo él siete años, sus padres deciden divorciarse. El relato es escueto y frío; no hay emociones de fondo ni conductas exaltadas. Tras un par de consejos el padre se marcha y nunca más lo vuelve a ver. Poco a poco Plunkett se da cuenta de que es capaz de desarrollar un “dispositivo mental” que le permite ir a donde se le antoje. Eso lo va convirtiendo en un muchacho calificado de introvertido, cuando no de retraído o raro, hasta que un día se descubre como “una máquina defectuosa; como si dentro de mí hubiera una pieza suelta”. Hasta que, ya adolescente y tras un episodio de sorda violencia en el que termina por provocar la muerte de su madre, se da cuenta de que en apenas diez segundos “la mujer que me había dado a luz pasó de nulidad a archienemiga. Fue como llegar al hogar”.

 

La sombra sigilosa.La psicología atribuye diversas causales a la formación de un asesino serial, entre ellas el abuso infantil, problemas genéticos o cerebrales, eventos traumáticos o situaciones de marginación social, pero ninguna de ellas que no haya podido padecer cualquier otro ser humano. En cuanto a la caracterización clínica de estos individuos, la vieja etiología psiquiátrica los ubica dentro de la categoría de los psicópatas o perversos, para quienes el resto de las personas no son otra cosa que meros objetos factibles de ser manipulados, seducidos o explotados. Este cuadro clínico se alimenta de una retrospectiva relación vincular en la que generalmente falta uno de los padres o son educados dentro de determinadas normas disciplinarias, que pueden resultar tanto implacables como prácticamente inoperantes. También la psiquiatría ha descubierto que buena parte de los psicópatas tiene un patrón de ondas cerebrales diferente al del común de los hombres.

La manipulación del otro como objeto los acerca a prácticas sadomasoquistas que, exacerbadas, pueden transformarse en cruentos homicidios en los que cabe una larga lista de horrores, por ejemplo el canibalismo, la necrofilia, los descuartizamientos y distintos rituales de carácter religioso o pagano. Es frecuente que al interior de su conducta, los asesinos seriales sean acompañados por una figura simbólica, una suerte de alter egode carácter autoritario que puede llegar a inducirlos a cometer sus crímenes. Plunkett encuentra su héroe en un personaje salido de un cómic bizarro, conocido como la Sombra Sigilosa, que pronto, admiración y obediencia mediante, se transformará en la voz de su conciencia, en su umbrío consejero, en su dictador sanguinario, al punto que en algunos de sus asesinatos deja grabadas en la piel de sus víctimas las iniciales SS, por lo que la policía cree hallarse frente a un fanático neonazi.

Tras la muerte de su madre, el joven Plunkett, luego de pasar por un hogar para adolescentes, es enviado a vivir con un policía jubilado, el tío Walt, quien le contará infinidad de anécdotas sobre la vida delictiva de Los Ángeles. Conversaciones amenas, caminatas nocturnas, el inicio del reinado de la Sombra Sigilosa, una primera sucesión de robos a casas vacías, el tráfico de lo hurtado —básicamente tarjetas de crédito— con algunos personajes del bajo fondo, se harán parte de la cotidianidad de nuestro narrador.

 

Está terminando la década del 60: Robert Kennedy agoniza en un hospital, en las radios se escucha permanentemente a Los Beatles interpretando “Revolution” y “Helter Skelter”, Charles Manson se apronta para atacar y acabar con la vida de Sharon Tate y de otras cuatro personas en una casa de Benedict Canyon, y la policía de San Francisco continúa buscando infructuosamente al asesino del Zodíaco. Una noche Plunkett ingresa al quinto piso de un edificio y encuentra a una pareja haciendo el amor. En la oscuridad, en el mayor silencio, observa fascinado la escena. Tiene una erección, un orgasmo casi simultáneo al de los amantes. Ellos descansan entonces, siempre sin percatarse de que están siendo observados a pocos metros de la cama. “Supe que tendría que hacer aquello una y otra vez”, confiesa el intruso, ya de regreso a su casa. Supo, también y a su manera, que había “conquistado el sexo y había conseguido la invisibilidad psíquica en un mismo día. Era inexpugnable; era de oro”.

Lágrimas de alegría.“Para que una conducta sea de la competencia de la psiquiatría, para que sea psiquiatrizable, bastará que sea portadora de una huella cualquiera de infantilismo”, había dicho Foucault en la quinta clase del curso citado.

La autoproclamación de voyeur que realiza Plunkett bastaría como para abrir un juicio médico que explicara su posterior conducta, pero también de ello escapa, al menos de manera manifiesta, el maestro Ellroy.

Plunkett es descubierto y atacado por uno de los integrantes de la banda Manson cuando pretendía observar a unas muchachas también pertenecientes al clan, e irá a prisión condenado por robo, zafando apenas de la acusación de voyeurismo. Una vez en libertad, y desde la certeza de haberse transformado en un ser invencible y todopoderoso, el aún inocuo narrador compra un automóvil de segunda mano, comienza a viajar por California, consigue trabajo en uno y otro lado, se establece en habitaciones de motel o apartamentos baratos y deja pasar meses enteros dentro de una aparente buena conducta que lo aleje de cualquier tipo de punición. De pronto recuerda la noche de uno de sus cumpleaños, una ida al cine, un documental llamado Salvemos a las focas, una escena donde unos cazadores apalean a los animales hasta matarlos, “un sonido conmovedor”. Cuando las luces de la sala se encienden, está sollozando ante los demás espectadores. Y comenta para sí: “Nadie se daba cuenta de que el origen de las lágrimas era la alegría”. El asesino estaba por estallar.

Pero si Ellroy hasta el momento se había dedicado a contar desde la cabeza de su personaje la construcción y la incipiente manifestación del monstruo, y si así lo sigue haciendo durante páginas y páginas, promediando la novela dará un feroz golpe a sus lectores con la aparición de un nuevo personaje, Ross Anderson, un sargento de la policía estatal de Wisconsin, y el consiguiente vínculo que se establece entre éste y Plunkett. Durante el transcurso de la novela, Ellroy va anexando artículos periodísticos sobre una cadena de crímenes sin rresolución, que vienen cometiéndose en pequeñas poblaciones y que, la más de las veces, sirven de atajo a la voz de Plunkett en su plan de contar o eludir sus propios crímenes. Al final del libro también aparecen tramos del supuesto diario personal del agente Dusenberry, en los que detalla no solo los pasos tras las huellas de la Sombra Sigilosa —como al fin Plunkett logra que lo bauticen públicamente— sino algunos datos de su vida personal desde que pasó a integrar la división especial del FBI. Todo, como en las anteriores novelas y relatos de Ellroy, se transforma en un ejercicio magnífico del género negro, trascendiéndolo en sus claves y llevando su obra más allá de él, directamente hacia la gran literatura.

El autor de A causa de la noche y Destino: la morgue, ya lo venía haciendo desde sus primeros trabajos, pero en particular, y de un modo exquisitamente formal, en sus títulos más recientes, dispuesto a jugar con el idioma, con aliteraciones exactas a la hora de reforzar un estado de cosas, las claves de determinada acción o el pensamiento a veces salvaje, a veces corrupto, casi siempre violento, de sus propios personajes.

Ellroy había investigado a fondo algunos crímenes sin resolver en ese enorme y desordenado mundo que es la ciudad de Los Angeles, había ideado algunos investigadores policiales casi siempre al borde de la furia, e incluso se había atrevido con el mundo de la política en tiempos de John Kennedy, la Revolución Cubana y las mafias a uno y otro lado del Caribe en la estupenda América. Y a pesar de que El asesino de la carretera ya tiene más de veinte años, parecería que fuera su último opus, más intenso, más arriesgado, más duro, más brillante.

Cortesía de El País Cultural, Suplemento de ciencias, artes y letras Año XX, No. 1032 Montevideo, Uruguay.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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