El presidente Martín Torrijos llegó un poco tarde, al igual que el embajador de Estados Unidos, William Heaton.
Pedro Miguel González, ahora togado como presidente de la Asamblea Nacional de Disputados, entró por primera vez a la sala de audiencias del Segundo Tribunal de Justicia, en donde hace algunos años fue juzgado como sospechoso por el crimen del soldado estadounidense Zak Hernández.
Todo lo anterior es parte del anecdotario.
Lo trascendental es que el 2 de enero, del recién iniciado año 2008, en la Corte Suprema de Justicia se sintió un ambiente de esperanza y cordialidad, pocas veces percibido en tiempos recientes.
Aproximadamente a las 10:30 de la mañana, unas 150 personas, entre altos dignatarios del gobierno central, ex magistrados y miembros distinguidos del foro nacional, abarrotaron el citado salón del Palacio de Justicia Gil Ponce, para ser testigos de la asunción de Harley Mitchell como presidente de la Corte Suprema, así como de los nuevos magistrados, Oyden Ortega y Jerónimo Mejía.
Torrijos se dirigió a la audiencia por unos 10 minutos; Mitchell necesitó media hora para hacer llegar su mensaje, fundamentalmente crítico a la gestión que lo antecedió, mientras que Graciela Dixon prefirió presentar su "Informe de Gestión" - con el cual se mostró satisfecha- mediante un disco compacto y unas breves palabras de agradecimiento. Pedro Miguel González, estuvo taciturno, nunca habló.
El nuevo presidente de la Corte prometió "afianzar la seguridad jurídica", además de establecer un plan para prevenir, detectar y sancionar la corrupción del Órgano Judicial y aplicar un sistema para mejorar la falta de transparencia.
De concretarse estas iniciativas, seguramente ya no habrá necesidad de pedirle a la ciudadanía que sea más justa con la justicia.