Lector, mi posición preferida. Sentado, leyendo un libro. Un vicio solitario que reconozco, pero tengo más, confieso. Y que he vivido otras vidas, también lo confieso, y que he matado enemigos, que he amado, traicionado y besado a muchas mujeres, que en el colmo de mi desesperación y vicio memoricé libros, que perseguí a un hombre bueno y luego me tiré al Sena, que me transformé en un asqueroso insecto, que cabalgué junto a un tipo flaco que se creía caballero, que estuve en una cárcel en La Zona del Canal solo por ser un negro que amaba a una blanca.
Reconozco que invento mundos, que usurpo el lugar de Dios, que juego a mi antojo con la vida de personajes tan de mentira que son verdad, que soy perseguido por ellos hasta la tinta y la sangre porque no les da la gana de ser quienes digo yo que tienen que ser. Como diría Enrique Vila-Matas, “estoy hecho un libro”.
Pero celebrar el Libro (23 de abril) y a los Escritores (25 de abril), es reivindicar una pasión liberadora que necesitamos prender en la sociedad. Leer y escribir son verbos que en nuestro entorno deben dejar de conjugarse en pretérito para vivirlos en presente y con la vista puesta en el futuro. Las políticas culturales tienen que dar más espacio para que esta celebración no sea nada más que una fecha en el calendario escolar que acalle a los interesados en la literatura. No es dar medallas ni abaratar libros, que también, es difundir la lectura y la escritura como formas de construcción social, como herramientas para una comprensión integral de los demás.
En estos días de celebración, hay que unirse en torno al compromiso de escribir buenas historias, de llevar al desocupado lector por los pliegues del amor o la muerte en cada uno de nuestros trabajos.
A los santos Miguel y Rogelio nos encomendamos para que nos libren de toda autocomplacencia y nos dejen caer en toda tentación literaria posible. Pecar de libro, de obra, es la salvación de cualquier buen escritor. “Ora et labora” decían los viejos monjes. Entonces, todos, manos a las letras.