Pienso que el invierno en París será frío este año, pero a pesar de ello quiero estar allí, para trillar en los pasos de los intelectuales estadounidenses, quienes, a mediados del siglo 19, cruzaron el Atlántico en busca de la cultura y los conocimientos que, por sus pocos siglos de existencia, los Estados Unidos no podía brindar.
Mi llamado a París lo inspira el último libro del escritor David McCullough, autor del Paso entre dos mares, sobre la construcción del Canal de Panamá y la biografía del expresidente estadounidense John Adams, los cuales recomiendo con entusiasmo.
El libro de McCullough es tan claro que me he tomado la libertad de describir algunas de sus secciones y parafrasear otras para abrir el apetito del lector de este libro publicado en inglés a inicio de este año y entusiasmar a los hispano-lectores para cuando salga la traducción al español.
McCullough retrata hechos sobre el París del 19 que lo iluminan y por qué los intelectuales y sedientos del saber viajaban y ansiaban venir aquí.
Los estudiantes de Medicina son un ejemplo.
Cuenta el autor sobre un estudiante que en una carta enviada a casa, narra que desde su ventana veía “llegar y descargar sobre el pavimento más o menos una docena de hombres y mujeres desnudos, como si fueran una hilera de leños” para ser distribuidos entre las diversas salas de disección. En Estados Unidos era difícil conseguir cadáveres. El cadáver de un niño, por ejemplo, costaba ¡dos dólares con cincuenta centavos!
Otro era los artistas.
Los artistas podían erguir sus caballetes en los pasillos del Museo de Louvre y copiar a los grandes maestros del mundo: Rembrandt, los maestros italianos. Esto era una costumbre. En tanto, en los Estados Unidos ni siquiera había una escuela de arte. En un momento dado, en una escuela de arte en París, podía haber hasta 600 alumnos pintando a una misma modelo.
Siendo auténticos, muchos de los estudiosos aceptan que lo que les apasionaba de París era París misma: la belleza de la mujer, la comida, la vida alegre, y la trascendente combinación de la “la luz, el color y la arquitectura”.
Los domingos, miles de parisinos salían a pasearse, bailar en las rotondas de los jardines públicos; las campanas de las iglesias replicaban llamando a los fieles a las diversas misas: era un jolgorio de vida.
Pienso que la siguiente cita que hace McCullough, (reproducida aquí respetando el derecho de autor) resume este modesto artículo: Es un párrafo dicho por un viejo admirador de París a un compatriota estadounidense más joven:
“Vive todo lo que puedas. Es un error no hacerlo. No importa lo que hagas, pero vive. Este lugar me trae de vuelta todo lo acontecido. Ahora me doy cuenta. No lo he hecho, y ahora soy viejo. Es demasiado tarde. El tiempo me ha ganado la batalla. Tú estás a tiempo. Tú eres joven. ¡Vive!”.