Los indígenas tienen el don de la sabiduría y son herederos de profundos conocimientos de los que se ha nutrido la ciencia y la industria farmacéutica.
En los recientes disturbios de Bocas del Toro, no tenían máscaras antigases para soportar las bombas lacrimógenas, pero recurrieron a la madre naturaleza para protegerse. Partían culantro en pedazos y se recubrían las fosas nasales, frotaban las hojas de esta planta y se untaban la esencia alrededor de los ojos.
De esta manera, soportaban los gases irritantes y seguían con su protesta. Esto asombraba a los policías, quienes veían cómo los indígenas tomaban los artefactos que despedían el gas, y se los devolvían.
Pero la astucia y conocimientos herbolarios de los indígenas no los salvaron de los efectos de los perdigones, las bolas de plomo que se incrustaron en sus ojos y cuerpos.
Cuando les caía la lluvia de perdigones, levantaban la vista para ver cómo caían las municiones. Craso error, pues ante esta situación jamás se debe mirar hacia arriba, sino cubrirse la cara, pues se corre el riesgo de que el plomo cause daños irreversibles en los ojos, como lamentablemente les ocurrió a varios indígenas.
No trato de polemizar con nadie de cómo se dispararon, ni a qué distancia ni qué trayectoria siguieron los perdigones.
El asunto es lo nocivo que resultan estos granos de plomo que para muchos son inofensivos y que se utilizan incluso en actividades de tiro al blanco y en la caza deportiva.