No es que sea un optimista empedernido, pero he vivido y visto muchas circunstancias que me permiten comprender y aceptar que, aunque siempre es bueno poner de nuestra parte, existe una fuerza superior que es la que determina todo. Llámenla (o) como quieran.
Confieso que me costó mucho, pero he aprendido a conservar la calma, quizás por instinto de conservación ante la violencia imperante o, sencillamente, porque a pesar de que al igual que muchos tengo la percepción de que la ley no funciona en Panamá, muy íntimamente sigo creyendo aquello de que la justicia tarda, pero llega.
A primeras horas de cada noche, en el camino de vuelta a casa, soy testigo junto a otros panameños, de una serie de acciones temerarias de muchos conductores, tanto de diablos rojos, como de taxis y carros particulares.
Una de estas maniobras casi me pone de vuelta y media a mediados de semana. Me salvé, gracias a aquella fuerza superior a la cual me referí antes, pero su acción no quedó allí, sino que tuve la oportunidad de denunciar y ubicar a ese asesino en potencia y creo que recibió su merecido.
Ahora reflexiono sobre el incidente –cuyos detalles no importan en este momento– y me pregunto cuándo los ciudadanos comprenderemos que nos tenemos que proteger unos a otros, que no podemos reclamar un mejor trato si no nos tratamos bien entre nosotros y que nuestro crecimiento no solo debe ser económico y comercial, sino también cívico y espiritual.