Ha muerto mi padre. Mi único padre. Solo quien haya vivido la pérdida de un progenitor puede entender la profundidad del dolor que se siente y la sensación tan extraña de frío y desprotección.
Mi mamá "la Puchi" (como le decía él), mis hermanas Maricarmen, Maruja y Meli, mis cuñados, mis hijos y sobrinos, al igual que Jaime, mi marido y yo estamos agradecidos y emocionados por la despedida tan conmovedora y hermosa que le ha dado el país -desde el Presidente Torrijos hasta Eberardo, su chofer de muchos años-, a un hombre, que aún sin ser figura pública, fue un patriota como pocos.
Esos años de pelea vertical e inclaudicable contra la dictadura y a favor de la democracia. Era un convencido de que "el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente" y de allí su total convicción de que los sistemas de pesos y contrapesos que impone una democracia son la única manera de regularlo. Y por esa causa luchó hasta el final.
Su sentido del humor único y sus ocurrencias. Me acuerdo como la gente le decía siempre: "Carlos, qué salidas más increíbles tienes", a lo cual el contestaba, "ese es parte de mi problema, muchas salidas y pocas entradas".
Su afán de que nos educáramos bien y su acertada teoría de que en la vida todos tenemos "un nicho". Es decir: hay siempre una profesión o tarea en la que cada cual puede ser, no bueno, sino excelente, y que todos debemos luchar para encontrarla. A nosotros nos inculcó siempre que no importaba lo que fuéramos o hiciéramos: barrenderos, juristas, paleteros, financistas; que el trabajo honrado enorgullece y que lo importante es hacerlo con excelencia y profesionalismo.
Recordaremos su honradez a prueba de todo. Y no solo me refiero a su honradez en el sentido económico, la cual era ampliamente conocida, sino también a la intelectual y a la que aplicaba a sí mismo. Era incapaz de atribuirse una cualidad (y tengo que admitir que ¡a veces también defectos!) o idea que no fuera propia. Así mismo, era incapaz de hacer o decir algo en lo que no creyera, aún a costa de sus intereses propios. Por esto, a veces era un huesito duro de roer, pero exquisito cuando finalmente se lograba saborear.
Su amor por los perros, por su casa y sobretodo por sus fincas. Aprendió de ganadería cuando a principios de la dictadura el Gobierno de turno comenzó a expropiar bloques de tierras baldías y como él no quería perder las suyas decidió trabajarlas. Compró un sinfín de libros sobre vacas y toros y sobre cómo producir la mejor hierba para alimentar a sus animales y se convirtió en un ganadero de primera línea. Lo único que lo podía hacer más feliz que un piropo a sus hijas era un cumplido a sus vacas.
Su impaciencia e intolerancia cuando las cosas no salían justo como las quería, en el momento que las quería, al igual que sus famosas rabias contra la injusticia y la hipocresía. Sin embargo, por suerte también recordaremos, que con los años esas rabias fueron disminuyendo y se volvieron manejables y hasta graciosas.
Recordaremos los años con mi mamá mientras representó a Panamá ante Las Naciones Unidas, los cuales sin duda, fueron sus mejores momentos como pareja. Al respecto, parafraseando al Presidente Kennedy, cuando hablaba de su viaje a París con su esposa Jacqueline, mi papá decía orgulloso y modesto: "fui el hombre que acompañó a la Puchi a Nueva York", haciendo alusión a lo mucho que había logrado mi mamá durante su tiempo allá.
Finalmente, no olvidaremos nunca que cuando le preguntaban sobre nosotras, tenía a bien decir que él no podía haberle pedido más a la vida ya que sus cuatro hijas éramos sus obras maestras.
Hoy ya muerto mi padre, reconozco que en realidad la obra maestra fue él: Brillante, excepcional y original, Carlos Arosemena Arias vivirá en nosotros y nuestros hijos para siempre.
Cada uno de estos personajes vive un conjunto de peripecias determinadas por la situación social que las oprime y condiciona; no hay posibilidades en esta realidad, a menos que uno siga la corriente y navegue -coger el swing y culebrear- en este ambiente proceloso. Las hijas de Amparo confirman estas ideas; cada una de ellas refleja las opciones posibles y ella misma asume su realidad posible en el barrio.
El director Fernández, quien ha llevado a las tablas obras como Stripers, El diablo rojo en apuros, Ladrón que roba ladrón, tiene un centenario de perdón, expone que Coge el swing desarrolla tres décadas de historia panameña bien planteadas con elementos cotidianos, sinsabores, alegría disfrazada de un drama en la clase baja.
En cuanto al trabajo creativo, Fernández considera que aunque la lectura del director nunca va a estar en su totalidad de acuerdo con lo expresado por el dramaturgo, ha congeniado con Poveda por ejemplo, en la esencia de los personajes y en el porqué de su existencia en la narrativa escénica.
Una historia realista como ésta, se complica al verterla a la expresión artística; esto se logra a través del distanciamiento, las figuras oníricas y una actuación bien llevada por el elenco, lo que alcanza el director Fernández. La narración se divide en varios cuadros, que aprovechan el estrecho diseño escenográfico que se mantiene para recordarnos que la pobreza trasciende el discurso y sobre todo la demagogia.
La trayectoria de Poveda también le permite tener una visión del teatro panameño. "Hubo un tiempo cuando el teatro estuvo cerca de ser competitivo, profesional y coherente." Considera que la comunidad teatral y los directores sabían lo que hacían "y les gustaba el teatro más que la plata y la fama."
Hoy no es así, apunta el dramaturgo, van por la plata y la fama y paradójicamente nadie es famoso en el teatro y se han olvidado de que este arte es también un medio de comunicación.
Si el régimen militar no hubiera repetido y en muchos casos empeorado, las características antes mencionadas de los políticos tradicionales, hubiera podido intentar una explicación de su razón de ser, de la cual siempre careció y aún carece. Se presentó primero como régimen de "restauración" que en 6 a 12 meses restablecería la democracia verdadera a través de elecciones ejemplares. Por eso nombró a personalidades que inspiraron confianza en el Tribunal Electoral: Samuel Lewis Arango como Presidente, Manuel Quiróz y Quiróz. y Fernando Manfredo como miembros.
También nombró una comisión, encabezada por el Dr. Ricardo J. Alfaro cuyo prestigio nacional e internacional como jurista y como hombre íntegro era de primer orden, para redactar un nuevo Código Electoral; junto con él se nombraron a esa comisión, figuras jurídicas y morales de positiva reputación, como: Don Eduardo Morgan Álvarez y Don Woodrow de Castro. Desde finales de 1969 y en la primera mitad de 1970 el régimen militar comenzó a sugerir primero y luego a decir abiertamente que su obra no sería una "restauración", como había anunciado anteriormente, sino una "revolución" y por ello el tema de las elecciones se posponía sin otra precisión sobre el mismo. El engaño al país fue total.