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De Mi Padre y Sus Legados "...la obra maestra fue él: Brillante, excepcional y original.."


Nota del Editor: Carlos Arosemena Arias ha fallecido recientemente. Nació en la ciudad de Panamá, el 24 de junio de 1928, hijo de Ernesto Arosemena Icaza y Leonor Arias de Arosemena, ambos panameños. Nieto del prócer Tomás Arias, fue marcado tempranamente por la ausencia de su padre, quien falleció cuando Carlos tení­a cinco años, de ahí­ que Don Tomas y el hermano mayor de Carlos, Ernesto Arosemena Arias, fueran sus figuras paternales más cercanas. Cursó estudios en el Instituto Nacional hasta tercer año de secundaria. Era la época de la segunda guerra mundial, cuando su madre, animada por una pareja de amigos, decidió llevárselo, junto a su su hermana, a terminar sus estudios de escuela secundaria en San Antonio, Texas con el fin de que aprendieran a hablar bien el idioma inglés. Terminó allí­, la escuela secundaria con primer puesto de honor, lo que le valió un rápido ingreso en la Universidad de Harvard, donde pasó siete años y obtuvo, después de los cuatro primeros su Bachelor of Arts con especialidad en ciencias polí­ticas y después de los siguientes tres, su tí­tulo de abogado. Antes de regresar a Panamá estudió, dos años más, en España en la Universidad Central de Madrid donde obtuvo titulo de doctor en Leyes. A su regreso al istmo conoció a la joven Lastenia Cardoze, con quien contrajo matrimonio en 1956. La pareja tuvo cuatro hijas mujeres, después de lo cual claudicó, en sus deseos de tener a un hijo varón. Pilar, una de sus hijas nos ha hecho llegar el artí­culo que a continuación reproducimos sobre la vida de este panameño ilustre.
Ha muerto mi padre. Mi único padre. Solo quien haya vivido la pérdida de un progenitor puede entender la profundidad del dolor que se siente y la sensación tan extraña de frí­o y desprotección.
Mi mamá "la Puchi" (como le decí­a él), mis hermanas Maricarmen, Maruja y Meli, mis cuñados, mis hijos y sobrinos, al igual que Jaime, mi marido y yo estamos agradecidos y emocionados por la despedida tan conmovedora y hermosa que le ha dado el paí­s -desde el Presidente Torrijos hasta Eberardo, su chofer de muchos años-, a un hombre, que aún sin ser figura pública, fue un patriota como pocos.

  • Esos años de pelea vertical e inclaudicable contra la dictadura y a favor de la democracia. Era un convencido de que "el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente" y de allí­ su total convicción de que los sistemas de pesos y contrapesos que impone una democracia son la única manera de regularlo. Y por esa causa luchó hasta el final.

  • Su sentido del humor único y sus ocurrencias. Me acuerdo como la gente le decí­a siempre: "Carlos, qué salidas más increí­bles tienes", a lo cual el contestaba, "ese es parte de mi problema, muchas salidas y pocas entradas".

  • Su afán de que nos educáramos bien y su acertada teorí­a de que en la vida todos tenemos "un nicho". Es decir: hay siempre una profesión o tarea en la que cada cual puede ser, no bueno, sino excelente, y que todos debemos luchar para encontrarla. A nosotros nos inculcó siempre que no importaba lo que fuéramos o hiciéramos: barrenderos, juristas, paleteros, financistas; que el trabajo honrado enorgullece y que lo importante es hacerlo con excelencia y profesionalismo.

  • Recordaremos su honradez a prueba de todo. Y no solo me refiero a su honradez en el sentido económico, la cual era ampliamente conocida, sino también a la intelectual y a la que aplicaba a sí­ mismo. Era incapaz de atribuirse una cualidad (y tengo que admitir que ¡a veces también defectos!) o idea que no fuera propia. Así­ mismo, era incapaz de hacer o decir algo en lo que no creyera, aún a costa de sus intereses propios. Por esto, a veces era un huesito duro de roer, pero exquisito cuando finalmente se lograba saborear.

  • Su amor por los perros, por su casa y sobretodo por sus fincas. Aprendió de ganaderí­a cuando a principios de la dictadura el Gobierno de turno comenzó a expropiar bloques de tierras baldí­as y como él no querí­a perder las suyas decidió trabajarlas. Compró un sinfí­n de libros sobre vacas y toros y sobre cómo producir la mejor hierba para alimentar a sus animales y se convirtió en un ganadero de primera lí­nea. Lo único que lo podí­a hacer más feliz que un piropo a sus hijas era un cumplido a sus vacas.

  • Su impaciencia e intolerancia cuando las cosas no salí­an justo como las querí­a, en el momento que las querí­a, al igual que sus famosas rabias contra la injusticia y la hipocresí­a. Sin embargo, por suerte también recordaremos, que con los años esas rabias fueron disminuyendo y se volvieron manejables y hasta graciosas.

  • Recordaremos los años con mi mamá mientras representó a Panamá ante Las Naciones Unidas, los cuales sin duda, fueron sus mejores momentos como pareja. Al respecto, parafraseando al Presidente Kennedy, cuando hablaba de su viaje a Parí­s con su esposa Jacqueline, mi papá decí­a orgulloso y modesto: "fui el hombre que acompañó a la Puchi a Nueva York", haciendo alusión a lo mucho que habí­a logrado mi mamá durante su tiempo allá.

  • Finalmente, no olvidaremos nunca que cuando le preguntaban sobre nosotras, tení­a a bien decir que él no podí­a haberle pedido más a la vida ya que sus cuatro hijas éramos sus obras maestras.


Hoy ya muerto mi padre, reconozco que en realidad la obra maestra fue él: Brillante, excepcional y original, Carlos Arosemena Arias vivirá en nosotros y nuestros hijos para siempre.
Cada uno de estos personajes vive un conjunto de peripecias determinadas por la situación social que las oprime y condiciona; no hay posibilidades en esta realidad, a menos que uno siga la corriente y navegue -coger el swing y culebrear- en este ambiente proceloso. Las hijas de Amparo confirman estas ideas; cada una de ellas refleja las opciones posibles y ella misma asume su realidad posible en el barrio.
El director Fernández, quien ha llevado a las tablas obras como Stripers, El diablo rojo en apuros, Ladrón que roba ladrón, tiene un centenario de perdón, expone que Coge el swing desarrolla tres décadas de historia panameña bien planteadas con elementos cotidianos, sinsabores, alegrí­a disfrazada de un drama en la clase baja.
En cuanto al trabajo creativo, Fernández considera que aunque la lectura del director nunca va a estar en su totalidad de acuerdo con lo expresado por el dramaturgo, ha congeniado con Poveda por ejemplo, en la esencia de los personajes y en el porqué de su existencia en la narrativa escénica.
Una historia realista como ésta, se complica al verterla a la expresión artí­stica; esto se logra a través del distanciamiento, las figuras oní­ricas y una actuación bien llevada por el elenco, lo que alcanza el director Fernández. La narración se divide en varios cuadros, que aprovechan el estrecho diseño escenográfico que se mantiene para recordarnos que la pobreza trasciende el discurso y sobre todo la demagogia.
La trayectoria de Poveda también le permite tener una visión del teatro panameño. "Hubo un tiempo cuando el teatro estuvo cerca de ser competitivo, profesional y coherente." Considera que la comunidad teatral y los directores sabí­an lo que hací­an "y les gustaba el teatro más que la plata y la fama."
Hoy no es así­, apunta el dramaturgo, van por la plata y la fama y paradójicamente nadie es famoso en el teatro y se han olvidado de que este arte es también un medio de comunicación.
Si el régimen militar no hubiera repetido y en muchos casos empeorado, las caracterí­sticas antes mencionadas de los polí­ticos tradicionales, hubiera podido intentar una explicación de su razón de ser, de la cual siempre careció y aún carece. Se presentó primero como régimen de "restauración" que en 6 a 12 meses restablecerí­a la democracia verdadera a través de elecciones ejemplares. Por eso nombró a personalidades que inspiraron confianza en el Tribunal Electoral: Samuel Lewis Arango como Presidente, Manuel Quiróz y Quiróz. y Fernando Manfredo como miembros.
También nombró una comisión, encabezada por el Dr. Ricardo J. Alfaro cuyo prestigio nacional e internacional como jurista y como hombre í­ntegro era de primer orden, para redactar un nuevo Código Electoral; junto con él se nombraron a esa comisión, figuras jurí­dicas y morales de positiva reputación, como: Don Eduardo Morgan Álvarez y Don Woodrow de Castro. Desde finales de 1969 y en la primera mitad de 1970 el régimen militar comenzó a sugerir primero y luego a decir abiertamente que su obra no serí­a una "restauración", como habí­a anunciado anteriormente, sino una "revolución" y por ello el tema de las elecciones se posponí­a sin otra precisión sobre el mismo. El engaño al paí­s fue total.


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245012
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América