Desde el momento en que los deportistas buscaron correr más rápido, saltar más alto o lanzar más lejos que sus competidores, los más inescrupulosos buscaron recursos dudosos para conseguirlo.
Los atletas griegos en los antiguos Juegos comían testículos de ovejas para elevar sus niveles de testosterona. Otros combinaban vino con estricnina, un veneno que era utilizado como estimulante en pequeñas dosis.
La estricnina aún estaba de moda cuando los Juegos fueron revividos en 1896, y en la maratón olímpica de 1904 el medallista de oro Thomas Hicks usó esa sustancia combinada con coñac durante la carrera.
Los ciclistas, particularmente, usaron estimulantes para mejorar su resistencia física y disminuir el dolor durante la parte final del siglo XIX.
El término dopaje apareció en el diccionario inglés en 1889 y como una ayuda científica en 1935 cuando científicos alemanes aislaron la hormona masculina testosterona, el ingrediente clave para elevar la fuerza muscular. Las tropas nazis recibían inyecciones de testosterona para incrementar su agresividad.
En los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, los atletas alemanes recibieron estimulantes en la forma de anfetaminas.
El dopaje fomentado por el estado comenzó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los países del bloque comunista le dieron un lugar preponderante al deporte en la batalla ideológica.
Durante la década de 1960 los esteroides impregnaron a los Juegos, con efectos importantes en los eventos de lanzamiento.
Respondiendo a la amenaza que se cernía sobre el atletismo, el ente rector de la disciplina sancionó el uso de esteroides en 1975.
El uso de drogas prohibidas se extendió durante los 80, tanto en los eventos atléticos masculinos como femeninos.
Las mujeres se beneficiaron más que los hombres por los esteroides, ya que la testosterona cambió radicalmente sus cuerpos, en algunos casos con efectos alarmantes.
No fue hasta que el canadiense Ben Johnson dio positivo del esteroide anabólico estanozolol después de ganar la final de los 100 metros en los Juegos de Seúl 1988 que la magnitud del problema se conoció.