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El Carnaval como tema literario


A las fiestas del Carnaval se les denomina de muchas maneras: “la fiesta del pueblo”, “lo único que toma en serio el panameño”, “la fiesta de fiestas”, en fin. Hoy, Domingo de Carnaval, y el siguiente: de Carnavalito, dejo a un lado esas denominaciones para repasar con usted, que por lo visto no se deja engatusar del todo por las altisonancias del jolgorio, pues acude a las páginas de DíaD, donde nos gusta el desorden, pero también creemos que debe significar algo más.

El Carnaval ha sido tema literario siempre. Cervantes, en el Capítulo XVII del Quijote, recuerda una costumbre en boga por la época: “Y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a levantarle en alto y a holgarse con él como con perro por carnestolendas”.

Alejandro Dumas, en El Conde de Montecristo, recoge una trepidante escena enmarcada en el Carnaval de Roma, en la que el temido Luigi Vampa comete un secuestro por encargo, y hay más ejemplos de los que caben en esta columna (que por respeto a la fecha desea ser lo más liviana posible en cuanto a ropajes).

 

Me acompañan, al margen del estruendo y la pachanga, tres cuentos panameños, de esos que podríamos llamar clásicos, y los que me permito recomendarle. Provienen de tres libros que, para mi gusto, dejan un grato sabor en esa sección del paladar que se especializa en degustar textos (que según algunos, ha de ser un remanente de los tiempos en que vagábamos por la foresta masticando cortezas de árbol).

Los libros son “Luna en Veraguas”, de Mario Augusto Rodríguez (1917-2009); “Tradiciones y cuentos panameños”, de Juana Oller de Mulford (1891-1975); y Cuentos de verano”, de Juan Carlos Voloj Pereira (1942-2007). En ese mismo orden, los cuentos inspirados en el Carnaval son: “La pollera de las flores moradas”, “El Carnaval de la Victoria” y “La máscara”.

El libro de Mario Augusto es de 1948; mi edición, de 1961; viene ornada por un prólogo de Octavio Méndez Pereira, más comentarios de Enrique Ruiz Vernacci, Gil Blas Tejeira, Renato Ozores, Berta María Cabezas, Nacho Valdés, Diógenes de la Rosa y Rodrigo Miró, entre otros. (¡Qué honor!)

 

“La pollera de las flores moradas” es toda una prenda, en el buen sentido, pues obtuvo el primer puesto en el Concurso de Cuentos de Carnaval del diario La Nación, en 1946 (sí, como lo oye: junto a las comparsas, a las mojaderas, a las reinas, a los carros alegóricos, a los resbalosos, los diarios patrocinaban certámenes literarios).

Una frase al inicio nos da el tono de la narración, describiendo bien el sentido de la fiesta: “La alegría suelta en la tarde ligera sus carretas desenfrenadas”. El nudo se centra en la búsqueda de la mujer amada, pero esquiva, en medio de la abigarrada multitud que colmaba la urbe panameña. Ella, Divina se llama, remedando quizás a Agustín Lara, le ha propuesto un juego: “Si es cierto que me quieres, me buscarás y me encontrarás”; como incentivo un indicio: su pollera de flores moradas.

A medida que el narrador avanza nos muestra las comparsas extranjeras y locales, el variopinto ropaje de los disímiles congregados que aquí bullen satisfechos en un caldo común, y su búsqueda infructuosa. Hasta que, bajo las brisas del Ancón, en el jardín “El Rancho”, da con la pollera. Pero no era ella. Lo que sucede después es lo que suele suceder en Carnaval; el final es feliz, pero sorpresivo.

 

Sigo el próximo domingo, pero cierro con versos de Demetrio Korsi: “La tarde pasea en autobús/ El sol tiene una mano/ metida en la cantina/ y hay un danzón travieso/ que me está haciendo cosquillas.”

Que la palabra te acompañe.


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659003
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América