Para muchos de ellos es costumbre; de hecho, les permite hasta cierto punto salir de la pobreza extrema. Esta tiránica realidad no justifica el maltrato infantil en ninguna de sus formas, más bien, se advierte a todo hombre y mujer a tratar a los demás como les gustaría que los trataran a ellos, como seres superiores sin importar su posición social o económica. Estos principios son totalmente incongruentes con las formas opresivas de esclavitud practicadas en muchas naciones, principalmente en los últimos tiempos.
Además, existe la cantidad de menores empleados de forma continua en las guerras que ha aumentado de unos doscientos cincuenta mil -hace dos o tres años- a trescientos mil hoy día, según la revista "Go Between". Los soldados infantiles
En Perú, Bolivia y Ecuador unos 65 mil niños de ambos sexos trabajan en actividades mineras y 135 mil están en riesgo de ser absorbidos por esta actividad.
Las preocupaciones también son muy diferentes dependiendo de la riqueza o pobreza de las naciones. Al tomar esto en consideración, entonces Panamá no escapa de esta situación aberrante. De los 47 mil 976 menores de edad -entre 5 y 17 años- que laboran en nuestro país, un 51% se dedican a actividades agrícolas; el resto trabaja entre la mecánica, el servicio doméstico, la pesca, la construcción, el transporte y comunicaciones. (La Prensa, 1 de Nov. de 2004). ¿Cuántos de estos muchachos están recibiendo al menos una educación básica? De lo que sí estoy segura es que el 80% de los niños que trabajan no terminan su educación primaria.
Se calcula que en Gran Bretaña, pese a ser un país occidental próspero, huyen anualmente de sus casas más de cincuenta mil niños, el doble de lo que antes se observaba. Además, uno de cada siete fugados acaba siendo víctima de la violencia y abuso sexual, y sometidos a trabajar en la prostitución infantil.
En 1948, la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sustentó el derecho fundamental a la educación. Cincuenta años después sigue habiendo más de ciento treinta millones de niños en edad de enseñanza primaria que no asisten a clases. Esto significa que el 20% de los niños del mundo no reciben una educación elemental.
Según un informe del director del fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, costaría unos siete mil millones de dólares enviar a la escuela primaria a todos los niños del mundo. Esto es menos dinero que el que gastan anualmente los europeos en helados, o los estadounidenses en cosméticos y en la moda y representa una mínima fracción del gasto mundial en armamento.
En 1973 se prohibió el trabajo infantil, sin embargo el informe del diálogo mundial que tuvo lugar en la Exposición Universal de Hannover 2000, reflejó que doscientos cincuenta millones de niños se ven obligados a trabajar.
Cada etapa de crecimiento en el ser humano tiene sus propias implicaciones, requisitos y potenciales. Esto sólo se puede llevar a cabo viviendo cada etapa como es. El niño y aún el adolescente son seres desvalidos y dependientes. Los alimentos, cuidados, educación y estímulos provienen de sus padres y de la sociedad.
Todos los datos e información que reciben proceden de personas que se encuentran cerca de su espacio vital; por ello, es causa y efecto, para su vida futura, estar en manos de una autoridad responsable. Ésta deberá reconocer sus necesidades básicas: físicas, psicológicas y de aprendizaje. La niñez es época de juego, de experimento, fantasía y exploración. Si esto se les impide, los niños y adolescentes se rebelarán llenos de frustración convirtiéndose en una carga social.
Antes que un niño o adolescente pueda asumir la responsabilidad de un adulto, necesita aprender lo referente a la vida y como vivirla. O sea, aprender el arte de vivir. Durante los años de la niñez y la adolescencia, el tiempo ocupa un papel de suma importancia en la enseñanza de la responsabilidad. El trabajo en casa es la mejor disciplina que ellos puedan tener y los libera de la ociosidad y del mal comportamiento.
El peligro surge cuando el trabajo se convierte en fuente de subsistencia arrebatándole el derecho a la educación y a otros aspectos importantes durante esa etapa de crecimiento, lo que los transforma en seres robotizados, con rostros pálidos y disgustados de la vida; manipulados, perdiendo su espontaneidad, al tiempo que se limitan las oportunidades de su auténtica realización.
(*)La autora es psicóloga clínica.(gemiliani@cwpanama.net)