Los futbolistas sin empleo frente a las puertas del hotel de Cancún, caribe mexicano, donde los clubes compran y venden destinos, mostraron ayer el lado oscuro del mercado de piernas del fútbol mexicano.
Las puertas bloqueadas por la seguridad mantiene a raya a casi medio centenar de jugadores que armados con teléfono móvil esperan que alguien los mire y tome en cuenta para el próximo torneo Apertura 2007 que arrancará en agosto próximo.
"Es la primera vez que vengo y no sé cómo se mueve, qué se hace en el draft, hace un par de años que no juego", dijo a Efe el mexicano Irving Rubirosa, ex jugador del Atlante.
Muchos llevan uno o dos torneos sin jugar y llegaron a Cancún con poco dinero y mientras los privilegiados son huéspedes de este hotel que cobra 450 dólares por día, los otros, sufren las inclemencias del calor.
Su presencia en Cancún, 1.500 kilómetros al este de la capital mexicana, no es del agrado ni es apropiada para los dueños del balón porque exhibe el otro lado de su sistema de transferencias, esa que no pregunta ni pide opinión y sólo ordena su próximo destino.
La frialdad de las negociaciones sólo puede medirse con la magnanimidad que pretenden mostrar los dueños de la pelota para con los jugadores, una cortesía que ninguno pidió y que los jugadores dejan pasar sin firmar.
La Federación Mexicana de fútbol les mandó algunas bebidas para mitigar la sed y les abrió un salón especial para pasar el tiempo, una especia de ludoteca habilitada con películas como el Señor de los Anillos.
Las sillas vacía y los juegos como dominó, damas inglesas y damas chinas y un ajedrez de tamaño gigante no fueron tocados porque los jugadores se quedaron ante una pared de cristal por donde pasan los señores que compran sus cartas.
El jugador Mario Hernández Lash, quien también busca un nuevo equipo, es uno de los pocos con entrada libre al hotel, en su calidad de presidente de la Comisión del jugador, el organismo que la Federación estableció para darle voz a los futbolistas.
Desde el primer draft o mercado de piernas, la Federación no ha podido acabar con las críticas que ven en este sistema como un mecanismo de moderna esclavitud en la cual los jugadores deben obedecer o quedarse sin jugar.