Era la década de los ochenta. Un joven pescador del área de Puerto Caimito, en La Chorrera, llamado Mariano Rivera, había llegado a la ciudad capital en busca de un sueño dorado: ser firmado por una organización de las Grandes Ligas. El histórico Juan Demóstenes Arosemena sería testigo de ese momento, cuando el buscador de talentos en Panamá de los Yanquis de Nueva York, el legendario y siempre recordado Carlos “Chico” Heron, le cortaba los sueños al joven de 19 años.
En aquella oportunidad, Rivera hizo una prueba como torpedero, en la que demostró tener buen brazo y buena ofensiva; sin embargo, no corría bien.
Sin vacilar, Heron lo rechazó y le aconsejó que siguiera pescando en su natal Puerto Caimito.
Pero, a pesar de esta negativa, nada ni nadie impediría que el destino se cumpliera.
Y fue así como al mes del primer rechazo, los jugadores de Panamá Metro, Emilio Gáez y Claudino Hernández, avisaron a Heron de la existencia de un pelotero en La Chorrera que tiraba durísimo. Sin vacilar, el buscador de talentos pidió que lo trajeran al Juan Demóstenes Arosemena.
Hoy, ese momento lo volvió a revivir Carlos Heron, hijo.
“Mi padre siempre nos contó que la segunda vez que Rivera se presentó ante él, inmediatamente lo rechazó. Sin embargo, Claudino le insistió que ahora lo observara como lanzador”, recordó Heron, hijo.
“En total fueron dos o tres lanzamientos que necesitó Rivera para que mi padre le dijera que tenía calidad. Luego de esto, mi padre trajo a su jefe y lo vieron hacer unos lanzamientos e inmediatamente lo firmaron. Tiraba de 84 a 85 millas por hora. Mariano tenía 19 años”, agregó.
Según Heron, hijo, a Rivera le dieron dos mil dólares por firmar con los Yanquis.
Los registros revelan que la firma se dio el 17 de febrero de 1990, cuando Mariano tenía 20 años de edad.
Primeros pasos.
Rápidamente, el talento de Rivera se dio a conocer en la Liga de la Costa del Golfo como lanzador relevista, acumulando récord de 5-1 y efectividad de 0.17 en 22 partidos. A pesar de estos buenos números, los Yanquis querían que el panameño fuera un lanzador abridor. Fue así como comenzó 68 de sus 103 partidos en Ligas Menores, acumulando una marca de 23-18 y efectividad de 2.35.
Solo tuvieron que pasar cinco años para que Rivera diera el gran paso a las Grandes Ligas. La fecha exacta fue el 23 de mayo de 1995 ante los Ángeles de California.
Rivera trabajó 3.1 entradas, aceptó ocho imparables y cinco carreras, regaló tres bases por bolas y ponchó a cinco. Permitió un cuadrangular de Jim Edmonds y cargó con la derrota, en la victoria de los Ángeles 10-0.
Ese año, Rivera jugó en 19 partidos, de los cuales 10 los inició como lanzador abridor. Al final, tuvo marca de 5-3 y 5.51 en porcentaje de carreras limpias permitidas.
Decisión de oro.
Era el año de 1996. Había llegado otra temporada para Rivera y con ello una nueva noticia: los Yanquis habían decidido convertirlo en el lanzador relevista de tiempo completo para los episodios siete y ocho, con el objetivo de prepararle el terreno al cerrador John Wetteland. Fue esta decisión la que hoy le abre la puerta a Rivera al templo de los inmortales.
El primero de los 602.
Los Ángeles de California visitaban el Yankee Stadium aquel 17 de mayo de 1996. Ante 19,087 fanáticos y con el marcador 8-5 a su favor, el director de los Yanquis de Nueva York, Joe Torre, decide llamar al panameño Mariano Rivera para que le cortara las “alas” a los Ángeles.
Era la primera vez que el panameño entraba a un juego en situación de salvamento y al final cumplió a su totalidad. En un episodio completo aceptó un imparable sin permitir anotación, además de recetar un ponche, para acreditarse su primer rescate en las Grandes Ligas.
Según el libro sagrado, la victoria fue para Andy Pettitte, mientras que el derrotado fue Jim Abbott.
Al final de la temporada, Rivera terminó con cinco juegos salvados, marca de 8-3 y efectividad de 2.09.
Luego llegó la postemporada, en la que Rivera demostró tener sangre fría. En ocho presentaciones (14.1 entradas) solo aceptó una carrera, ganó un partido y ponchó a diez bateadores para contribuir en gran forma a la coronación de los “Bombarderos del Bronx” sobre los Bravos de Atlanta.
Este fue el primer anillo de Serie Mundial para el orgullo de Puerto Caimito.
De mil quilates.
La celebración había pasado. Así como en 1996, nuevas noticias llegarían en 1997... una noticia que le cambiaría la vida al lanzador panameño, cuando se anunció que el cerrador John Wetteland dejaba los Yanquis para firmar como agente libre con los Rangers de Texas. Cuenta la historia sagrada que cuando se dio a conocer la noticia de Wetteland, los Yanquis llamaron a Rivera para comunicarle que sería el nuevo taponero.
Sin vacilar, Rivera aceptó el reto.
Momentos difíciles.
La hora de explotar su talento, ahora como cerrador, había llegado para Rivera. Sin embargo, su primer mes en el trabajo fue difícil. El 8 de abril, Rivera dañó un salvado contra los Angelinos de Anaheim. Tres días después, permitió un cuadrangular de Mark McGwire que empató el partido en la novena entrada para desperdiciar otro salvamento. La pesadilla continuó tres días después, nuevamente ante los Angelinos, cuando dañó un salvado, pero en esta ocasión ante sus fanáticos.
En la ronda regular, Rivera terminó con récord de 6-4, con 43 rescates en 52 oportunidades para contribuir a que los Yanquis avanzaran a los “playoffs”.
Luego de este capítulo, Rivera afrontaría un verdadero examen en la primera ronda de postemporada ante los Indios de Cleveland, específicamente en el cuarto partido, en el que permitió un cuadrangular del dominicano Sandy Alomar Jr. que empató el partido en el octavo episodio. Fue tan letal este batazo que un salvado de parte del panameño hubiese asegurado la serie para Nueva York.
Al final, Cleveland pasó a la siguiente ronda.
Grande entre grandes.
La tormenta había pasado; sin embargo, una interrogante aún se respiraba en el ambiente: ¿Cómo iba a responder Rivera en 1998? La respuesta estuvo en sus números. El que apodan “Sandman” o “Mo” registró una marca de 3-0 con 36 salvados y una efectividad de 1.91, lo que ayudó a los Yanquis a ganar 114 partidos en la temporada regular y casi una perfecta corrida en la postemporada. Rivera tuvo 10 apariciones en octubre sin permitir carreras en la coronación de los Yanquis en cuatro juegos sobre los Padres de San Diego.
Pero aquí no acabaría la celebración. Rivera hizo lo mismo en las próximas dos temporadas cuando Nueva York capturó dos títulos más, cuatro en cinco años.
“Mo” no permitió anotaciones en sus ocho apariciones en la postemporada de 1999, ganándose el premio al “Jugador Más Valioso” de la Serie Mundial, después de salvar tres juegos en la barrida de los Yanquis sobre los Bravos.
En la Serie Mundial de 2000, Rivera permitió tres carreras en 10 apariciones y los Yanquis vencieron en cinco juegos a los Mets.
Al año siguiente, Rivera demostró ser humano, al desperdiciar el séptimo juego de la Serie Mundial ante los Cascabeles de Arizona.
Pero luego de este hecho, Rivera ha sido seleccionado en cinco ocasiones para el “Juego de Estrellas”.
En el 2003, Rivera fue el más valioso en la serie final de la Liga Americana. Rivera ha sido seleccionado nueve veces para el “Juego de Estrellas”.