Jorge Luis se disponía a comer el almuerzo que acababa de preparar, cuando de repente el vaso que tenía sobre la mesa comenzó a moverse. Atinó a sujetarlo para evitar que el contenido se derramara; estaba acostumbrado a eso porque en Japón tiembla a cada rato.
De pronto los muebles más pesados de su apartamento empezaron a moverse como si tuvieran ruedas. Allí entendió que el asunto era más serio de lo que sucedía comúnmente y que tenía que poner en práctica las tácticas de seguridad que desde el día uno le habían enseñado en Japón, donde llegó becado desde Panamá para obtener un doctorado en Administración y Gestión de Calidad Japonesa aplicada a Panamá, hace casi tres años.
Jorge Luis Jiménez nació en Colón, tiene 28 años y regresó a Panamá cuatro días después del terremoto que ocurrió en Japón el 11 de marzo, no sin antes sortear las secuelas del movimiento sísmico y salir prácticamente huyendo de Sendai ante la alerta de radiación que se dio luego de que el iracundo fenómeno natural arrasara con mucho de lo que encontró a su paso.
Los hechos.
La noche anterior al día del terremoto, Jorge Luis se acostó tarde porque se quedó trabajando su tesis. A la mañana siguiente, se levantó cerca de las 10:30, tomó una ducha como todos los días, cocinó el almuerzo y empezó a comer. En medio del almuerzo, comenzó a temblar y su apartamento, con todo lo que tenía adentro, comenzó a bambolearse. Lo primero que pensó fue que era un temblor más, a pesar de que este, particularmente, comenzó un poco más fuerte de lo “normal”.
“Recuerdo haber tomado el vaso de agua para que no se derramara y después comenzó a ser cada vez más fuerte, tanto así que mis muebles más pesados comenzaron a caer como si les hubieran puesto ruedas, caí al piso, escuchaba y veía cómo se separaba el repello de las paredes”, relata el joven panameño, quien confiesa haber temido por su vida, a pesar de que inicialmente no tenía conciencia de la magnitud del evento.
Cuenta que la experiencia “fue muy dura”, ya que según sus cálculos, el episodio pudo durar entre 2 y 3 minutos, los cuales parecieron toda una vida.
“Me asusté, solté los vasos y los cubiertos. Traté de moverme un poco, pero no pude mantenerme en pie, perdí el balance, caí de cara, traté de girar hasta ponerme en una esquina, algunas botellas me cayeron encima, afortunadamente no me corté”, narra Jorge Luis Jiménez, quien reconoció que después de casi tres años de estar en Japón, sentía los temblores como algo familiar. Esta vez, aunque no precisa la duración del remezón, refiere que fue lo suficientemente largo como para asustarlo.
Primera impresión.
Pasado el susto y terminado el infierno en el pequeño apartamento, ubicado en el segundo piso del edificio localizado en Sendai, al norte de Japón, Jorge Luis se dispuso a mirar por la ventana para ver cómo había quedado todo. Vio cómo algunos edificios y postes de luz seguían balanceándose. Como pudo, salió al pasillo, y se encontró con sus vecinos, casi todos en pijama y consternados. Se abrieron paso y salieron a la calle en donde casi todo estaba en llamas, había personas llorando, gente gritando, varios heridos por cortadas de vidrios y golpeados por muebles.
En medio del desastre, un cartero llegó en una moto, entregó las cartas en los lugares donde debía, avisó y se fue. Curiosamente, mientras el cartero y el terremoto desaparecían comenzó a nevar.
En ese momento, Jorge Luis regresó a su apartamento con el ánimo de recoger algunas pertenencias y abandonar la escena. De allí se llevó su computadora en la que estaba su tesis; los archivos de respaldo (backup), su celular, toda la ropa pesada que pudo para contrarrestar el frío; su pasaporte, algo de efectivo que había guardado para emergencias, su documentación y el anillo de su prometida. De allí se dirigió a un refugio.
El edificio fue sacudido bastante, pero no se percibía tan destrozado como los más altos, aunque sí sufrió daños estructurales internos, ya que las tuberías de agua se rompieron y escuchaba el agua correr dentro de las paredes.
Esa estructura era únicamente para estudiantes, muchos de los cuales, como nuestro protagonista, se acomodaban en un espacio de 20 metros cuadrados que incluía baño, cocina, lavandería y el cuarto para dormir. Había cerca de 25 apartamentos de diferentes tipos. Todos estaban ocupados, pero al momento del terremoto, afortunadamente, no todos los inquilinos estaban allí.
Realidad.
A pesar de lo que había sentido y lo que había visto, tras su primera salida, este ingeniero en Sistemas panameño, al igual que muchos en el área, no contaban con información fiable sobre lo acontecido.
Para Jorge Luis era un viernes en el que no tenía otros planes que seguir trabajando en su tesis, entregar los trabajos pendientes por mail, y quizás en la noche, encontrarse con unos amigos.
Sendai está a 30 kilómetros de donde irrumpió el “tsunami”. Es una ciudad puerto, en donde abunda la actividad pesquera, hay un mercado de mariscos muy grande, y, obviamente, está cerca la playa. Así las cosas, lo primero que se le cruzó por la mente a Jorge Luis Jiménez era la posibilidad de un “tsunami”. En ese momento no sabía qué tan cerca o lejos estaban del posible lugar de impacto, pero lo reconfortaba la idea de que si no pasó inmediatamente después del terremoto, el peligro disminuía. No fue sino hasta la mañana siguiente, cuando se levantaron en el refugio, que se enteró de los efectos del “tsunami”.
Conexión Panamá.
Jorge Luis dice que en el momento del terremoto no estaba seguro de la magnitud. Relata que los edificios en Japón están hechos para esto, pero por lo general están concebidos para aguantar 6 grados, y este fue mucho más fuerte.
Una vez controlado, lo primero que hizo fue tratar de comunicarse a su casa en Panamá, pero las líneas estaban bloqueadas. La luz eléctrica y el agua quedaron suspendidas. Allí, el celular hizo el milagro y mediante chatsy la tecnología blackberry, pudo avisar que estaba bien.
Su hermano Franklin fue el primero que pudo responderle entre las 2 o 3 a.m., hora de Panamá. Se conectaron a través de l Skype (video-teléfono), y así fue que desde Panamá comenzó a recibir algunas informaciones sobre lo que en realidad estaba pasando del otro lado del planeta, donde estaba él. Un segundo viaje de vuelta al departamento, en medio de otras réplicas, permitió que desde Panamá su hermano observara los temblores mediante el teléfono que permanecía encendido con la cámara mostrando el ambiente.
Planeando el regreso.
Enterado del alcance tanto del terremoto y, especialmente, del “tsunami” y después la alerta de radiación, se hacía imperioso salir tan pronto como pudiera de Sendai y, si fuera posible, de Japón.
Las cifras sobre grados de magnitud, muertes, heridos y desaparecidos que le fueron informados por parte de su hermano en Panamá comenzaron a inquietar a Jorge Luis y con todo y que el lugar donde estaba es montañoso, por ende, bastante alto, decidió tomar lo necesario en el dormitorio y volver al refugio, parte del edificio estaba en llamas.
Además, necesitaba abastecerse y el único lugar que estaba abierto era el Seven Elevenque también había sido afectado, pero estaba dando servicio. Allí compró agua, baterías y pan, en pequeñas cantidades y se fue al Centro Internacional para tratar de lograr la mayor cantidad de información posible. Como es de esperarse en estos casos, las provisiones comenzaron a escasear; en algún momento tuvo que discutir y pagar 30 dólares por seis manzanas.
Como la mayor parte del tiempo lo pasaba en casa trabajando, “su japonés” nunca se desarrolló lo suficiente como para mantener una conversación. Sabía lo básico, lo cual se convirtió en un obstáculo para entender la información especializada que brotaba de los aparatos de radio de gente que los ponía a todo volumen en las calles para que todos se informaran.
Gracias a eso, supo del Centro Internacional de asistencia, al cual acudió en compañía de un amigo brasileño de nombre Pedro, la novia de este y los panameños Fernando López y Olga Yuil, que vivían en áreas separadas. Ellos estaban fuera de sus casas al momento del terremoto. Después pudieron reunirse los cinco y decidieron planear su salida a Niigata, que era la ciudad más cercana en donde había la posibilidad de salir de la zona de desastre. Había otra posibilidad por Yamagata que estaba abierta, pero estaba muy cerca de Fukushima (área del peligro radiactivo), así que lo mejor era tratar de llegar al otro lado de la isla de Japón, Niigata. Otros poblados cercanos tenían restricciones de movilización.
Con algo de suerte y astucia pudieron contratar uno de los pocos taxis que había disponible para sacarlos de Sendai. Trescientos dólares y una negociación con el piloto para que aceptara llevar cinco pasajeros, uno más de lo que la ley le permitía, selló el inicio del camino de regreso.
Viajaron unas doce horas y mientras salían de Sendai se informaban con chatsdesde Panamá, uno de los cuales les hizo saber que los reactores se estaban apagando. Sentir que se está del otro lado del planeta y que sus familiares no pueden ayudarle fue creando cierto grado de desespero, ya que las noticias eran cada vez más preocupantes y la presión aumentaba con imaginarse si el desplazamiento del grupo sería lo suficiente rápido para no ser alcanzados por el avance de la radiación. Sumado a ello, las constantes réplicas y la incertidumbre de pensar que alguna de ellas pudiera ser tan fuerte como el gran terremoto que se había dado antes.
Puerto seguro.
Mientras Jorge Luis y su grupo avanzaban, acá en Panamá su familia y las autoridades panameñas hacían gestiones para adquirir los boletos de avión para garantizar su pronto regreso. Una vez en Niigata, se trasladó en un vuelo interno a Nagoya, el cual aterrizó a las 6:50. Tuvo que correr a través del aeropuerto hasta la puerta de salida para tomar un vuelo que salía a las 7:20 de la tarde y lo alejaría de Japón y sus sobresaltos. Cuando el avión despegó sus tres llantas de suelo nipón, Jorge Luis respiró tranquilo y sintió que todo había pasado. Honolulú, Los Ángeles y Panamá. Veinte horas de vuelo. Después escuchó lo que pareció música para sus oídos: Bienvenidos al Aeropuerto Internacional de Tocumen, bienvenidos a Panamá.
Son las 6 p.m. del 15 de marzo, cuatro días después del terremoto. En la terminal aérea se produce un recibimiento multitudinario y un abrazo colectivo, nada malo para reencontrarse con alguien que solo traía una maleta de mano, pero que, a pesar de todo, regresó tal como se fue, en una sola pieza.