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El trompetista

Se aferraba desesperado a las notas de la vieja trompeta. El instrumento ya no las dejaba salir vibrantes y melodiosas para que ampliadas por el micrófono llegaran


Andrés Villa (Escritor) / Escritor

Se aferraba desesperado a las notas de la vieja trompeta. El instrumento ya no las dejaba salir vibrantes y melodiosas para que ampliadas por el micrófono llegaran al público que rodeaba aquella tarima de carnaval. Cada corchea, redonda, blanca, o las negras, fusas y semifusas desplegadas en esos amarillentos papeles se habían convertido en obstáculos insalvables para su arte.

Las cosas comenzaron saliéndole bien. No desentonaba, y como antes, se acoplaba con sus antiguos compañeros. Las manos del baterista seguían demostrando sus destrezas, mientras que el pianista enfrentaba los retos de las piezas con total desenvoltura haciéndole marco a la intervención del instrumento de viento. Era claro que la gente disfrutaba de las tradicionales piezas. Bailaban, cantaban y acompañaban los mensajes del contrabajo con las manos arribas y batiendo palmas.

Lo habían vuelto a contratar. El trompetista aquel no pudo asistir y una llamada telefónica le había dado una nueva oportunidad. Extrañaba tocar con sus compañeros y resintió que en la farándula se propagaran los comentarios de que había envejecido, enfermado y con ello disminuido su capacidad de seguir los arreglos de siempre.

Sus dedos arrugados, aliviados de aquella enfermedad volvieron a empujar las válvulas en perfecta conjunción con sus esfuerzos en la boquilla y a desgranar con su antigua clase las notas musicales, entraba en confianza.

¿Por qué lo hacía? La música era su pasión.

Mientras esperaba subir al escenario, notó el entusiasmo que despertaban entre el público los cantantes de reggae. El amor seguía estando presente en muchas de sus canciones. Pero sus letras agresivas no eran como la de los boleros de antes. Infidelidades y sus consecuencias siempre fueron temas, pero no de la forma cruda y descarada en que eran planteadas por estos compositores que muchas veces eran también los intérpretes de estas canciones. Ahora el protagonista principal era el burlador, no el amante fallido.

Quería demostrar su arte. No importaban los reconocimientos de antaño. Que hubiera sido un cotizado músico que acompañara a los mejores artistas que llegaban del extranjero y que pudiera interpretar y leer toda clase de música. Los años pasaron, los directores de conjuntos cejaron en su empeño y todo fue quedando atrás.

Ahora en las fiestas de carnaval surgió, nadie sabe de dónde, una ola de nostalgia y embargó al público que le dio por volver a oír a viejas agrupaciones y sus canciones.

Entonces fue que se supo que no podía tocar, por aquella enfermedad que engarrotaba las articulaciones de sus manos.

Ahora en la tarima sus manos volvieron a tornarse torpes. Cuando aquello empezó, un sudor frío le perló las sienes. Las miradas de los demás músicos lo atravesaron como saetas. Lo salvó el silencio que la partitura regalara a la trompeta.

Comenzó a mover los dedos con vehemencia. La trompeta resbalaba de sus manos, la asió con firmeza. Buscó ayuda en lo más profundo de su ser. El suceso no lo vencería. La partitura otra vez reclamaba la trompeta. Su mente, sus recuerdos, su dignidad se enfrentaron al pentagrama. Esa fuerza que aún conservaba se transmitió a sus dedos y las notas volvieron a fluir perfectas para tranquilidad de todos en el carnaval.

Aquel trompetista soy Yo mismo, que se niega a envejecer, a ser vencido por el tiempo. Pero que aunque ha conseguido una breve victoria, comprende que quizás sea la última, que le toca emprender la retirada.

Contemplo por última vez a la multitud en esa noche de carnaval. Las lágrimas de mis ojos multiplican las luces del escenario y en cada una de ellas se reflejan las caras del respetable que aplaude mi última interpretación con aquel grupo de compañeros de siempre.


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841639
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América