Mucha gente insiste en preguntarme por qué escribo. Una pregunta típica que les hacen a los escritores. Suelo marcarme, según el día de la respuesta, el discurso de la necesidad, el de la herida o el del ajuste de cuentas y cito entre otros a Vargas Llosa, Mosquetero contra el padre, Sábato y sus fantasmas y a mi querido Francisco Casavella que una vez dijo que escribir una novela es un ajuste de cuentas. ¿Pero de dónde viene esa manía tuya de contar historias?, me insisten y tirando del hilo llego sin remedio hasta una mujer, mi abuelita Chela.
Hace exactamente diez años aquella mujer delgada, de pelo blanco y voz contenida y dulce nos dejó instaldos para siempre entre las calles de la Memoria y el Recuerdo. Estaba yo almorzando en Madrid, un plato generoso de lentejas, buenísimas, el 5 de mayo de 2003. El Polvorín y su valentía de bomberos aguerridos contra la tragedia me rondaba la memoria y yo disfrutaba de uno de mis platos favoritos. Entonces sonó el móvil: la voz entristecida y llena de ternura de mi cuñada anunciaba “tu abuelita ha fallecido”. Esa misma tarde emprendí hacia Panamá uno de mis viajes más difíciles y tristes, viajaba rumbo a la despedida.
La capacidad oral de mi abuelita Chela inyectó un veneno del que yo no fui consciente hasta muchos años después. Conseguía mantenerme intrigado, al borde de la carcajada en las anécdotas de su infancia o la de mi mamá, o del susto cuando me contaba alguna película de miedo que había visto. Contaba con calma, con detalles pausados para irme subyugando a su historia hasta el desenlace. Era dueña de lo que contaba, movía a sus personajes, me los hacía ver, dibujaba con los detalles la atmósfera en la que habitaban. Esas viejas historias las he “visto” tantas veces en mi mente que me parece haberlas vivido. Eso es contar, eso es escribir: una manía, un privilegio y muchas veces, siempre diría yo, un vicio.
La memoria de mi abuela, evocada en cuentos, anécdotas o historias que ella deseaba transmitir, fue para mí, sin ella saberlo, un veneno inoculado con precisión quirúrgica que generaría una pasión. Me convirtió en un contador de historias, en alguien que necesita contarse y contar, en alguien que se busca y quiere que otros se busquen. No sólo me heredó la memoria familiar, también me empujó a las letras. De aquella memoria estas novelas.
En la vida de los escritores hay un momento en el que la llamada se hace audible, que los demonios han de ser exorcizados, en los que la herida necesita paliarse y las venganzas llevarse a cabo.
Pero esa llamada, esa voz subyugante de la pasión indómita de escribir, viene por recorridos que no atisbamos en la infancia, que no reconocemos en la voz de una abuela que cuenta las viejas memorias con regustos de blanco y negro y de nostalgias.
Por ello, porque no sabemos por donde vienen esas voces, los adultos no debemos olvidar que siempre, como ya dijimos, estamos educando, estamos propiciando caminos, dejando huellas. Estamos transmitiendo ese veneno, esa pasión que sin saberlo convertirá a nuestros jóvenes en lectores y escritores. Ocurre así, sin darse cuenta ni quien infecta ni el infectado.
Así me explico ahora estas ganas de contar. El ejemplo siempre vivo de mi abuelita Chela, su tenzón, su dignidad, sus tristezas y alegrías, es ese primer despertar literario. Diez años después de su partida sigo recordando a esa mujer que tantas páginas ocupa de mi vida, que tantos matices de lo que soy me ha ofrecido y que me ha dejado su herencia en letras que valen su peso en novelas y cuentos.
Ella tiene la culpa de esta maldición bendita de escribir, de este veneno al que no renunciaré a pesar de los fantasmas, las heridas o los demonios, a los que puedo vencer invocando su recuerdo.