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El viejo buzón


La anciana se incorporó un poco del sillón donde estaba sentada junto al ventanal e hizo a un lado la cortina de encajes, para observar mejor la entrada de su casa. Era más o menos la hora en la que acostumbraba llegar el cartero, pero hoy estaba un poco retrasado. Un pajarillo se posó de pronto en un mirto cercano y su canto le alegró el corazón. Se dejó llevar por la ensoñación, mientras la fragancia de las rosas de su muy cuidado jardín se le colaba por la nariz. Habían pasado muchos años desde que lo vio por última vez, pero los recuerdos del encuentro los traía marcados en la memoria a fuerza de no querer relegarlos; todos los días los revivía, habían sido los momentos más felices de su vida. ¿Cómo olvidarlos?

Ella, Ethel, conoció a Harold el día en que, saliendo de la tienda de abarrotes y cargada con los comestibles para su hogar, un perro que jugueteaba con otro la hizo perder el equilibrio y dar una voltereta. Las bolsas de papel de manila cayeron al suelo y se rompieron. Mientras se recomponía el sombrero que le había quedado ladeado e iba por las manzanas que rodaban por el piso de madera, él se había acercado a ayudarla. Cuando estaban agachados recogiendo el espagueti que había quedado esparcido, sus miradas se encontraron. No hubo fuerza humana que aplacara la intensidad de sus emociones ni el poder del sortilegio.

Corrían los años cuarenta. En aquella pequeña población de Iowa era muy difícil, por no decir imposible, que dos personas casadas pudiesen mantener una aventura amorosa, pero su determinación se impuso y ellos tuvieron un tórrido romance que hizo que ambos, en aquél último encuentro, tomaran la decisión de terminar con sus matrimonios. Hablaron largamente del asunto y llegaron al acuerdo de hacerlo ese mismo día. Luego esperarían una semana para que sus respectivas parejas asimilaran la decisión y no levantar sospechas. Después él le enviaría una misiva indicándole dónde y cuándo deberían encontrarse para definir los detalles de su salida del pueblo. Ella cumplió lo pactado. Sin embargo, recordaba Ethel, creyó percibir un atisbo de indecisión en los ojos de su amante, lo cual resultó una premonición, porque Harold nunca escribió.

 

Ethel, aunque lo adoraba y aquel silencio le partió para siempre el corazón, se refugió detrás de la coraza de su dignidad herida y no hizo intento alguno por buscarlo, continuando con su rutinario matrimonio hasta que Dios dispuso que su esposo falleciera dos años atrás. Después, por los periódicos se había enterado de que él también había muerto hacía seis meses.

¡Cómo era la vida de arbitraria! —y dejó la costura y alzó la mano, pues el cartero, desde la calle, la saludaba. Corrió la cortina que había mantenido abierta, se puso los lentes y tomó de nuevo el chal de estambre que había estado tejiendo.

Pasados unos minutos, escuchó el timbre de la puerta y fue a abrir. Era James, el cartero, quien después de quitarse la gorra en señal de respeto, le dijo:

 

—He estado cambiando los buzones viejos y oxidados de toda la calle, Mrs. Ethel, y en una de las ranuras del suyo encontré esta carta dirigida a usted hace treinta años.

Ethel le dio las gracias, cerró la puerta y al reacomodarse los lentes distinguió los inconfundibles trazos de la letra de Harold. El golpe de la sorpresa la sacudió y tuvo que ir a sentarse al sillón antes de rasgar el sobre. Lo hizo muy despacio, pensando en lo antojadizos que eran los designios del destino.

Los finos y angulosos dedos de las manos -las cuales lucían unas manchas pardas-, le temblaban cuando empezó a leer la carta que decía:

 

“Todo arreglado, mi amor. Te espero esta tarde en el lugar de costumbre, para ultimar detalles del viaje. Tuyo para siempre, Harold.”

Ethel se llevó la mano a la garganta, porque sentía que no podía respirar. Suspiró larga y profundamente. Miró el reloj y sintió la necesidad de ir allá.

La anciana avanzó por la acera con la mente henchida de evocaciones. Se sentía la mujer joven de hacía treinta años y la ráfaga de emociones que había sentido en los últimos minutos hicieron que se le agitara el corazón.

 

Se sentó en la misma banca del parque, la cual era la más apartada, justo detrás del ciprés que era ahora un inmenso árbol y aguardó. Cuando ya sus ojos se habían quedado dormidos, sintió que una mano se le posaba en el hombro y escuchó una voz que con infinita ternura le preguntaba:

—¿Por qué has tardado tanto, querida?-


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470487
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América