En Panamá el deporte siempre está de moda. Cuando no hay un pelotero nuestro lanzado balas o bateando frenéticamente, hay un boxeador desplegando su arte en medio de las clásicas doce cuerdas, o -para lo que atañe a esta columna-, algún muñeco de seda criollo dando cátedra en cualquier óvalo de mundo.
Nuestro país, de apenas 3.4 millones más o menos, puede darse el lujo de roncar en cualquier plaza deportiva. Hemos parido campeones mundiales de boxeo a tutiplén, nuestros jinetes son considerados los mejores del orbe, el mejor cerrador que ha conocido el béisbol organizado nació en un puerto pesquero de Panamá y qué decir de nuestro campeón olímpico o de los 31 futbolistas nacionales que actualmente están regando varios continentes con su fútbol y su talento.
Si nos remitimos a cada figura y disciplina deportiva de manera individual, seguramente el espacio disponible para esta columna nos quedaría apretado, porque la historia de los atletas en Panamá es vasta; el deporte es nuestra segunda religión y a la hora de apoyarlo nuestra lealtad es inquebrantable.
Y se preguntarán ustedes ¿a qué viene esto? Resulta ser que lo que nuestros atletas han hecho con sus pies y sus manos, no ha podido ser consolidado por la falta de iniciativa y de cerebro de quienes han manejado los hilos del deporte.
Un país que tiene entre sus hijos a quien es considerado uno de los mejores boxeadores del siglo XX; una nación de la que es oriundo un pelotero que ganó siete títulos de bateo en las Grandes Ligas y en el que nació el que, hasta el momento de su retiro forzado, ostentaba el récord como el máximo ganador de carreras en todo el mundo, no cuenta con un salón de la fama o al menos un espacio para contemplar a las estrellas -de adentro y de afuera- a fin de que reciban un homenaje eterno de la comunidad deportiva y, sobre todo, estén en una exposición permanente para que propios y extraños sepan de sus hazañas.
Al igual que acontece en otros ámbitos, en el deporte ha habido una preocupación casi enfermiza por la edificación de estructuras físicas y el endiosamiento de quienes, eventual o accidentalmente, han escalado al pináculo de la dirigencia deportiva, pero ninguno ha sido lo suficientemente ingenioso como para liderar una iniciativa de esta índole, aun cuando en nuestro país están dadas todas las condiciones para ello.
Hay quienes piensan que la iniciativa debiera nacer de las federaciones deportivas, otros abogan porque sea el Instituto Panameño de Deportes el que lleve la bandera en ristre, pero mientras se tiran la pelota unos a otros, seguimos con gimnasios y estadios de primer nivel, pero mantenemos confinados en el ostracismo a las glorias de nuestro deporte.
En ese sentido, la hípica les robó la partida y desde hace más de 30 años cuenta con un salón de fama que es una suerte de recompensa para quienes han contribuido a darle lustre a este deporte, tanto en el patio como en los diferentes escenarios del mundo.
Ojalá que en algún momento se pueda concretar y hacer realidad el Salón de la Fama del Deporte Panameño, para desprendernos de ese estigma vergonzoso que representa el hecho de que con tantas estrellas en nuestro camino, no seamos capaces de recogerlas y ponerlas, ordenadamente, en el sitio que se merecen.