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En el Oscar de la Academia


D esde que supo que había resultado nominada al Premio de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas para recibir un Oscar por su actuación, Claire Sasson no dejó de pensar, ni por un instante, que su largo anhelo se haría realidad y que su hija finalmente regresaría.

Como el calendario no tiene prisas y se deshoja antojadizo, Claire fisgoneaba el pasar de los días empeñándose en buscar pistas que le dieran la clave de algún presagio de su llegada.

Estaba segura de que Kimberly se había enterado porque la noticia había dado la vuelta al mundo: "La gran actriz Claire Sasson, dos veces nominada con anterioridad, es ahora la favorita".

 

Le gustó imaginarse a su hija entretenida frente a su rueda de escultura, de espaldas al televisor; y voltearse entre sorprendida y orgullosa, al escuchar la reseña. La imaginó comprando periódicos y revistas donde aparecía la noticia, para luego recortarlas y guardarlas en un álbum grande, que seguramente diría afuera: Mamá. Sobre todo, pensó en aquella portada de la revista People, que tanto la favorecía. Claire visualizaba con deleite, todo lo que era capaz de imaginar.

Kimberly habría sonreído al recortar esa portada y reconocerse en los rasgos comunes e innegables que ambas poseían, aunque irrefutable era también el hecho ??"pensó Claire, dejando escapar un suspiro??", de aquella tristeza al separarse cuando Kimberly cortó la comunicación con todos hacía ahora 18 meses.

Seguramente su hija habría cambiado de actitud y estaría orgullosa de su madre. Se regodeaba especulando acerca de los preparativos que estaría haciendo para venir a visitarla; por ello, lo primero que hizo la actriz fue pedir que se le reservara un asiento junto al de ella el día de la premiación. Éste y otros pensamientos similares hacían que Claire se despertara feliz todos los días que antecedieron al acto. Se la veía cantando o silbando en los paréntesis que hacía el director del nuevo filme que estaba rodando.

 

Todos creían que la gran Claire, la diva de los escenarios, estaba embriagada del probable éxito de la premiación, mucho antes de libar de él. La verdad sólo la conocía Tatiana, su compañera de reparto y amiga fiel de la actriz desde hacía años. Ella sabía que el engranaje que movía el motor de la perfección de su compañera cuando actuaba, tenía un nombre: Kimberly. Que lo hacía por y para ella y que era ésa la única vía que había encontrado para exorcizar su penosa ausencia.

Gracias a Dios -pensaba la amiga-, que mientras algunos canalizan sus penas hacia la autodestrucción, otros, como Claire, miran hacia las alturas buscando que la gloria de los laureles les suavice la angustia. Por ello nunca intervino. La escuchaba y callaba, o la oía cantar mientras meditaba que, al fin y al cabo, su amiga parecía feliz.

Cuando el almanaque accedió a deshojar los días que faltaban, sin que hubiera avisos de su inminente llegada, Claire, buscando ser positiva, sorprendió una vez más a su amiga anticipándole que el arribo no había acaecido porque Kimberly seguramente querría sorprenderla.

 

El gran día se abría paso por entre los rascacielos, cuando Claire descorrió los cortinajes de su hermosa habitación del Hotel Plaza y admiró las primeras luces color naranja que acompañaban al sol, mientras abajo, la enorme ciudad de Los Ángeles despertaba.

Claire Sasson pasó la mañana en medio de ensoñaciones: se imaginó a Kimberly llegando al aeropuerto con la cantidad de maletas con que solía viajar y trayendo a Sugar, su inseparable perrito faldero, entre sus brazos.

¿Tomaría su hija una limusina? ¡No!, se dijo, corrigiendo de inmediato sus pensamientos, esto llamaría la atención. Ella había crecido con la costumbre aprendida de su madre de cuidar, con ahínco, la vida privada de ambas para que los admiradores del mundo del espectáculo respetasen su intimidad; de modo que ahuyentó esas ideas: Kimberly habría llegado a Los Ángeles sin levantar sospechas de los paparazzis y, seguramente, se habría alojado en algún hotel cercano.

 

Claire iba a lucir esa noche un glamouroso vestido diseñado por un célebre modisto italiano. Cuando se lo probaron por tercera vez, ella creyó ver en elespejo la imagen de Kimberly, quien tal vez comprobaba en su hotel si el suyo le quedaría perfecto.

Claire sonrió feliz cuando entró el encargado de una famosa joyería, quien venía a cerciorarse de si los pendientes, collar y brazalete de diamantes le quedarían bien a la actriz. Era una práctica común que las más famosas joyerías se disputasen prestar sus joyas a algunas celebridades del cine, y únicamente por esa noche, porque el hacerlo les daba prestigio.

Kimberly, en cambio, usaría las propias, como en años anteriores cuando también la acompañó, concluyó la actriz. Decidió tomar una siesta para tranquilizar el aleteo de mariposas que sentía en el estómago, por el pronto reencuentro con su amada hija.

Despertó cuando el peluquero, y demás personas que la ayudarían con su arreglo, llamaron desde el vestíbulo del hotel y entonces, desperezándose, se enfundó en su bata de seda color champaña que tenía estampadas las iniciales de Dior. Poco tiempo después, el séquito se había retirado y Claire se encontró admirando su aspecto frente a los muchos espejos de la habitación. Se hizo un guiño a sí misma como signo de aprobación e inmediatamente tomó el pequeño bolso y los lentes de sol.

Ya estaba lista para desfilar por la alfombra roja que da la bienvenida a los astros del celuloide en su entrada a la premiación. Era un ceremonial que

siempre se repetía: los actores bajaban de sus limusinas negras y usaban todos lentes oscuros, porque a esa hora en Los Ángeles todavía hay sol.

Los diamantes que lucía Claire irradiaban miles de rayitos de luz mientras caminaba junto a su amiga Tatiana.

Una miríada de flashes, reflectores de fotógrafos y cámaras de canales de televisión situados detrás del cordón de seguridad las seguían a ellas y a los otros actores. ¿Desde qué lugar de entre ellos estaría mirándola Kimberly? ??"se preguntaba Claire ??"mientras avanzaba como una reina hacia su coronación.

Era inevitable no contestar las preguntas rutinarias de la famosa Joan Rivers, quien desde hacía años entrevistaba fugazmente a los actores que desfilaban por la alfombra roja. Le elogió el vestido y preguntó por el diseñador; también dijo que sus joyas estaban preciosas.

??" ¿De dónde son, querida? ??"había dicho??" tratando de encubrir al mundo, el truco hartamente conocido del préstamo publicitario. También preguntó por su hija, la gran escultora.

Ella está muy bien.

??" ¿Orgullosa de su mamá?

??"Eso supongo ??"contestó Claire con una sonrisa??", porque continuaba imaginando…

Entraron por fin al gran Teatro Kodak. Cada personalidad tenía sus asientos y hacia los suyos se dirigieron Claire y su amiga, quienes ahora saludaban, con señas, a muchos rostros conocidos del mundo del espectáculo.

El asiento de Kimberly todavía está vacío, pero en cuestión de minutos ella lo va a ocupar ??"pensó Claire??" ¡Esta hija mía!, me tendrá en vilo hasta el último momento, ¡le encanta asombrarme inesperadamente!

Las luces se apagaron y la orquesta anunció, con acordes, la entrada del gran comediante Billy Crystal, quien desde hacía algunos años se desempeñaba, con acierto, como maestro de ceremonias.

Empezaron a entregarse los premios Oscar a los ganadores al mejor vestuario, efectos especiales, mejor actor, mejor película...

Tatiana miraba de reojo a Claire, quien parecía como ausente y, cuando anunciaron el premio a la mejor actriz y ella le tocó el brazo, fue cuando la mente de Claire volvió nuevamente al teatro.

En los monitores gigantes estaban los rostros y nombres de las cuatro actrices nominadas para ese año. Los presentadores del premio, un hombre y una mujer, dijeron un chiste antes de rasgar el sobre con el secreto mejor guardado de Hollywood.

Claire tenía la corazonada de que esta vez lo obtendría, por ello cuando dijeron: "And the Oscar goes to…" y gritaron su nombre, en lo más profundo de su ser la sorpresa no la invadió, aunque el formulismo del acto presumía que lo demostrase.

Entonces se levantó apretando algunas manos y enviando besos a más de tres mil personas que la ovacionaban de pie. Miró de reojo hacia las puertas, ¡cómo le gustaba a Kimberly hacerse de rogar!, pensó.

Ya subía al escenario para recibir la ansiada estatuilla dorada, de trece pulgadas de alto y nueve libras de peso y, cuando la tuvo entre las manos, de nuevo miró hacia su asiento y creyó ver a Kimberly sentada y sonriente aplaudiendo a mamá. Entonces, y siempre mirando hacia allá, le dedicó sus más bellas palabras, odiando, al mismo tiempo, los reflectores que le impedían verla con claridad.

Fue tan tierna la dedicatoria, que cuando terminó diciendo: "Lo hice por ti, mi querida Kimberly", casi todos en el público, maestros en el arte de la actuación, se conmovieron tanto que vertieron lágrimas verdaderas.

Claire levantó con vigor la estatuilla con su mano derecha en señal de triunfo y con la otra le envió un beso que volaría lejos, llevando el mensaje de su más íntimo deseo: "Por ti mi amor, para que abras pronto los ojos".

Porque, para sobrevivir, Claire había optado por actuar hasta en su vida privada, logrando domar un poco el infortunio que llevaba dentro; de modo que mientras el auditorio la ovacionaba de pie, ella se concedió dejar rodar una lágrima auténtica, portadora del gran amor que sentía por su idolatrada hija, quien yacía en una cama de hospital desde hacía 18 meses, en estado de coma, a causa de un terrible accidente.


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374938
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América