“A mi edad las flores y las velas me asustan” George Burns
Por mucho que rogué a mi ángel de la guarda, no pudo darme una pluma para escribir un poema de amor. Quería versos seráficos, etéreos y de lubricidad celestial. Bueno, al menos me dejó entrevistarlo.
—Primera vez que te veo.
—Sí, ahora me puedes ver. Pero siempre estuve a tu lado.
—¿Tanto tiempo? ¿No te aburrí?
—Pedí que no me relevaran para envejecer junto a ti.
—Tienes una joroba.
—No, no es joroba, son los muñones de mis alas.
—¿Qué? ¿te hice perder las alas?
—No, hombre... se me olvidó volar. Tú también perdiste las tuyas.
—Nunca tuve alas.
—Saltabas barrancos de aventura como si las tuvieras. Te salvé muchas veces. No fue suerte abandonar tu voluptuoso plan de conquistar a todas las mujeres, después de tantos rechazos. Y todavía te señalan por rebelde.
—Me quedan los amigos.
—Tus amigos se cuentan con una mano. Y deja de soñar con una amante jugosa y tierna.
—Soñar no es pecado. ¿Por qué te sigo preocupando?
—Te diré: me preocupa verte así, pensando, no paras de pensar...
El Flaco Loaiza
Abajo, en el duodeno de la Planta Eléctrica, entre condensadores y bombas de circulación, El Flaco es rey. Nadie como él para conseguir un vacío que desinflaría al Búfalo sexual hasta convertirlo en lombriz morcillera. En la calle es uno más como yo. Me invita:
—Ven, Perusín, baja conmigo a la planta, donde rechinan las bombas, resoplan los condensadores y chupan los eyectores.
—Demasiados zumbidos para mis tímpanos. ¿Te gusta esto?
—Bueno, aquí se resbala un tercio de mi vida. Pero díme, ahora que eres periodista, ¿por qué te interesa mi existencia?
—Queria saber de dónde venía la luz con que leo.
—¡Ah, ¿buscabas a los que hacemos la luz? Buena esa. Callemos un momento. ¿Escuchas?
—Chiflidos, gruñidos y cuchufletas.
—El concierto de las máquinas.
—Si suena una nota en falso, me verás corriendo. Déjame ver la palma de tu mano. No, esa no, la que escribe. Haciendo honor a mi oficio, te la ablandaré con dos gotitas de buen aceite.
—Gracias, y por la luz también.