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Escribir leyendo
Necesité tiempo para entender qué diablos podía ser ese algo Murakami De las mil formas que hay de leer un libro, entre ellas: de|
Necesité tiempo para entender qué diablos podía ser ese algo Murakami
De las mil formas que hay de leer un libro, entre ellas: de traqueteo, en bus; biológico, en el trono; sonámbulo, en cama; histriónico, en parques; insólito, en un push con la amante al lado; tramposo, en el trabajo; sacrílego, con el libro escondido en el misal; he encontrado una que se me ha pegado convirtiéndose –a mi pesar– en un estilo demasiado frecuente. Se trata de escribir leyendo. No lo hago con una hoja de papel y una pluma en ristre, ni con la computadora al alcance de la mano. Sencillamente leo y me detengo en una frase para escribir mentalmente. Daré un ejemplo. En el libro que estoy saboreando me detengo en la frase: como nunca decía una palabra superflua, a veces era un poco impredecible. Y, miren lo que es la mente, pienso en Tommy Farr, un boxeador galés que en 1937 le dio una gran pelea al entonces invencible Joe Louis. ¿Por qué la memoria me impone la estampa lastimosa del rostro de Farr al terminar la pelea? (estampa que capturé de una vieja revista Bohemia que coleccionaba el tío Pepe). Al leer esta frase, quise sentir lo que habría sentido Farr cuando levantaron la mano de Louis. Decisión que abucheó el público, no porque realmente hubiese ganado él, sino porque todos estaban deslumbrados por su valor. Insistí en seguir leyendo: «Estoy harto», dejó la emisora y abrió un bar en Ginza. Y me veo arrastrado a un tumultuoso recuerdo de New York, en 1954, cuando en el Joe Basora's Bar vi a un policía en el cuarto trasero recibiendo un sobre (seguro que no era una carta de pésame). ¿Qué me pasa, estoy cautivo en un ring? Sigo leyendo (es hora que diga que el libro en cuestión es Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami, una gordita y deliciosa novela de novecientas páginas: Mi tío extendió las palmas de ambas manos y me las mostró «Es mi toque mágico», dijo con expresión seria. No añadió nada más. Y, escapando del ring, caigo en calle Cuarta en la casa de mi tía Virgilia que me da un platito con queso blanco y casco de guayaba. Ah, mi tía Virgilia, bella y dulce, que inundaba, sin ella sospecharlo, mis sueños de niño pecador.