El senador Lindsey Graham ha sido durante largo tiempo un legislador serio y constructivo. Pero este republicano de Carolina del Sur hizo una declaración, la semana pasada, que mostró por qué Washington está perdiendo la confianza de la población y por qué su partido, en particular, está perdiendo su sentido del deber.
Graham se había unido al senador demócrata por Nueva York, Charles Schumer, para presentar un esbozo bien pensado de una reforma migratoria la que, aunque no tan histórica como la ley sobre la asistencia sanitaria que se acaba de aprobar, puede tener un impacto similar sobre quiénes somos como país.
Después Graham amenazó con abandonar su propia propuesta. “Si la ley sobre la asistencia sanitaria pasa este fin de semana, eso, en mi opinión, terminará con toda posibilidad de que el Senado apruebe la reforma migratoria este año”, dijo.
Los legisladores republicanos sin duda no tienen el monopolio de colocar, cínicamente, las maniobras políticas por sobre el gobernar. Pero pocas veces esa práctica ha sido llevada a cabo tan lisa y llanamente y hasta tal extremo por todo un partido. Los republicanos de la Cámara y del Senado han demostrado una caprichosa irritación, tras perder la votación sobre la asistencia sanitaria, negándose, abiertamente, a trabajar con los demócratas en los numerosos asuntos cruciales que enfrenta un país en guerra y aún tambaleante por una recesión casi demoledora.
O bien es necesario realizar la reforma migratoria, por ejemplo, o no lo es. Graham pensó que era necesario. Casi 11 millones de inmigrantes están en este país sin autorización legal ni protección. ¿Qué es lo que justifica, entonces, que Graham abandone dicha resolución, por más airado que esté, comprensiblemente, por la reforma sanitaria?
En forma similar, el desempleo está aún cerca de un 10 por ciento. El sistema financiero todavía permanece frágil. Los soldados norteamericanos aún están muriendo en Irak y Afganistán. Irán continúa tratando de armar una bomba nuclear.
En algún momento, las maniobras políticas deben acabar y la responsabilidad debe comenzar. Elegimos a nuestros líderes para que trabajen juntos y lidien con todos los difíciles retos que enfrenta el país, no para que actúen como un niño malcriado que toma su balón en el parque y se va a casa porque no le gustó el fallo del réferi.
Lo que se ha dicho en días recientes es que el presidente Obama sacrificó la posibilidad del bipartidismo para lograr que se aprobara la reforma sanitaria. Pero está la otra cara de la moneda. ¿Quién dice que los republicanos están justificados, por despecho, para sacrificar el bienestar de la nación en estos otros asuntos?
Obama fue correctamente criticado en el curso del pasado año por parecer tan concentrado en la asistencia sanitaria como para no abocarse suficientemente al desempleo y la economía. Ahora los líderes republicanos de la Cámara y el Senado, irónicamente, están prometiendo hacer lo contrario.
La regulación financiera, por ejemplo, es ahora, principalmente, una cuestión de diferencias técnicas para la gran mayoría de los norteamericanos y de los legisladores. Incluso, Alan Greenspan, el libertario ex presidente de la Reserva Federal, se ha unido a otros ex arquitectos del actual fallido sistema de Wall Street para pedir mayor reglamentaciones del gobierno.
Sin embargo, Mitch McConnell, el líder de la minoría en el Senado, ha impuesto una disciplina partidaria en lo que no debería ser un asunto partidario. Los republicanos del Comité Bancario del Senado presentaron hace una semana, más de 200 enmiendas a la actual ley para una reforma financiera como una táctica de hostigamiento, después cambiaron de estrategia el lunes, para retirar las enmiendas sin ofrecer ninguna que pudiera indicar su aporte.
Si los republicanos pueden arrastrar a los medios a concentrarse sólo en la política de las luchas partidarias, entonces, quizás los electores no noten tal frivolidad hipócrita.
Extrañamente, gran parte de la legislación a la que ahora se oponen los republicanos está edificada sobre sus ideas, lo que refleja la medida en que Washington se ha desplazado hacia la derecha desde los años 60.
Tomemos el tema de la inmigración. La propuesta Graham-Schumacher —que Obama y los líderes demócratas dicen poder apoyar— acentúa el aspecto del cumplimiento de la ley e incluye un programa de trabajadores temporales, deseado por las empresas pero del cual desconfían ciertos electorados demócratas tales como los sindicatos, las iglesias liberales y las organizaciones humanitarias.
La propuesta parte de las severas, aunque crecientemente eficaces medidas, para imponer la ley originarias del gobierno republicano del presidente George W. Bush y que el Gobierno de Obama ha continuado. Graham y Schumer agregan una verdadera innovación: una tarjeta del Seguro Social biométrica y a prueba de falsificaciones que se expediría a todos los norteamericanos.
Por tanto, existiría una manera de detener eficazmente los flujos futuros de inmigrantes ilegales. Se ofrecería una legalización ganada a los inmigrantes no-autorizados que ya están en el país, apoyada también por las empresas y las iglesias evangélicas que tienden a ser republicanas. Sólo una minoría populista se opone.
Un acuerdo migratorio está a la vista. ¿Se avendrán a negociarlo los republicanos del Congreso? ¿O seguirán buscando camorra con sus negativas?
*Edward Schumacher-Matos pertenece a The Washington Post Writers Group y su dirección electrónica es edward.schumachermatos@yahoo.com.