Al atacar a Fidel Castro de “anti-semita” los críticos del régimen cubano han pisado el umbral de un problema sumamente delicado: el error garrafal de emplear paradigmas europeos en el análisis de fenómenos que se originan en el Nuevo Mundo.
Este corresponsal aún se acuerda que al llegar a La Habana encontró que en un balcón, al frente de las oficinas de la United Press, flameaban dos banderas, una al lado de la otra-la de Israel y la de la República Árabe Unida (antes Egipto).
Analizar a fenómenos del Caribe a través de la mira europea es, y ha sido siempre, a mi juicio, uno de los mayores obstáculos conceptuales que impiden un mejor entendimiento entre Latinoamérica y los Estados Unidos.
Quien reconoció eso desde la Casa Blanca fue Franklin Delano Roosevelt -quien había realizado una media docena de viajes hemisféricos antes de asumir la presidencia. Su estrecha amistad con el presidente Alfonso López Pumarejo, de Colombia, fue solo un ejemplo del sello liberal y democrático que imprimió a las relaciones interamericanas.
Por otro lado, para mí los dos secretarios de Estado que más errores cometieron en sus relaciones con el resto del hemisferio eran, precisamente, de origen europeo: Henry Kissinger y Madeleine Albright. Republicano el uno, Demócrata la otra. O sea, un problema ampliamente bipartidista.
Lo de Kissinger es aún más notable porque durante un viaje a Brasil se percató de que él y sus anfitriones participaban de un fanatismo común: el fútbol. Lamentablemente fue un ‘insight’ demasiado pasajero, como europeo de ultranza no se percató de que existe una modalidad, una cultura que es idónea del Nuevo Mundo, de las dos Américas.
Lo mismo ocurrió durante una reunión de cancilleres en México donde pronunció un excelente discurso (redactado por su ilustrado asesor Luigi Einaudi) que llevó al entonces canciller del país azteca, Emilio Rabasa, a gritar a coro que “Henry es mi mayor amigo”.
Solo que cuando el canciller filtró esa ilusión a la prensa, ‘Henry’ ya estaba viajando a París sumido en las negociaciones secretas con los norvietnamitas para acabar con la guerra de Vietnam.
A través de su carrera Kissinger, gracias a un sutil sentido del humor, logró conquistar la simpatía de la mayoría de los corresponsales de prensa, por lo que muchos acentuaron sus triunfos y dejaron de lado sus fallas, de las cuales se ocupó la siguiente generación de periodistas.
El hecho triste es que desde Franklin Roosevelt Estados Unidos no ha tenido un jefe de Estado con suficientes conocimiento, consistencia y sensibilidad para llevar a cabo una relación como la que consolidó el conjunto hemisférico durante los doce años del New Dealrooseveltiano.
Lo que fue poco difundido es que el éxito de Roosevelt, en gran medida, estuvo basado en el hecho de que desde joven el mandatario no solo había realizado numerosos viajes a Latinoamérica sino que cultivó la amistad de varios jefes de Estado. Así dejó demostrado una vez más que no hay substituto para la experiencia empírica.
Kennedy intentó iniciar una política de largo alcance, pero lamentablemente su luctuoso fin no permitió que su Alianza para el Progreso cumpliera sus promesas.
Por cierto, Lyndon Johnson fue quien más logró en términos de implementar los planes kennedianos gracias a su incomparable genio para manejar al Congreso, pericia que le faltaba al equipo de Kennedy.
Johnson tuvo la desdicha de que heredó de Kennedy la Guerra de Vietnam -al igual como Kennedy heredó de Eisenhower el paquete de Bahía de Cochinos-, aunque el desgaste físico y psicológico de esa guerra no le impidió inaugurar un ambicioso programa de reformas domésticas, contenidas en su plan llamado ‘The Great Society’
Lamentablemente para toda una generación la “Great Society” fue opacada por los gritos de “Hey, hey, hey, LBJ, how many children did you kill today?”
Sin embargo, ya hoy los libros de historia están reconociendo los logros de Johnson para acabar con la discriminación racial y para crear una sociedad más justa.
Este corresponsal asistió a la última presentación pública de Johnson en su rancho en Texas a una semana de su muerte. Llevaba su melena blanca casi de hippie.
Al recordar su juventud, le salieron lágrimas al hablar de sus días de maestro en una primaria donde solo asistían niños de los braceros mexicanos. ‘Fueron mis días más felices’, musitó.
El presidente Obama no tiene la extraordinaria experiencia en el Senado de Lyndon Johnson. Eso es precisamente lo que le viene inhibiendo una política exterior más decidida.
Con Arturo Valenzuela, un destacado académico de origen chileno, en el cargo de subsecretario de Estado para Asuntos Latinoamericanos, Obama ha logrado conformar un excelente equipo para su política continental.
Sin embargo, la caldeada situación del Oriente Medio, así como la cada vez más militante y problemática política exterior de Beijing, además de una Rusia deseosa de retomar un crítico papel en el concierto europeo, son los factores que han eclipsado cualquier iniciativa hemisférica de mayor envergadura que el Gobierno de Obama hubiese intentado poner en juego. Entonces lo que nos queda es más de lo mismo.
Lamentablemente la política de Washington continúa demostrando lo que en su perceptivo diagnóstico, concluyó Octavio Paz en una conversación con este corresponsal: Falta de imaginación”.